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Tapa de La Infancia desarraigada en tierras hispanohablantes (Marie-Élisa Franceschini-Toussaint i Sylvie Hanicot-Bourdier, dirs, 2024) Show/hide cover

La inserción sociolaboral de un grupo vulnerable

Introducción

Durante la Ilustración se intensificó el interés y la preocupación de los políticos, tratadistas o eclesiásticos por uno de los grupos más vulnerables que engrosaban las bolsas de pobreza y marginación, el de los expósitos1, guiados por la revalorización de la infancia y un sentido poblacionista y utilitarista2. Niños que eran totalmente dependientes de las frágiles estructuras de auxilio, caridad y solidaridad que les ofrecía la sociedad para sobrevivir en un mundo adverso, en el que las elevadas tasas de mortalidad infantil aún se ensañaban más con ellos. Había que poner remedio a una morbilidad tan crecida si el objetivo era el desarrollo del capital humano. Son numerosos los estudios3 en los que se analizaron los planteamientos y los proyectos de aquel grupo de personas que en el siglo 184 mostraron especial sensibilidad con estos desamparados e intentaron mejorar la situación en la que se hallaban.

En la ciudad de León5, el arca de misericordia, bajo el patronato del cabildo de la catedral fue desde finales del siglo 15, al menos, o comienzos del siglo 166 hasta 1792, la institución que se hizo cargo de recoger y criar a los niños que eran abandonados, en sus inicios, a los pies de la Virgen Blanca y, posteriormente, en el torno de la casa que habilitaron para ellos. Hasta bien entrado el siglo 18 acogía gratuitamente a los expósitos de la ciudad y, pagando, a los que eran conducidos desde el entorno rural. El volumen de estos últimos se dejó sentir con fuerza a partir de la década de los cuarenta del siglo 18 y alcanzó su punto culminante unos años después. El punto de inflexión lo marcó la concesión real, a comienzos de la década de los setenta, de un impuesto que gravaba el consumo del vino7. Esta nueva fuente de ingresos proporcionó a la obra un desahogo económico8 y dio un giro importante al proceso de captación de niños desamparados del ámbito rural. A partir de entonces, el arca quedaba comprometida a la acogida gratuita de todos los infantes procedentes de las localidades que contribuían con la citada carga9. Niños que, casi con toda seguridad, anteriormente depositaban clandestinamente representantes de los pueblos donde habían aparecido, para librar al concejo de la carga económica que supondría su crianza10.

En el siglo 18, las instalaciones del arca de misericordia fueron ampliamente adaptadas para mayor comodidad de los niños. En una reunión celebrada por el cabildo capitular en 1705, el canónigo administrador de expósitos manifestaba que carecían de una vivienda «con cómoda habitación» para los recogidos. Propusieron, entonces, construir un nuevo edificio en los terrenos contiguos que pertenecían a la abadía de Arbás. Les costaron esos solares 3 500 reales11. Las instalaciones se ampliaron en 1756, merced a la herencia del obispo Lupia, que había dispuesto que todos sus caudales se invirtieran en las necesidades de los pobres12. Se volvió a remozar el inmueble en 1761 y el complejo siguió ampliándose con los terrenos que fueron comprando a la abadía de Arbás13, a la parroquia de Santa Marina o al convento de la Concepción. También acometieron actuaciones para mejorar la salubridad del establecimiento, como, por ejemplo, sacar del canal principal de agua que abastecía al cabildo14 un ramal para proveer a la «cocina nueva». Pero, a pesar de las intervenciones que se fueron llevando a cabo, en 1772, el administrador comunicó a los patronos que el «lugar común» de la casa «estaba en un lugar que incomodaba mucho»; o en julio de 1798, el cabildo solicitaba al regimiento una licencia para abrir una ventana en la sala de amas de cría. Hasta entonces la estancia carecía de una mínima ventilación, por lo que las temperaturas que alcanzaba en verano perjudicaban seriamente la salud de los pequeños15.

