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Tapa de La Infancia desarraigada en tierras hispanohablantes (Marie-Élisa Franceschini-Toussaint i Sylvie Hanicot-Bourdier, dirs, 2024) Show/hide cover

Representaciones del «niño malo» y de la «niña mala» por la burguesía española en los periódicos ilustrados para niños (años 1840-1890)

Como en el resto de los países del Occidente europeo, España experimentó en el siglo 191 profundos cambios en sus tradicionales mecanismos de producción y distribución, que se combinaron con –o, más bien, propiciaron– la configuración de un nuevo orden político. De tales trastornos surgió un nuevo sistema político-social, fruto de la descomposición del Antiguo Régimen, caracterizado por «el nuevo Estado liberal y la economía capitalista»2. El advenimiento de esta sociedad está íntimamente asociado con el auge de una entidad social, la burguesía, una nueva clase media que, a pesar de la multiplicidad de situaciones que abarca, cobra homogeneidad al formar un «diverso conglomerado social situado entre la antigua nobleza y las clases trabajadoras»3, según explica Cruz Valenciano. Pero este posicionamiento de corte económico y político no debe hacernos olvidar que la burguesía no constituye un espacio mediano y neutro, sino que se convierte en el terreno de una lucha por la conquista del prestigio social y cultural4: hasta se puede hablar de un «premeditado programa burgués por afianzar y proyectar su modelo de comportamiento y su estética», valiéndose de «todos los medios a su alcance como prensa, folletos, publicaciones especializadas e imágenes»5, como sugiere Sauret Guerrero.

Entre los valores claves en la mentalidad dominante de la burguesía destacan la familia, celebrada como «fundamento de la moral y del orden social»6, y la infancia, encarnación de una etapa crucial para la configuración del futuro hombre y, por tanto, de la sociedad a la que se va a incorporar. En este marco, bien se entiende por qué, a partir de los años 1840, con el asentamiento del régimen liberal, los periódicos ilustrados para niños pasan a ser objeto de un interés creciente por parte de los editores que, ayudados por la aplicación de la reciente técnica litográfica, ven en la frecuencia ofrecida por tal tipo de publicación «un medio ágil de comunicación con los chicos»7. En total, el afán educativo burgués de «modelar al futuro adulto» dará lugar a la publicación de más de 70 cabeceras dedicadas al joven público entre 1840 y las últimas décadas del siglo 19, un largo listado de éxitos y fracasos «con el que se conseguiría finalmente consolidar un nuevo y joven público ávido de lectura»8. Cabe mencionar que, en sus inicios, los periódicos infantiles se asemejan más a libros de texto que a libros de entretenimiento: son pequeñas enciclopedias o nuevas versiones de «las sumas medievales»9; Chivelet incluso elige hablar de «periolibros» para designar estos objetos culturales en el siglo 19, próximos del medio periodístico por la cita puntual que conciertan con los lectores, pero soportes de un contenido «más cerca del concepto libro»10. Recopilaciones de lecturas, lecciones, moralejas, acompañadas de ilustraciones, y con ciertas concesiones a un humor «cercano al entendimiento paterno»11, fueron evolucionando a lo largo del siglo desde una tentación ante todo didáctica y educativa hacia una forma y contenidos más compatibles con el entretenimiento de sus jóvenes lectores12.

Antes de adentrarnos en el contenido de parte de estas publicaciones, es importante precisar dos elementos. En primer lugar, el hecho de que estos periódicos, como toda producción cultural dedicada a la infancia, se dirigen ante todo al adulto que los compra, y por tanto tienen que seducir al padre de familia a la vez que al niño lector; es de recordar que, particularmente en aquella época, «todavía la literatura infantil está sujeta a los mayores y dirigida a ellos para merecer su aprobación»13. En segundo lugar, cabe subrayar que estas publicaciones no se destinan a todos los niños, sino que, por su precio y las referencias que comparten con los lectores, hablan a destinarios procedentes de las clases más adineradas de la sociedad española. A modo de ejemplo, la suscripción a la revista madrileña Los Niños en 1870 supone el abono de cuatro reales al mes; en esta misma publicación, se habla de los «bailes infantiles de máscaras» en los que es importante «no atracarse de dulces, que una indigestión tiene muy feas consecuencias»14. Obviamente, estas publicaciones no se dirigen a niños de la clase obrera15. En este doble sentido, puede decirse que los periódicos ilustrados para niños en el siglo 19 constituyen un espacio, un crisol donde se reflejan y manifiestan con peculiar agudeza las mentalidades, valores e ideas de la clase burguesa dominante.

Estas publicaciones sirven entonces de herramientas, de vehículos de difusión idóneos del «ideal doméstico» burgués, de su «modelo familiarista» donde la familia se hace «mecanismo esencial en la configuración y regeneración del cuerpo social»16, y donde «la disciplina doméstica [es] la condición de la disciplina social»17. La familia constituye el lugar donde se aprende y transmite la moral, cemento esencial del cuerpo social, como lo recalca el cronista «J. A. D.» en su artículo «¿Qué es la moral?» sacado de La Ilustración de los niños (1849):

La moral es la regla de las relaciones que unen a los hombres entre sí […]. Es el lazo de las sociedades humanas […]. Toda sociedad que no tenga por base la moral, se disolverá en breve; pues así como la virtud tiende a unir a los hombres, el vicio rompe los eslabones de la cadena social18.

Según esta definición, los órganos que componen el cuerpo social se articulan entre sí gracias a la virtud y a la moral; ahora bien, es en el entorno familiar donde se enseñan los lazos de dependencia y reciprocidad que aseguran la estabilidad de tal cuerpo. Como se dice en el segundo número de la misma publicación, entre los «deberes filiales» que son «el respeto, la obediencia y la gratitud» se encuentran «los tres primeros eslabones de la amorosa cadena que ata al buen hijo a los que le dieron el ser»; así pues, es «en el sagrado seno de la familia» donde se aprende a «respetar la patria potestad», y donde se puede hacer de los niños «buenos padres y honrados ciudadanos»19. Los periódicos ilustrados difunden la visión de una sociedad orgánica tejida por lazos de amor, docilidad y respeto, y dibujan al mismo tiempo la figura del niño modelo burgués, futuro ciudadano ideal de una sociedad pacificada –aunque jerarquizada. Sin embargo, nuestro objetivo aquí no es hablar de este arquetipo, sino de su espejo invertido, su antimodelo: el «niño malo», o «travieso», que viene elaborado a lo largo de las publicaciones, y que es revelador de la visión familiar y social antes referida, y de las angustias propias de una época y de una determinada clase social. Para este trabajo, hemos elegido centrarnos en el análisis de una quincena de periódicos20 publicados entre el año 1842 y el año 1882, que dan cuenta de la recurrencia de este famoso tipo del «niño malo», y de su corolario, la «niña mala».