El arca de misericordia, a pesar de su antigüedad, careció de reglamento hasta 1782, que lo redactó el magistral D. José Arnáiz de las Revillas. Tales estatutos tienen dos partes bien diferenciadas: la dedicada al gobierno de la casa y la que regula la vida de los acogidos. En la primera especificó las responsabilidades de todo el personal, interno y externo, que laboraba en ella, o para ella; y en la otra detalló el régimen de crianza, el plan formativo y las reglas de convivencia de los menores. En este sentido, pormenorizó con todo detalle los horarios a los que estaban sometidos, tanto de comidas, como de oración o los tiempos que debían dedicarse a la educación, religiosa e intelectual, y al trabajo en la fábrica de textil que poseía el establecimiento; también especificó las tareas semanales que debían asumir los internos o su vestimenta. Por supuesto, la instrucción de niños y niñas era diferente. Los primeros salían, todos juntos, a una escuela, mientras que ellas la recibían en la casa, a cargo de una maestra que les enseñaba a leer y labores manuales.

En 1792, D. Cayetano Cuadrillero, obispo de la diócesis de León, fundó en la capital un nuevo centro de atención a la infancia, el hospicio16. Se trataba de un edificio de nueva construcción, de dimensiones notables y con una distribución de espacios acorde a su finalidad17. La convivencia entre el arca de misericordia y el nuevo establecimiento resultó un tanto problemática y dio lugar a notables desavenencias entre el cabildo y el prelado. Finalmente, en 1802, tras la publicación de dos reales órdenes, ambas casas se fusionaron y los niños que estaban en el arca fueron trasladados al hospicio. Este nuevo centro pudo haberse regido, al menos en parte18, con el reglamento del arca hasta 1842, en que, por fin19, redactó uno propio.

El arca de misericordia, a lo largo de su existencia, fue ensayando y poniendo en práctica distintos métodos para la crianza de los niños, tales como el acogimiento temporal, que eran los niños «depositados», más tarde llamados hospiciados; las ayudas económicas a los padres y el amparo de madres solteras. Más extendidos unos auxilios que otros, alcanzaron su madurez en el último cuarto del siglo 18 y fueron continuados por el hospicio. No obstante, el mayor peso siempre recayó en la atención directa, es decir, los administradores de la institución eran los que se encargaban de facilitar la crianza de los niños y proporcionarles una educación, si sobrevivían, hasta que alcanzaban la edad de independizarse. Entre 1700 y 1830, el porcentaje de infantes que gestionaron por ese sistema representaba el 78,9 %20. El resto, poco más del 20 %, se repartía entre depositados21 –10 %–, socorros22 –4,7 %–, la acogida de las madres23 –1,3 %–, y los hospicianos –5,1 %–. Los depositados eran hijos de padres conocidos –ya nacieran fruto de una unión legítima o no24– y se admitían transitoriamente en la institución25. Los progenitores, para poder beneficiarse de esa ayuda, debían presentar una certificación en la que debía acreditarse la pobreza de la familia o el tipo de incapacidad que les impedía atender a la criatura. Tales documentos eran expedidos por los párrocos o por la justicia ordinaria. Autoridades que también podían actuar de oficio, y así solían hacerlo cuando se trataba de hijos de mujeres solteras26 o huérfanos. La diferencia de estos niños con los integrantes del grupo anterior estribaba en que los padres se comprometían a recogerlos al finalizar la lactancia, cuando la madre recuperara la salud o mejorara la precaria situación económica del progenitor o de los progenitores. Pero la realidad era otra, muchos de esos niños nunca volvieron con sus familias, bien porque fallecieron o porque nunca los recogieron27. La figura del hospiciano comenzó a generalizarse tras la apertura de la casa impulsada por el obispo Cuadrillero. Niños que cuando recababan en hospicio ya habían rebasado la edad estipulada por la institución para la crianza externa y eran recluidos, a veces por sus padres, al objeto de recibir una formación cultural y laboral.

Los alojados en la institución: mortalidad y supervivencia

En numerosas ocasiones se ha evidenciado la estrecha relación que existía entre abandono de niños y coyunturas económicas recesivas28. Pero la presión sobre esas instituciones también aumentaba en periodos de expansión demográfica. Muchos expósitos eran fruto de embarazos no deseados y la posibilidad de que aquellos aumentaran era proporcional al tamaño de la población.

En la ciudad de León, la media anual de asistencias llevó un ritmo ascendente, pasó de poco más de 90, entre 1700 y 1791, a unos 160, de 1792 a 1830, y alcanzó los 173 desde 1831 hasta 1845. Dentro de cada uno de esos periodos se observan notables oscilaciones coyunturales (gráfico 1). La primera, sin llegar a las dimensiones que alcanzaría años más tarde, se registró entre 1708 y 1711, como reflejo de las crisis de subsistencia que tuvieron lugar en esos años29. Complicadas también fueronlas décadas de los 30 y 40 del siglo 18, en que se entrelazaron periodos de crisis y de estancamiento agrícola. La recesión comenzó en 1731 y se prolongó hasta los años 50, arrastrando a la miseria a muchas familias30. Tales catástrofes se dejaron sentir en un aumento de las demandas de asistencia en el arca de misericordia.Aún mayores fueron lasrepercusiones de las penurias económicas de la etapa 1761-176531 y el bienio 176832 y 1769, en que muchas familias se vieron obligadas a deshacerse de bocas que no podían alimentar. Adversa fue también para la infancia la década de los 7033, en que se recogen cifras medias de entradas hasta entonces desconocidas en la obra pía leonesa. Derivaron de la subida de precios agrícolas34 y del mayor compromiso adquirido por la institución tras la concesión real de una nueva partida de ingresos, el arbitrio del vino. Pero al lado de estos factores también hemos de tener en cuenta el incremento de población de la segunda mitad del siglo 1835.

Gráfico 1. Demanda de asistencia en el Arca de Misericordia y en Hospicio de León (1700-1845)

Véase el texto.

En 1803, se hizo patente en la institución laconfluencia de toda una serie de sucesos acaecidos en el territorio peninsular por esas fechas36: crisis agrícolas, subida de precios37 y ciclos epidémicos. El momento más crítico tuvo lugar en 1804, alcanzándose, en los años inmediatamente posteriores, las cotas asistenciales más elevadas de la serie. Otro momento complicado se vivió en los años de la Guerra de la Independencia38, pero en este caso no lo provocó un incremento de la demanda externa, sino las dificultades a las que estuvo sometido el centro durante la crisis bélica39. Una vez remontada esa etapa, se entra en un proceso de cierta estabilidad que no va a ser ajeno a la evolución demográfica positiva de la provincia40. Esto es, al aumentar la población también lo hará el número de abandonos, los socorros o los hospicianos, pero sin dejar de tener las cosechas deficitarias un marcado componente coyuntural. En este sentido, es de resaltar la crisis de subsistencia de 181741 y la inestabilidad política y económica que vivió la ciudad en los primeros años de la década de los 2042. Esta última, sitúa al hospicio ante una coyuntura similar a la vivida durante el período bélico, tesitura que, de nuevo, se pone de manifiesto en el descenso de acogidas43. A partir de 1825, el remonte de asistencias tiene otro componente, los padres recurren menos al torno y buscan más la ayuda económica de los administradores a través de los socorros, comportamiento que apenas duró unos años, volviéndose al antiguo modelo de abandono.

Pocos fueron los niños abandonados que superaron el periodo de crianza y lograron alcanzar la edad adulta. Para esta infancia, si las expectativas de vida eran escasas en el centro, donde tenían que luchar contra la fácil propagación de las infecciones infantiles, no lo eran menos fuera de él, pues cuando salían a criar se exponían al riesgo de padecer alguna de las enfermedades que eran frecuentes entre las clases populares, derivadas de la falta de higiene y el hacinamiento, sobre todo en la ciudad. A esos infortunios, que tenían que sortear, hemos de añadir que algunas nodrizas no les ofrecían los cuidados necesarios para una crianza digna44. En un informe de 1804, los responsables del hospicio anotaron que las principales causas de la defunción de los niños eran «desde los 4 meses dentición y hasta los 7 calenturas pútridas»45.