El niño malo: un niño desarraigado

A diferencia de lo que se podría pensar, el niño malo en la mentalidad burguesa no se identifica de forma sistemática con el niño pobre, ni mucho menos. En un cuento titulado «A diferente índole diversa fortuna», El Mentor de la infancia describe en 1844 las trayectorias opuestas de dos niños andaluces igualmente pobres al principio: mientras el uno (al que llamaremos más adelante el «buen pobre») llega a ser un eminente «médico-cirujano de ejército», el otro (el «mal pobre») acaba condenado «a ser pasado por las armas como desertor y asesino»21. Asimismo, abundan los relatos que describen la actitud díscola de niños burgueses, como ilustra un número de La Educación de los niños de 1849 con un cuento titulado «El niño glotón», en el que el pequeño héroe acaba muriendo de su vicio22, y como sugieren los muy evocadores títulos de artículos sacados de Los Niños entre 1870 y 1871 como: «El niño goloso», «La soberbia», «La ingratitud» o «El niño holgazán»23. En 1878, un cuento llamado «Un ochavo y un millón» sacado de La Ilustración de los niños aun cuenta la historia de dos niños, el uno pobre, que acabará siendo un «famoso y rico Magistrado», el otro rico, que se convertirá en «un ser abyecto y envilecido en su parte física y moral, acusado de falsificador»24.

Si el criterio económico y social no constituye el denominador común entre los «niños malos», hay que encontrar otro: proponemos valernos del término de «desarraigo», en el sentido de una ruptura, elegida o no, de la «amorosa cadena» antes citada, que configura la familia ideal y prepara la unión de todos los «eslabones de la cadena social». El desarraigo puede ser familiar, sufrido involuntariamente por el niño, como señala Marie-Linda Ortega, que distingue «el niño sin educar por falta de entorno familiar» del «niño que goza de la protección de las relaciones familiares tradicionales»25. Varios artículos de El Mentor de la infancia lamentan así en 1843 la situación de los niños que «no tienen ni padre ni madre», y que por eso son «los más desgraciados», así como la situación de los niños pobres que son conducidos a salas de asilo «más víctimas del abandono de sus padres que del crimen»26. Sin embargo, este desarraigo familiar, aunque propiciaría el vicio en el niño, no bastaría para hacer de él un niño verdaderamente malo: a esto se añade en los periódicos una situación de desarraigo que llamaremos «afectivo», que consiste en una ruptura de todos los valores relacionales que se tendrían que aprender en el seno del entorno burgués ideal: el amor filial, la solidaridad familiar, el respeto a los ancianos27, pero también la piedad, la amistad entre pares, el respeto al maestro y a los animales. De hecho, en el cuento titulado «A diferente índole diversa fortuna» se dice del mal pobre que «jamás quiso ayudar a su padre», que «pegaba a los que eran más débiles que él», que «se burlaba del maestro, y nada sabía la lección»28 –mientras que, en el comentario de un grabado sacado de La Ilustración de los niños (1882), se especifica que: «Los niños no están autorizados nunca para ridiculizar a sus maestros, […] pues es un defecto altamente reprensible y de mala educación»29. Más tarde, el mal pobre se dedicó a «apedrear a los perros» y a colgar «a los gatos por el pescuezo», antes de volverse un verdadero criminal. Antoñito, el «niño glotón» del cuento epónimo sacado de la Educación de los niños acumula defectos semejantes: no estudia jamás, falta «al respeto a todo el mundo», empieza a robar dinero a sus padres para comprarse golosinas, y por una mentira suya, provoca la acusación falsa por parte de la madre a «un anciano que habían recogido por caridad», que se encuentra en la calle, lo que, supremo ultraje, provoca la risa de Antoñito30. Este tipo de acciones, que encontramos casi sistemáticamente en las descripciones de niños malos, constituyen transgresiones de todos los valores alabados por la familia ideal burguesa, y resquebrajan el justo equilibrio «entre las virtudes domésticas y los beneficios del trabajo»31 que esta tendría que simbolizar.

Como consecuencia de este desarraigo afectivo, observamos en las publicaciones estudiadas un desarraigo topográfico, físico, una marginación o exilio del niño fuera de los espacios de crecimiento y de socialización que le corresponden. Como señala Ricardo Fernández Romero, el escenario de la nueva consideración del niño en el siglo 19 será, en primer lugar, la «casa», transformada en «hogar», un espacio cerrado y protegido de la calle, y después, como derivación del primero, la «escuela»32, que irá construyendo un «molde», un camino de socialización al que se tendrá que adaptar el niño33. Cabe destacar que los niños traviesos, en muchas publicaciones, aparecen marginados en el seno mismo de estos nuevos mundos infantiles, como lo es el chico malo de la escuela dibujado por Francisco Ortego en un número de 1870 de Los Niños [Ilustración 1], que lleva orejas de burro y se encuentra castigado, de pie, aislado de sus compañeros sentados en un banco. Al pie del grabado, el comentarista lo designa como un chico «más malo que la quina», no tonto, pero «tan holgazán que nunca sabe la lección», avergonzado por el maestro «con esas tremendas orejas»34.

Ilustración 1. Francisco Ortego, «En la escuela de la aldea», grabado sacado de Los Niños, 1870

© Biblioteca Nacional de España, Madrid.

Véase el texto.

El autor insiste entonces en una marginación consecuencia de la mala actitud de los niños, que aguarda también a los niños retratados en un grabado sacado de La Niñez (1879), a los que vemos saqueando alegremente la librería de su padre [Ilustración 2]. A modo de comentario, leemos la exclamación siguiente: «¡Milagro será que el desenlace de esta escena no sea en el cuarto oscuro!»35 –un cuarto oscuro que representa, tal vez, la versión «hogareña» de la cárcel que espera a los adultos que fueron en su infancia niños malos.

Ilustración 2.Meléndez, Sin título, grabado sacado de La Niñez, 1879

© Biblioteca Nacional de España, Madrid.

Véase el texto.

Pero por lo general, parece que el lugar predilecto del niño travieso es la calle: el mal pobre del cuento sacado de El Mentor de la infancia (1844) pronto se encuentra expulsado de la escuela y se dedica al vagabundeo. Asimismo, en esta publicación, el comentario de una estampa hecha a partir de una obra de Murillo describe a «dos chicuelos», también llamados «pillastres», que, por no querer trabajar con su padre, están «acostumbrados a vagar por las calles de Sevilla»36. El exilio a la calle se presenta como el resultado o el castigo natural de la travesura infantil, como sugiere un grabado de Francisco Ortego en Los Niños (1871), donde vemos a dos niños harapientos pegados al escaparate de una confitería. En el comentario, nos enteramos de que «esos dos pilletes» carecen de dinero, lo que aparentemente depende completamente de su voluntad:

Y verdaderamente, siendo unos pillastres y no queriendo trabajar, no es fácil que puedan regalarse nunca con los dulces que admiran, lo que no les sucedería si fuesen aplicados y aspirasen a tener una profesión con que ganarse la vida37.

El mundo de la calle, donde se supone que «reina el mal» y vagabundean «gitanos y granujas»38, remite a la «infancia pobre y callejera» que se expandía en la época en las ciudades, que Félix Santolaria describe como «pandillas de niños y adolescentes […] ajenos a toda autoridad y disciplina, refractarios a la escuela, al taller y a la familia»39. De esta visión se hace eco un artículo sacado de La Ilustración de los niños (1881) titulado «Protección a la niñez», donde el autor comparte su preocupación por la «innumerable pléyade de niños de ambos sexos que, sucios, enfermizos, harapientos, se dedican a la vagancia, a la mendicidad» por las calles de Madrid. Según él, esos seres que «hormiguean en el seno de la sociedad» yerran «en perspectiva de la cárcel, si no ya del presidio o del cadalso»40. Por este artículo, y por los muchos cuentos que relatan los trágicos destinos de niños traviesos, entendemos que, mientras el buen chico se cría en el recinto de la familia, de la escuela, luego de la universidad, hasta alcanzar puestos socialmente valorados, los espacios ineluctables de la infancia traviesa son la cárcel, las galeras, o el cadalso, como sugiere con peculiar elocuencia el grabado sacado de Los Niños (1870) que retrata a un niño harapiento, descalzo, en la calle, calificado por la leyenda de: «aprendiz de presidiario» (Ilustración 3).

Ilustración 3. Francisco Ortego, «Tipos de la calle», grabado sacado de Los Niños, 1870

© Biblioteca Nacional de España, Madrid.

Véase el texto.

Este último grabado muestra cómo la infancia traviesa se caracteriza también por un desarraigo político y social: el niño malo, a fin de cuentas, es el niño que amenaza el buen funcionamiento del cuerpo social y de la comunidad política. De hecho, muchas veces se observa una ambigüedad semántica en la descripción del niño travieso, que se confunde con el ámbito político: en La Educación de los niños (1849), un cuento sobre un niño malo burgués lleva el título de «Un niño revoltoso»41, mientras Toribio, el «niño travieso»42 sacado de Biografías de niños: tratados de educación (1840), es descrito como un niño «revoltoso» y «enredador». Estas palabras, si se pueden aplicar a la infancia turbulenta con un toque afectivo en la vida cotidiana, revisten aquí un matiz político, «revoltoso» siendo sinónimo según la Real Academia Española de «sedicioso», «alborotador» y «rebelde», y «enredador» pudiendo equivaler a los términos de «chismoso» o «embustero». Asimismo, en un «Cuadro en verso» sacado de La Ilustración de los niños (1878), el autor escenifica un debate entre niñas en la sala de un colegio: las unas, lideradas por Laura, quieren aprovechar la ausencia de la monja que les vigila para salir a bailar, mientras las otras, siguiendo el ejemplo de Piedad, prefieren continuar con sus labores de costura. En esta escena, a primera vista anodina, no deja de sorprender el apóstrofe de Laura a sus compañeras: «¡Me rebelo, / porque odio la tiranía! / ¡Compañeras, a gritar, / y viva la insurrección!». Cuando finalmente vuelve la monja, designa a Laura como «la cabeza del motín» y la expulsa del colegio –antes de perdonarla tras su arrepentimiento43. Estos versos, publicados en 1878, después del Sexenio democrático y de la Restauración borbónica, esbozan cierto vínculo entre indisciplina infantil y sedición futura. A veces, tal vínculo está tejido de forma explícita en las publicaciones, que designan una infancia mala como causa de disturbios políticos y sociales. Es el caso del ya citado artículo «Protección a la niñez» (1881), que describe a los niños vagando por las calles como niños que van a «caer en el lodazal de la perdición», y se volverán «maestros del engaño y de la estafa», o «apóstoles de la holganza y de la desorganización social»44. Más allá de problemáticas políticas, tales elementos remiten también a la gran «cuestión social» que se cristaliza a lo largo del siglo 19: los procesos de urbanización y de industrialización, que conllevan el tema del hacinamiento y la aparición del proletariado como clase social, aparecen como factores de disolución y disgregación de la familia entre los más desfavorecidos, especialmente los obreros45. La estigmatización en los periódicos de una infancia «vagabunda, marginada y delincuente» se puede relacionar con la preocupación burguesa por «la infancia sin control», procedente de familias disueltas, donde falla «el control social»46, debido en parte a la «incorporación creciente de las mujeres al trabajo fabril, fuera de sus casas»47, y más generalmente a las pésimas condiciones en las que vivía una nueva clase de «pauperes trabajadores»48. Un grabado sacado de Los Niños (1870), titulado «Los chicos pobres» [Ilustración 4], presenta una escena de juego entre jóvenes vagabundos, en la que los niños van medio desnudos y, para divertirse, a falta de juguetes, fingen actuar, el uno de borrico, el otro de jinete. Con el comentario moralizante debajo y con la ausencia total de referente parental en el dibujo, podemos inferir una forma de animalización de esos niños pobres49, presentados como muy ajenos al mundo del joven lector. A esta nueva pobreza, que el grabado pinta, se asocia finalmente la noción de «peligro social», que delata el miedo por parte de las clases pudientes a la delincuencia juvenil, desarrollada según los reformadores sociales en «unos tipos de familias desestructuradas y disfuncionales»50. Tener una infancia mala, vagabunda, callejera, se ubica dentro del espectro de la delincuencia, de la conflictividad y de la disolución social.

Ilustración 4. Francisco Ortego, «Los chicos pobres», grabado sacado de Los Niños, 1870

© Biblioteca Nacional de España, Madrid.