En el gráfico 2, donde se coteja la trayectoria de las atenciones en los establecimientos con la de mortandad, se aprecia cómo la distancia entre ambas curvas era ínfima. Los márgenes esperanzadores que se observan en el primer tercio de la serie y en las décadas de los 70 y 90 del siglo 18, no deben interpretarse como tal. La primera de esas etapas coincide con el periodo en que hubo mayor flujo de adopciones, por lo que esos menores, de apenas cuatro años, quedan fuera de nuestro control; y en las otras, sobre todo en los años 70, tuvieron una importante presencia los depósitos temporales y posterior rescate de los niños46.

Gráfico 2. Ingresados y fallecidos en el Arca de Misericordia y el Hospicio de León (1700-1845)

Véase el texto.

Disponemos de algo más de 15 000 partidas de ingreso de niños, en la casa de expósitos y en el hospicio, para el periodo 1700-1845. De aquellas, podemos considerar cerradas un 94,6 %47, en el resto, las inconclusas, el expediente se paralizó sin hacer alusión al motivo. Es muy complicado ofrecer una explicación del por qué se produce esa falta de noticias, cuando el control parecía ser muy exhaustivo48. Entre otras razones49, podría deberse a la muerte del niño en la crianza50 o al rescate por parte de sus familiares51 sin dar comunicación a los administradores, o previamente pactado. De los titulares de esas partidas completas, solo del 4,3 % tenemos conocimiento de que alcanzaron la etapa adulta52; el 79,9 %53 terminaban con su fallecimiento y el 15,8 % fueron rescatados por sus parientes o adoptados54 por alguna de las familias que había cooperado en su crianza55. Como eran más las nodrizas del ámbito rural que las del urbano aquel fue mayoritariamente el destino de los menores56. Ni una opción ni la otra, volver al seno del hogar en el que habían nacido o ser acogidos, era garantía de una mayor longevidad. Hemos de tener presente que solían rescatarlos cuando aún eran muy pequeños y que las adopciones se realizaron, prácticamente la mayoría, en torno a los cuatro años, que era la edad fijada durante casi todo el siglo 18 para finalizar la crianza, aunque después se amplió a los siete-ocho. Esto es, los niños aún estaban en una etapa de la vida muy vulnerable no escapando a la incertidumbre de la muerte ni unos ni otros. Pero en algo se diferenciaban los supervivientes de ambos grupos, pues mientras losque regresaron a su hogar recuperaban la posición social, buena o mala, que les había sido arrebatada durante algún tiempo; a los otros, el estigma de la exposición siempre los acompañaría57.

Cotejando los datos de 1700-1830 con los de 1831-1845, no se observa una evolución en positivo. En los últimos 15 años la mortalidad, con frecuencia, superó el 80 %, en consecuencia, el resto de las variables –rescate de los niños por parte de los padres58– no experimentaron tampoco un comportamiento más esperanzador. Durante los últimos años, no de manera asidua, anotaron la patología detonante del fallecimiento. Las más repetidas eran la gangrena, «de fiebre», «de la garganta», «hinchazón» y viruela; seguidas a considerable distancia por la tosferina, hidropesía, accidentes, disentería, cólicos o «mal de orina».

La integración social de los niños abandonados

Cuando se fusionaron el arca de misericordia y el hospicio de la ciudad de León, la primera ya contaba con experiencia en la formación de los acogidos, de cara a su futura integración social59. Es a partir del último cuarto del siglo 18 cuando comienzan a ser más habituales las noticias sobre cómo se llevaba a cabo «para ser vasallos útiles al estado» y «sean capaces de ganar por sus manos el sustento»60. Con anterioridad, prácticamente todos los pequeños que lograban superar la crianza eran entregados en adopción, lo que constituía un modo de ofrecer protección al menor y de reintegrarlo en la sociedad que lo había expulsado. En numerosas ocasiones ese proceso no supondría para los niños ningún trauma ni una adaptación, pues se quedaban en la casa donde habían crecido. La duda que nos surge es si esas acogidas «por amor de Dios» serían positivas para los niños y, ¿cuántos serían tratados con la consideración, al menos aproximada, de hijo? Algunos tenemos constancia de que no fue así61, y de hecho volvieron a la institución, y, posiblemente, más de los que dejan ver las cédulas serían empleados como pequeños criados62. En la mayoría de los expedientes que concluían con un acogimiento se establecía claramente el compromiso que adquiría la familia de instruirlos y darles un salario cuando estuvieran capacitados para trabajar en la casa. Aparentemente tendríamos que considerar a esos niños afortunados, tenían una familia que les podía ofrecer protección, pero hemos constatado como no en pocos casos la realidad era otra. Algunos fueron recuperados por el establecimiento, porque no los trataban bien, y a otros los reintegraron los adoptantes al no poder mantenerlos63.

El punto de inflexión, de cara a la formación de los acogidos para su posterior inserción en la sociedad, estuvo en la década de los 70. Cuando el cabildo solicitó a la corona ayuda económica argumentando la necesidad de ofrecer a los expósitos una educación laboral, cultural y religiosa adecuada «y cuando no descubriesen talento, y aplicación a los oficios necesarios de la república, pudieran servir provechosamente en la Marina, cercenándose así el número de mendigos y licenciosos a que los conduce la falta de enseñanza»64. Como resultado de esa representación, el 9 de noviembre de 1771, el Consejo de Castilla le concedía, como ya hemos dicho, al arca el cobro de un maravedí «en azumbre de vino que se vende al por menor en esta provincia». La recaudación de ese impuesto no tardó en dar frutos. Entre 1774 y 1776, el arca, en el contexto utilitarista de la Ilustración, invirtió una suma considerable de dinero en la adquisición de instrumental y materias primas para poner en marcha un taller de hilados. Incluso, para la adecuada formación de los niños, se contrató durante algo más de un año a una maestra alemana, cuyo cometido era «enseñar a hilar fino». Poco a poco, la fábrica fue adquiriendo una mayor entidad con la incorporación del personal necesario para su correcto funcionamiento: en 1777, prestaban servicio en el taller, entre otros, un maestro lanero, uno cardador y una peinadora de lana65. En esa pequeña industria colaboraban todos los internos, en la medida de sus posibilidades. El adiestramiento que iban recibiendo en la casa, supondría la adquisición de unas competencias, al menos rudimentarias, de cara a su futuro. En 1790, la manufactura había perdido rentabilidad, y los trabajos que seguían haciendo los muchachos eran para el consumo interno66.

Aquella formación profesional, que recibían los alojados en el centro, era complementada con otro tipo de educación, que, sin duda, colaboraría a remediar otra forma más de exclusión: la pobreza intelectual. A los varones se les facilitaba el acceso a una capacitación laboral con un artesano externo67, «a la edad de 14 años se les pone en aprendizaje a costa de la obra pía». En 1775, el arca había gastado 700 reales «por la mitad de los aprendizajes de tres niños con la obligación de mantenerlos los maestros y el uno se puso a platero, otro a sastre y otro a confitero»68. El criterio de los administradores a la hora de diseñar el futuro formativo de cada uno de los niños era que «en la elección del oficio se tiene consideración al talento o inclinación que ha manifestado cada uno», entendemos que se tendrían en cuenta las directrices marcadas por la Corona en 178069.

A través de las ordenanzas redactadas en 1782 para la casa de expósitos, sabemos que, una vez finalizada la lactancia, los que eran reintegrados al establecimiento comenzaban un periodo de instrucción cultural y religiosa. Una maestra interna enseñaba a las niñas a leer, a hilar «lino, estopa, lana y estambre», costura y doctrina cristiana; y los niños salían a la escuela pública70, para adiestrarlos en lectura, escritura y «contar».