Véase el texto.

En cuanto a la niña mala: un doble desarraigo

Como es de suponer en una época en la que se observan cambios sustanciales respecto a las funciones y espacios propios de hombres y mujeres, cuando se van modelando nuevas expectativas de socialización de masculinidad y feminidad51, el arquetipo de la «niña mala», aunque se inserta en el modelo presentado de infancia desarraigada, reviste ciertos matices. Primero, cabe subrayar la recurrencia de algunos defectos propios de las niñas traviesas. El poema titulado «Dos niñas»52 sacado de El Amigo de la Infancia (1880) opone en cuatro versos dos modelos de chicas: «Divertíase en bailar / Una niña bulliciosa, / En tanto que sin cesar / Otra cosía afanosa». Cuando la primera niña, la «bulliciosa», anima a su compañera «afanosa» a dejar su labor para bailar con ella, la misma le contesta que, si disfruta «en el baile gran placer»: «No me da ningún fruto / Como me lo da el coser». Otra niña, Manuela, retratada en un poema53 sacado de La Ilustración de la Infancia (1877), es calificada de «niña traviesa»: se dice que, «por ser holgazana», al cruzarse en la calle con «otras chiquituelas […] jugando a la rueda», se incorpora al grupo, «y corre la niña, / y grita, y vocea», eligiendo a partir de entonces «no ir a la escuela». El final del poema relata su caída social: «[…] Manolita es grande; / Su madre ya es muerta; / Trabajar no sabe; / Vive en la pobreza; / Nadie la socorre; / Muere en la miseria, / Por ser ignorante, / Por no ir a la escuela»54. La chica mala entonces, al igual que Laura en el «Cuadro en verso» ya visto, antepone sus deseos inmediatos y su entretenimiento al estudio y al trabajo útil. A veces, para justificar su ociosidad, la niña mala se apoya explícitamente en su holgura material y su estatuto social, como lo hace Laura, exclamando así: «Soy rica, y teniendo tanto, / ¿de qué me sirve aprender / la gramática, a coser?»55, y exigiendo como recompensa de su trabajo un «traje de cola»56 en vez de la mera muñeca que desea su compañera Piedad. Se vislumbra aquí la imagen repulsiva de la futura «madre mala» procedente de las clases altas57, que de niña rehúsa ensayar con sus muñecas el papel de madre que tendrá que desempeñar, y se dirige precozmente hacia las diversiones del baile y de la mundanidad social. Al denunciar la frivolidad, la inconsecuencia, la coquetería o la superficialidad de las niñas, al ejemplo de Enriqueta, que en La Aurora de la vida (1860), tiene «el gran defecto de quedarse parada ante todos los escaparates de las tiendas, y de dirigirse a todos lados»58, los autores de periódicos apuntan en las niñas las semillas de comportamientos denunciados en el mismo momento por la sociedad burguesa, que remiten al contramodelo de las madres –a menudo aristócratas– tachadas de «descuidadas» y de «frívolas», «que se [dejan] seducir por los placeres mundanos»59.

Más allá de este sustrato social, se dibujan en las publicaciones, de forma más o menos explícita, lo que son las cualidades esperadas en una niña y los defectos que tiene que corregir. En La Aurora de la vida (1860), un cuento titulado «Orgullo y vanidad» relata la historia de Carolina, «hija de padres muy ricos», en extremo mimada por sus padres, lo que le «había hecho orgullosa, colérica y mal intencionada»60. Carolina es el espejo invertido de su amiga, Julia, hija de una viuda virtuosa, «sumamente bonita; rubia y de unos encantadores ojos azules», que une a su belleza «una modestia sin afectación, una caridad sin límites»61, la generosidad, etc. Tras unas desventuras y ante el ejemplo de casi santidad de su amiga, Carolina, al final del cuento, promete corregirse, y ser «afable, bondadosa, humilde», para hacerle olvidar a Julia «a la colérica Carolina» y que su amiga solo vea en ella «la niña modesta»62. En la misma publicación, en el año 1861, la escritora Angela Grassi retoma y expone de forma muy clara en un artículo destinado a las niñas las cualidades propias de la lectora ideal anhelada: «Pensaba hoy hablaros de la modestia, de la humildad, de la obediencia, esas tres virtudes que […] revisten de mágicos atractivos a la mujer»63. A continuación, vuelve a insistir en la importancia de la «modestia», «hija del pudor», el tal pudor siendo símbolo de la «santidad del alma», antes de mencionar el «decoro» y de delinear en contrapunto los atributos de la mujer mala:

No temo que estos consejos os conduzcan a ser obstinadas ni soberbias: sabéis muy bien que la mujer dominante y jactanciosa es una figura demasiado visible en la sociedad, para que queráis nunca imitarla64.

Con estas palabras, entendemos que las cualidades alabadas y los defectos denunciados adquieren un cariz sumamente político, en un momento en que se opera una reorganización de los espacios privados y una profesionalización de las tareas domésticas65 a cargo exclusivo de las mujeres. Como lo recalcan la casi totalidad de los periódicos estudiados, la principal meta de la educación de las niñas debe ser el «formar madres dignas de este nombre»; en efecto, «como toda mujer está destinada por naturaleza a ser madre, debe conocer las conveniencias del marido y los deberes y obligaciones para con este y la familia»66. Según palabras de Pilar Pérez-Fuentes Hernández, «era responsabilidad de las mujeres […] que el hogar fuese un elemento de estabilidad y control social»67. Por lo tanto, la niña mala, más que el niño malo, constituye una doble amenaza para el orden social: la de acabar en la calle o en la miseria, de volverse una «niña desarraigada» por su travesura o su falta de aplicación, pero, sobre todo, la de fallar en su misión futura de garante del buen funcionamiento familiar, responsable en ciernes de la multiplicación de niños mal educados y desarraigados. La verdadera niña mala es la que no asume su futura condición de madre y de esposa, al ejemplo de Concha, una niña sacada de La Educación pintoresca (1857), que por «su lenguaje, su manera de accionar y sus posturas», ahuyenta a todos los potenciales amigos de su entorno. Es más, «en la urbanidad que debe tenerse en la mesa», Concha parece totalmente «incorregible», al eructar o desperezar mientras come68: en estas condiciones, «no puede ser ni buena esposa, ni buena madre, porque mal podrá educar a sus hijos quien ignora los buenos principios»69. La única solución, pues, es mandarla a un convento para que su actitud cambie.