Esa implicación del arca con el proceso educativo de sus integrantes fue heredada por el hospicio71. De hecho, uno de sus primeros directores, D. Rafael Daniel, además de continuar con la fábrica de lienzos, puesta en marcha por su fundador, el obispo Cuadrillero, ideó la creación de dos talleres nuevos, sastrería y zapatería. Con estas nuevas actividades buscaba ampliar el abanico de recursos para introducirlos en la ética del trabajo y darles la posibilidad de aprender un oficio. Con el mismo objeto se estableció una carpintería, para reparar todos los desperfectos que se produjeran en los talleres y en los edificios propios de la obra pía, la creación de un taller de cestería de mimbre o un huerto72. Durante el periodo de gobierno de D. Rafael «se llegaron a tener cuarenta y ocho telares corrientes servidos en la mayor parte por hospicianos […] y en un estado verdaderamente floreciente». En 1812, con el revés de las circunstancias políticas, «empezó la decadencia de la casa y de la industria».

Cuando el centro pasó a estar bajo la responsabilidad de la Diputación continuaron con el mismo esquema formativo: iniciación en los rudimentos de escritura y lectura y adiestramiento profesional en un oficio. Pero la decadencia de las instalaciones fabriles obligó al cierre de sus talleres. La precariedad económica que padecieron por entonces movió a la dirección a confiar la educación de los hospicianos a uno de sus muchachos más aventajados. El panorama dio un vuelco a partir de 1846, cuando se nombró a un maestro de suficiente capacidad como para ofertar una enseñanza adecuada. También, en agosto de ese mismo año, se creó una academia de dibujo, posiblemente vinculada a los nuevos telares introducidos en la casa. A pesar de estas mejoras, la educación, fruto de su época, seguía los patrones sexistas ya comentados. Así nos lo evidencia la estadística reflejada en el diccionario de Pascual Madoz: entre los 159 niños que recibían formación, 12 habían alcanzado el nivel más alto, dominaban las técnicas de lectura, escritura y dibujo; 50 sabían leer y escribir correctamente, otros tantos solamente leían y 47 deletreaban. Entre las mujeres esas cifras eran ninguna, 6, 60 y 70 respectivamente.

Resulta complejo hacer realizar el seguimiento de los niños que sobrevivieron a las adversas condiciones de expósito u hospiciano hasta que se produjo su inserción social, debido a la enorme variedad de formas con las que se cerraron las partidas. En los varones, son numerosas las que ofrecen la fecha en que inició la instrucción externa, para el aprendizaje de un oficio, pero no contamos con información que verifique si la completó. A estos los hemos agrupado bajo el término genérico «se ausentan», frecuentemente empleado por los administradores en la documentación. En menos ocasiones los registros se cierran con un escueto «se emancipó», «se independizó», «marchó», «no se supo más de él» (cuadro 1). En estos expedientes, que se confeccionaron fundamentalmente a finales del siglo 18 y en el 19, un volumen importante de sus protagonistas tenía en torno a los 15 años, por lo que resulta harto complicado discernir los matices que tales expresiones podían encerrar. En lo que respecta a las mujeres, la situación es similar, pero en este caso la pérdida de información, prácticamente en la totalidad de los casos, se registra en las salidas que hacían como domésticas.

Cuadro 1. Destino final de los niños y niñas que crecieron al amparo de las obras pías de la ciudad de León

Fuente: Libros registros de entrada de las casas de León

 Varones Mujeres 
 Número%Número%
«Se ausentan» / «emancipan»23346,114833,1
Aprendizaje de un oficio10420,630,7
Ejército6112,1  
Matrimonio397,719844,3
Servicio doméstico295,77516,8
Fuga265,192,0
Expulsados112,2132,9
Entran en religión20,410,2
Total505100447100