Vemos entonces que la niña mala adopta un protagonismo y un comportamiento incompatibles con la inmensa responsabilidad social que espera a la esposa y a la madre, volviéndose así «una figura demasiado visible en la sociedad», en palabras de Ángela Grassi. La niña tiene que adaptarse al rol que le corresponde dentro de la esfera doméstica, en nombre del buen funcionamiento del cuerpo social, pues: «La mujer ocupa hoy un lugar demasiado importante, demasiado trascendental en la familia, para que pueda […] ser […] veleta que gira a todos los vientos»70.

Desarraigar lo malo del niño y volver a arraigar la infancia

Sin embargo, los periódicos ilustrados para niños no se contentan con materializar los arquetipos del «niño malo» o de la «niña mala», sino que, en su forma de escenificarlos, sugieren maneras de corregirlos, dentro de lo que permita la maleabilidad propia de la infancia. Es posible apuntar en nuestras fuentes el esbozo de distintas técnicas destinadas a extirpar, desterrar, desarraigar lo malo de los niños, según su condición social, y –cuando se perciben– según las sensibilidades políticas de los autores.

Extirpar lo malo del niño travieso burgués

Buena parte del proyecto educativo de los periódicos para niños consiste en presentarles comportamientos que adoptar y figuras repulsivas de las que huir, mediante la recompensa prometida, la amenaza o la culpabilización. Así pues, los cuentos que relatan el destino de niños traviesos bien se acaban con el arrepentimiento del joven héroe (es el caso de la sediciosa Laura, o de Toribio), que le vale felicidad eterna y respeto por parte de sus pares, bien con finales atroces, como lo atestigua el fusilamiento del «mal pobre», tras años de pobreza, cárcel y crimen. A nivel visual, se puede observar un empleo de la ilustración como «portadora de un mensaje moral», acompañada por textos destinados a explicitar el mensaje, a «encauzar al lector joven por el buen camino» y «fortalecer de este modo la enseñanza»71. En La Ilustración de los niños (1878), un grabado de Urrutia presenta a Miguel, un niño extremadamente sucio y harapiento, con un ave muerta a su lado [Ilustración 5]. El texto que acompaña la imagen lo describe como un «niño travieso y holgazán como pocos», que rehúsa ir a la escuela, pero procede, a pesar de las apariencias, de la misma clase social que la del lector: «sus pobres padres», que «tienen muchos disgustos con él», «tratan de ver si se corrige, no comprándole ni arreglándole ropa alguna». Lo que espera entonces al niño malo burgués es solo la miseria y la suciedad del vagabundo –o sea, una forma de desclasificación social. Para reforzar esta idea disuasiva, el texto concluye con un apóstrofe directo al joven lector:

Ved, apreciables lectores, las tristes consecuencias de la desaplicación y de la holgazanería. Escarmentad vosotros en cabeza ajena, con el ejemplo de Miguel, y os conquistaréis el aprecio de cuantos os rodeen72.

Ilustración 5. Urrutia, «El niño desaplicado», grabado sacado de La Ilustración de los niños, 1878

© Biblioteca Nacional de España, Madrid.

Véase el texto.

Además de mensajes directamente dirigidos a los niños, cabe señalar que muchas veces se destilan consejos educativos para los padres compradores de la revista, en forma de una doble enunciación no exenta de ambigüedad. En la lóbrega historia del «niño glotón», sacado de La Educación de los niños (1849), el niño Antoñito acaba muriendo por su glotonería entre sufrimientos atroces, tras vomitar sangre, y les pide perdón a sus padres en su lecho de muerte por todo el daño que les ha causado, escena extrema destinada a espantar al niño lector. Sin embargo, el principio del cuento desvela otro destinatario, ya que el vicio del niño está presentado como el resultado de la educación que recibió de su padre, don Justo, tachado de «bonachón», que hizo de Antoñito «el niño más mimado, de peor condición y más mal educado de cuantos niños hay en el mundo». Para enfatizar esa idea, el autor precisa que fue Antoñito «objeto de uno de esos cariños tan mal entendidos por desgracia por una gran parte de los padres»73: aquí, el reproche se hace más explícito, y propone en contrapunto el ejercicio estricto de la autoridad parental. Otras veces, los autores sugieren soluciones alternativas para padres desesperados ante la travesura de su criatura: es el caso, en la publicación susodicha, de los padres de Pepito, el «niño revoltoso». Al final, lo que lo metamorfosea en un niño bueno, es la decisión por parte de su padre de colocarlo de pupilo en un colegio, «donde las reprensiones de un buen preceptor y el ejemplo de otros niños mejor educados» lograron encaminarlo «por la razón y la obediencia»74; al igual que los seis meses de conventos para Concha que permitieron hacer de ella «una joven sensata, muy fina», que llega a ser «buena esposa y buena madre»75. Tales incisos delatan la presencia del adulto escritor que se dirige al padre comprador y lector a fin de sugerirle actitudes y normas educativas.

Huir del niño travieso pobre

Si uno de los deberes imprescindibles del niño burgués consiste en dedicarse a «obras de misericordia» y expresar caridad y compasión hacia los pobres, tampoco hay que olvidar, como lo especifica El Mentor de la infancia (1842), que, al igual que en una cesta de naranjas, «También el hombre se contagia y daña / Cuando con los malos se acompaña»76. Estos versos constituyen una muestra de toda la retahíla de imágenes y cuentos que, a lo largo de los periódicos para niños, aconsejan a los lectores huir de las «malas compañías». En Los Niños (1870), un grabado de Francisco Ortego muestra a Pepito, reñido por su madre en el salón de una casa muy acomodada, como se comprueba con la presencia en el fondo de un «espejo ovalado con su debida consola torneada»77 y candelabros, rodeado por niños de la calle. Como señala Marie-Linda Ortega, en la escena, el origen social de los niños se distingue por su traje y su aspecto: los bucles de Pepito contrastan con el pelo erizado de los otros, así como sus pantalones cortos con calcetines, que no tienen nada que ver con los indefinibles andrajos de los pequeños vagabundos78. Aquí también, el texto sirve para reforzar la impresión de inadecuación que se desprende de la imagen, elocuentemente titulada «Las malas compañías», en la que los niños de la calle aparecen como intrusos. El autor describe el caso de Pepito, «que tiene la costumbre de hacer subir a su casa a los chicuelos de la calle, y toma su lenguaje y sus maneras»79: esos chicos, que desentonan en el entorno burgués de la casa, sugieren la amenaza de que los niños burgueses pueden contagiarse de las malas maneras de los niños que proceden de la calle –a priori, los del proletariado. Tal «contagio» se vuelve incluso «perversión» potencial en otras publicaciones, como se observa en un grabado sacado de La Niñez (1879) [Ilustración 6], en el que un chico malo, descrito como «acostumbrado a los azares del juego y a la vida de la calle», sonríe satisfecho al haber estafado a dos niños burgueses. Por su mala influencia, los dos niños, reconocibles por su prenda más cuidada que la de su tentador, han dejado su libro abierto «sobre las duras piedras de la calle», «preparándose a jugar al chito», lo que según el autor los prepara para «más altas empresas, tales como asistir a las casas de juego […] o perder la salud en la ruleta»80.

Ilustración 6. Anónimo, Sin título, grabado sacado de La Niñez, 1879

© Biblioteca Nacional de España, Madrid.

Véase el texto.

El contacto con los niños malos de la calle se asocia entonces con la futura ruina a la vez material y moral de los niños lectores; es preciso evitarlo. Finalmente, esos periódicos, al crear distinciones visuales y oposiciones tan claras, tratan de transmitir a los niños las normas y comportamientos que corresponden a su estatuto burgués, y de señalar con el dedo a los niños del proletariado. De esta forma, se dedican a infundir a sus lectores implícitamente, en negativo, una identidad y conciencia de clase; si hay que ayudar al niño pobre, hay que hacerlo desde lejos, en espacios separados, cada niño ciñéndose al sitio que le corresponde socialmente.

Volver a arraigar a los niños pobres

Sin embargo, en muchas publicaciones se esbozan propuestas y alaban iniciativas destinadas a desarraigar lo malo del niño pobre, en aras de la paz social. Recordemos primero, que, como estudió Borrás Llop, hasta casi comienzos del siglo 20, la intervención pública en la acción social fue casi nula81; por falta de medios y de voluntad política, fueron «las clases medias y las órdenes religiosas» las que asumieron la responsabilidad de instituciones asistenciales con destino a las clases populares82. Sin extendernos en tales iniciativas, proponemos centrarnos en artículos que se hacen eco de ellas para estudiar cómo las soluciones preconizadas implican la recreación de un vínculo familiar y social supuestamente roto. Es muy común encontrar artículos que presentan el trabajo de José de Calasanz (1556-1648) o de Vicente de Paúl (1581-1660), ambos «educadores preocupados por la educación de los niños de las clases más humildes»83. En El Mentor de la infancia (1843), un artículo dedicado a las escuelas pías creadas por Calasanz empieza hablando de un pasado donde los niños «crecían […] en la ignorancia», que «fue siempre causa de la depravación y de los vicios.» Afortunadamente, según el autor, llegó San José de Calasanz, «noble aragonés [que] nació para ser el padre de todos los niños pobres de España», abriendo «escuelas públicas para los niños pobres»84. Esta paternidad colectiva también se alaba en Flor de la infancia (1868), gracias a la labor de Calasanz que sustituyó la «escuela gratuita del vicio» por la «educación de los niños pobres»85. En estos artículos, así como en otros, se valora la creación de espacios destinados a acoger la infancia callejera: «hospicios» y «salas de asilo», como en El Mentor de la infancia (1844), «Casas de maternidad», «escuelas de párvulos» en La Ilustración de los niños (1882), pero también «inclusas», que obedecen a «las órdenes de las madres», o sea «las bondadosas Hermanas de la Caridad». Estos espacios tienen como función primaria la de ser «subsidiarias de la familia»86, y se presentan, al igual que la escolarización de la infancia, como alternativas a la fábrica o a la calle para los niños pobres. El objetivo es, como señala Santolaria, devolver a los niños «a su “sitio”, es decir, al hogar y a la escuela»87. El modelo que se defiende aquí y se pretende exportar al mundo obrero es el del hogar de la clase media, con una familia nuclear, hijos escolarizados, y una madre solo dedicada a la vida hogareña88. De hecho, las relaciones familiares se convierten a veces en el modelo absoluto de todo tipo de relación, como indica un escrito extraído de La Educación de los niños (1849), en el que se afirma que «todo sistema de educación que no se funda en las relaciones domésticas o de familia, es vicioso». El maestro, según el autor, es «semejante a una madre» que manifiesta una tierna solicitud hacia el niño, y también debe portarse con sus alumnos «como un buen padre de familia»89. En esta voluntad de corregir las conductas supuestamente perturbadas por la industrialización del mundo obrero, se enfatiza sobre todo el papel de la madre, «fiadora del orden moral, pilar del orden social»90: en La Ilustración de los niños (1881), la madre es un «ángel tutelar» que debe velar sobre «las tendencias del fruto de sus entrañas, para enderezarlas si son torcidas»91. Encontramos así huellas de la promoción de una «maternidad social», mediante la valoración de movimientos dirigidos por mujeres de la clase media que pretenden instruir a las representantes de las clases trabajadoras en el cuidado de la familia y de los hijos. Finalmente, la visión que se desprende de estas publicaciones sugiere que la infancia traviesa, peligrosa y –como hemos visto– desarraigada se podría controlar y disciplinar mediante un nuevo arraigamiento, una nueva inserción en familias y espacios de sustitución.

Conclusiones finales

Al final de nuestro recorrido, vemos hasta qué punto los periódicos ilustrados para niños se revelan en el siglo 19 sumamente normativos, al dibujar arquetipos y configurar modelos y antimodelos para la niñez. En este marco, los arquetipos del «niño malo» y de la «niña mala» se identifican con una infancia «desarraigada», en el sentido en que no encajan, no ocupan el sitio que les corresponde en el cuerpo social anhelado por la burguesía. Por eso, el niño malo vive en su infancia una forma de exilio de los lugares de sociabilización tradicionales, y se destina para el futuro a una marginación social, mientras la niña mala anticipa a la mala madre, que lleva la responsabilidad de la multiplicación de niños desarraigados.

Esta visión de lo socialmente anómalo o problemático deja trasparentarlos valores de familia y orden alabados por las elites burguesas, al tiempo que manifiesta el miedo de las mismas hacia la famosa «cuestión social» y las poblaciones obreras, pobres y sin control, espectros de una potencial «desorganización social», donde se pueden fomentar núcleos de rebelión y de sedición. Es interesante observar que todas las soluciones que se esbozan para domesticar al «niño travieso» en los periódicos ilustrados consisten en volver a arraigarlo en espacios cerrados y controlados de sustitución, para restablecer vínculos sociales supuestamente rotos; vemos así cómo la visión del niño y la atención nueva que recibe en el siglo 19 nacen más como «una respuesta de las elites de la sociedad a sus problemas» que como «una respuesta a los problemas de la infancia», a su verdadera situación92.