Entre los varones debemos recalcar lo ya señalado, la importancia porcentual de los ausentes, que representan el 46,1 % del total. Dentro de estos tenemos que diferenciar un pequeño grupo cuya partida se cerró con «se emancipó» y tenían entre 22 y 27 años, puesto que, aunque no sabemos la formación que habían recibido, entendemos que tenían algún tipo de capacitación laboral. Probablemente a estos podríamos añadir una parte de chicos más jóvenes que «se ausentan» y es muy posible que estuvieran en las mismas circunstancias que los anteriores, pues, como ya hemos señalado, durante su estancia en la casa habían disfrutado, al menos durante algún tiempo, de la instrucción de un maestro artesano y de la que les proporcionaba la institución. Un segundo bloque, bastante alejado del anterior, era el que conformaban aquellos que se reintegraban socialmente una vez que finalizaron la formación artesanal, y de ello tenemos constancia de un 20,6 %. Los oficios que primaban eran los vinculados al sector textil: sastre, tejedor o pasamanero. Menos frecuentados eran los de carpintero, herrero, cerrajero, confitero o tintorero, entre otros. Un número muy reducido lograron acceder a profesiones más especializadas y, por ende, de mayor consideración social: plateros, sacerdotes o cirujanos. Por su parte, un 12,1 % de los muchachos, muy concentrados en el siglo 19, entraron a formar parte del ejército, algunos para cubrir la plaza de un quinto a cambio de dinero73, y un pequeño número encontró salida en el cuerpo de la guardia civil74. El apego a la vida militar y a la aventura movió incluso a algunos de estos jóvenes a enrolarse en las partidas que actuaron por la provincia durante los conflictos bélicos del primer tercio del siglo 19: en 1838, varios hospicianos se fugaban del centro para integrarse «en la de Villagómez».

Un cuarto grupo abandonaron la casa de acogida para contraer matrimonio. Evidentemente, el hecho de que la partida la cerraran con «se emancipó por haberse casado» no implicaba, ni mucho menos, que esa fuera el único motivo de la ruptura con el centro. Es lógico pensar que cuando el joven pedía la partida de bautismo para casarse tenía detrás la seguridad de un trabajo que lo amparaba y del que no queda constancia en la documentación.

Por el servicio doméstico optaron un 5,1 %, prácticamente todos ellos se localizan en el siglo 18. Solían ser muchachos muy jóvenes, que confiaban a los que serían sus amos sin percibir salario alguno durante el período de formación. En abril de 1843 D. Juan Antonio Prieto, vecino de Herrín de Campos, llevó a un expósito, llamado Crisanto, «con la obligación de mantenerle y vestirle por ahora, más cuando llegue a la edad de 17 años le ha de dar además el salario que merezca según estilo del país»75.

Finalmente, tenemos constancia de que, al menos, con un 7,3 % de los muchachos, que conocemos el final del expediente, las instituciones fracasaron con su programa de formación76, bien porque se fugaron o, debido a su mal comportamiento, la administración tomó la decisión de expulsarlos. Las huidas fueron una práctica mucho más frecuente de lo que refleja la estadística, pero los responsables del establecimiento, con la colaboración de la justicia, lograron recuperar al fugado y darle una nueva oportunidad77. Tales escapadas no solían ser individuales, participaban en ellas al menos dos ingresados78. En ocasiones, el abandono de la casa llevaba un componente emocional, pues iban al hogar donde se habían criado. Indudablemente, para esos muchachos, que habían crecido con una disciplina mucho más relajada, la reclusión y el respeto escrupuloso79 de unas estrictas normas podría resultar opresor. En cuanto a la otra vía de brusca de desvincularse del establecimiento, la expulsión, pocas veces reflejaron en las cédulas el motivo que indujo a los responsables del establecimiento a tomar esa medida80.