Fuentes (con los años consultados para los periódicos)

F. G. y C, Biografía de niños: tratados de educación, Gerona, Imp. y Librería de J. Grases, 1840, 192 p.

El Mentor de la infancia (Madrid), 1842.

El Museo de los niños (Madrid), 1842.

El Mentor de la infancia (Madrid), 1843-1845.

El Álbum de los niños (Madrid), 1845.

La Educación de los niños (Madrid), 1849-1850.

Educación pintoresca (Madrid), 1857-1859.

La Aurora de la vida (Madrid), 1860-1861.

Flor de la infancia (Madrid), 1868.

Los Niños (Madrid), 1870-1871.

La Ilustración de la infancia (Madrid), 1877-1879.

La Ilustración de los niños (Madrid), 1878-1882.

El Amigo de la infancia (Madrid), 1880.

La Niñez (Madrid), 1879-1882.

  • 1 Por razones de legibilidad y adecuación a todos los públicos, la edotorial ha optado por escribir los números superiores a 10 en números arábigos, incluidos los siglos.
  • 2Cruz Valenciano Jesús, El surgimiento de la cultura burguesa. Personas, hogares y ciudades en la España del siglo XIX, Madrid, Siglo XXI España, 2014, p. 15.
  • 3Ibid., p. 20.
  • 4Galluzzo Anthony, La fabrique du consommateur: une histoire de la société marchande, Paris, Zones, 2020, p. 57.
  • 5Sauret Guerrero Teresa, «Familia e interiores burgueses. Una visión iconográfica», Boletín de Arte, 13‑14, 1992, p. 201‑209.
  • 6Santolaria Félix, Marginación y educación. Historia de la educación social en la España moderna y contemporánea, Barcelona, Editorial Ariel, 1997, p. 252.
  • 7Chivelet Mercedes, La prensa infantil en España: desde el siglo XVIII hasta nuestros días, Madrid, Fundación SM, 2009, p. 29.
  • 8Ibid.
  • 9Bravo-Villasante Carmen, Historia de la literatura infantil española, Madrid, Revista de Occidente, 1959, p. 81.
  • 10Chivelet Mercedes, La prensa infantil en España, op. cit., p. 16.
  • 11Ibid.
  • 12Ibid., p. 30.
  • 13Bravo-Villasante Carmen, Historia de la literatura infantil española, op. cit., p. 86.
  • 14Anónimo, «Un baile infantil de máscaras», Los Niños, 1, 1870, p. 18.
  • 15Cazottes Gisèle, La Presse périodique madrilène entre 1871 et 1885, Montpellier, Centre de recherche sur les littératures ibériques et ibéro-américaines modernes, 1982, p. 127.
  • 16Borderies-Guereña Josette, «Niños y niñas en familia», en Borrás Llop José María (ed.), Historia de la infancia en la España contemporánea (1834-1936), Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1996, p. 32.
  • 17Ibid., p. 44.
  • 18 J. A. D., «¿Qué es la moral?», La Ilustración de los niños, 1, 10 de agosto de 1849, p. 4. NB: A partir del n° 2 del 20 de agosto de 1849, esta publicación pasará a llamarse La Educación de los niños.
  • 19 J. A. D., «Educación religiosa», La Educación de los niños, 2, 20 de agosto de 1849, p. 18.
  • 20 Cf. fuentes consultadas al final.
  • 21Tenorio J. M., «A diferente índole diversa fortuna», El Mentor de la infancia, 22, 1844, t. 2, p. 337-346.
  • 22Anónimo, «Cuento. El niño glotón», La Educación de los niños, 8, 20 de octubre de 1849, t. 1, p. 123-124.
  • 23Canet Margaux, La revista infantil Los Niños: entre modernidad y conservadurismo, Mémoire de Master 1, Université de Toulouse Le Mirail, Toulouse, 2007, p. 21.
  • 24Escamilla Pedro, «Un ochavo y un millón», La Ilustración de los niños, 1, 1 de noviembre de 1878, p. 12-13.
  • 25Ortega Marie-Linda, «Los niños entre moral y rebeldía: unos dibujos de Ortego y sus comentarios en Los Niños», en Fernández Roberto y Soubeyroux Jacques (eds.), Historia social y literatura: Familia y burguesía en España (siglos XVIII-XIX), Lleida, Editorial Milenio, 2003, vol. 2, p. 203.
  • 26 M., «Las salas de asilo», El Mentor de la infancia, 26, t. 1, 1843, p. 404.
  • 27Santolaria Félix, Marginación y educación,op. cit., p. 248.
  • 28Tenorio J. M., «A diferente índole diversa fortuna», art. cit., p. 338.
  • 29Anónimo, «El regalo de este número», La Ilustración de los niños, 92, 15 de agosto de 1882, p. 124.
  • 30Anónimo, «Cuento. El niño glotón», art. cit., p. 123.
  • 31Borderies-Guereña Josette, «Niños y niñas en familia», art. cit., p. 29.
  • 32Fernández Romero Ricardo, El relato de infancia y juventud en España (1891-1942), Granada, Universidad de Granada, 2007, p. 109.
  • 33Santolaria Félix, Marginación y educación, op. cit., p. 267.
  • 34Anónimo, «En la escuela de la aldea», Los Niños, 14, t. 1, 1870, p. 267.
  • 35Anónimo, Sin título, La Niñez, 7, t. 1, marzo de 1879, p. 112.
  • 36 T., «Los pilluelos de Murillo», El Mentor de la infancia, 6, t. 2, 1844, p. 81.
  • 37Anónimo, «El escaparate de la confitería», Los Niños, 9, t. 3, 1871, p. 136.
  • 38Ortega Marie-Linda, «Los niños entre moral y rebeldía», art. cit., p. 204.
  • 39Santolaria Félix, Marginación y educación, op. cit., p. 267.
  • 40Medina José María, «Protección a la niñez», La Ilustración de los niños, 60, t. 3, 15 de abril de 1881, p. 62.
  • 41Palacios José María, «Un niño revoltoso. Cuento», La Educación de los niños, 7, t. 1, 10 de octubre de 1849, p. 103-105.
  • 42 F. G. y C., «El niño travieso», Biografía de niños: tratados de educación, Gerona, Imp. y Librería de J. Grases, 1840, p. 59-90.
  • 43Guerrero Teodoro, «Al valor del tiempo. Cuadro en verso», La Ilustración de los niños, 2, 15 de noviembre de 1878, p. 3-5.
  • 44Medina José María, «Protección a la niñez», art. cit., p. 62.
  • 45Santolaria Félix, Marginación y educación, op. cit., p. 252.
  • 46Ibid., p. 267.
  • 47Borderies-Guereña Josette, «Niños y niñas en familia», art. cit., p. 33.
  • 48Santolaria Félix, Marginación y educación, op. cit., p. 238.
  • 49Canet Margaux, La revista infantil Los Niños, op. cit., p. 31.
  • 50Santolaria Félix, Marginación y educación, op. cit., p. 269.
  • 51Pérez-Fuentes Hernández Pilar, «El discurso higienista y la moralización de la clase obrera en la primera industrialización vasca», Historia contemporánea, 5, 1991, p. 127‑158.
  • 52Anónimo, «Dos niñas», El Amigo de la infancia, 70, año VII, 1 de enero de 1880, p. 2.
  • 53Anónimo, «Por no ir a la escuela», La Ilustración de la Infancia, 2, año I, 15 de enero de 1877, p. 13-14.
  • 54Ibid., p. 14.
  • 55Guerrero Teodoro, «Al valor del tiempo. Cuadro en verso», art. cit., p. 3.
  • 56Ibid., p. 4.
  • 57Borderies-Guereña Josette, «Niños y niñas en familia», art. cit., p. 33.
  • 58Nombela Julio, «La niña perdida. (Imitado del inglés)», La Aurora de la vida, 4, t. 1, 10 de diciembre de 1860, p. 49.
  • 59Borderies-Guereña Josette, «Niños y niñas en familia», art. cit., p. 33.
  • 60Virto Ignacio, «Orgullo y vanidad», La Aurora de la vida, 7, t. 1, 10 de enero de 1861, p. 107.
  • 61Ibid., p. 108.
  • 62Ibid., p. 110.
  • 63Grassi Ángela, «Lecciones de moral. III», La Aurora de la vida, 33, t. 2, 31 de agosto de 1861, p. 134.
  • 64Ibid., p. 134.
  • 65Pérez-Fuentes Hernández Pilar, «El discurso higienista y la moralización de la clase obrera en la primera industrialización vasca», art. cit., p. 144.
  • 66Bastús Faustino, «La Madre, considerada como preceptor natural», La Aurora de la vida, 10, t. 1, 10 de febrero de 1861, p. 147-148.
  • 67Pérez-Fuentes Hernández Pilar, «El discurso higienista y la moralización de la clase obrera en la primera industrialización vasca», art. cit., p. 145.
  • 68De Tamarit Emilio, «Consecuencia de la mala Educación. Cuento moral», Educación pintoresca, 44, t. 2, 1857, p. 235-236.
  • 69Ibid., p. 237.
  • 70Grassi Angela, «Lecciones de moral. III», art. cit., p. 134-135.
  • 71Cazottes Gisèle, «Las Ilustraciones en la prensa infantil madrileña del siglo XIX», en La prensa ilustrada en España: las «Ilustraciones», 1850-1920, Montpellier, «Iris», Université Paul-Valéry, 1996, p. 334.
  • 72Anónimo, «El niño desaplicado», La Ilustración de los niños, 2, t. 1, 15 de noviembre de 1878, p. 9.
  • 73Anónimo, «Cuento. El niño glotón», art. cit., p. 123.
  • 74Palacios José María, «Un niño revoltoso. Cuento», art. cit., p. 105.
  • 75De Tamarit Emilio, «Consecuencia de la mala Educación…», art. cit., p. 238.
  • 76Benito Aguirre Manuel, El Mentor de la infancia o El Amigo de los niños, Madrid, Boix Editor, 1842, p. 70.
  • 77Ortega Marie-Linda, «Los niños entre moral y rebeldía», art. cit., p. 204.
  • 78Ibid.
  • 79Anónimo, «Las malas compañías», Los Niños, 10, t. 1, 1870, p. 196.
  • 80Anónimo, Sin título, La Niñez, 9, t. 1, marzo de 1879, p. 144.
  • 81Asselot Aliénor, Ignacio Pinazo: el retrato infantil, Valencia, Institut Valencià d’Art Modern, 2007, p. 23.
  • 82Ibid., p. 26.
  • 83Delgado Buenaventura, Historia de la infancia, Barcelona, Editorial Ariel, 1998, p. 134.
  • 84 M., «San José de Calasanz y sus escuelas pías», El Mentor de la infancia, 12, t. 1, 1843, p. 179-180.
  • 85Del Río A. F., «San José Calasanz», Flor de la infancia, 1868, p. 21.
  • 86Santolaria Félix, Marginación y educación, op. cit., p. 257.
  • 87Ibid., p. 266.
  • 88Borrás Llop José María (ed.), Historia de la infancia en la España contemporánea (1834-1936), op. cit., p. 250.
  • 89Anónimo, «Educación. De los maestros», La Educación de los niños, 9, t. 1, 31 de octubre de 1849, p. 129.
  • 90Borrás Llop José María (ed.), Historia de la infancia en la España contemporánea (1834-1936), op. cit., p. 32.
  • 91Novi y Pereda José, «El primer deseo», La Ilustración de los niños, 54, 15 de enero de 1881, p. 2.
  • 92Fernández Romero Ricardo, El relato de infancia y juventud en España (1891-1942), op. cit., p. 97.
  • Fuentes (con los años consultados para los periódicos)

    F. G. y C, Biografía de niños: tratados de educación, Gerona, Imp. y Librería de J. Grases, 1840, 192 p.
    El Mentor de la infancia (Madrid), 1842.
    El Museo de los niños (Madrid), 1842.
    El Mentor de la infancia (Madrid), 1843-1845.
    El Álbum de los niños (Madrid), 1845.
    La Educación de los niños (Madrid), 1849-1850.
    Educación pintoresca (Madrid), 1857-1859.
    La Aurora de la vida (Madrid), 1860-1861.
    Flor de la infancia (Madrid), 1868.
    Los Niños (Madrid), 1870-1871.
    La Ilustración de la infancia (Madrid), 1877-1879.
    La Ilustración de los niños (Madrid), 1878-1882.
    El Amigo de la infancia (Madrid), 1880.
    La Niñez (Madrid), 1879-1882.