En el otro colectivo acogido en las instituciones, el de las niñas, se observa que el porcentaje de ausentes es notablemente inferior al de los varones –un 33,1 %–. Tampoco con el sector femenino fue rotundo el éxito de la tarea instructiva programada por el arca y hospicio, aunque el porcentaje de fracaso fue ligeramente más bajo que entre los varones: las fugadas y las expulsadas representaban un 4,9 %. Con frecuencia, las fugas protagonizadas por estas muchachas tenían lugar aprovechando su estancia en las casas en donde se hallaban sirviendo. No obstante, y a pesar de que cuando tomaban tal decisión sería porque deseaban llevar una vida menos opresiva, esas casas de acogida eran su única referencia. De hecho, no es raro encontrar, como también entre los varones, algún ejemplo de regreso al establecimiento tras permanecer un tiempo desligados81.

El motivo más frecuente para desvincularse de la casa a la que habían estado ligadas desde los primeros días de vida fue el matrimonio, un 44,3 %. Algunas contrajeron nupcias en la localidad a la que habían sido enviadas a lactar y de la que no habían vuelto, excepto si se solicitaba su presencia para el reconocimiento82. Las que habían regresado de la crianza, antes de casarse, habían estado sirviendo como domésticas en varios domicilios83. A unas y otras el establecimiento les proporcionaba una dote84. Aunque no frecuente, hay algún ejemplo de enlaces entre internos. En septiembre de 1838, contrajeron nupcias los expósitos Lope Blanco y María García, y en mayo de 1848 hicieron lo propio Ceferino Blanco y Regina. La edad media con la que accedían al matrimonio estas muchachas fue variando entre 1700 y 1845. Las que se criaron a la sombra del arca de misericordia se casaron con 24,6 años85, si a estas unimos las que ya entraron al hospicio, tras la fusión, esta edad sube a 26 años, cifra que se mantendrá86 hasta 1845.

Un 16,8 % de las mujeres asiladas, cuando fallecieron estaban desempeñando labores domésticas87, siempre controladas por los responsables de la institución88. Comenzaban con ese periplo en torno a los 15 y 16 años89 y, en principio, parece que el servicio siempre lo prestaban internas, aun cuando se las destinaba a un hogar de la ciudad, pues en cada uno de ellos aparecen dos fechas: «salió de la casa a servir» y «regresó a la casa». Los periodos de contratación solían ser cortos, la moda la encontramos en menos de un año90, poco más del 20 % no superaban los dos años y sólo el 14,7 % permanecían en la misma casa más de 24 meses. Esos pequeños contratos eran motivo de un constante trasiego. La mayor demanda de criadas estaba en la ciudad de León y su alfoz, a donde fueron dirigidas en torno al 70 % de estas mujeres, frente a un 25 % que se desplazaron a algunas de las localidades no muy alejadas y a un escaso 5 % que sobrepasaron los límites provinciales91.

Durante los intervalos de tiempo que estaban en el establecimiento estarían colaborando en las labores diarias de la institución –cuidado de los más pequeños, ayuda en la huerta o en las cocinas–, en los trabajos de la fábrica, cuando estaba en funcionamiento o, quizás, también salieran a trabajar como externas para el auxilio puntual de algún vecino. Alguna de las muchachas con especiales dotes para el aprendizaje acabó formando parte del cuadro de personal del centro, como sucedió con la ayudante de la maestra de niñas del hospicio en 1801 o con una expósita llamada Valeriana que, tras un largo periplo en el servicio doméstico, en marzo de 1840, a los 22 años, era admitida «para enseñanza de las niñas de la casa» con un salario de 15 reales. Las salidas profesionales externas son prácticamente insignificantes, tres lograron acceder al cuerpo de maestras92 y la otra profesó como religiosa en el convento madrileño de Santa Catalina.

Finalizar señalando que los cimientos que la política ilustrada intentó expandir en estos centros tuvieron un éxito relativo. La mortalidad continuó siendo elevada, pues en 1845 el porcentaje de expósitos que lograban sobrevivir aún era comparable al del siglo precedente. Por el contrario, sí podemos encontrar avances en la educación de esos muchachos. El arca de misericordia pudo poner en marcha un programa formativo gracias a la contribución de la corona, del que fue continuador el hospicio, que les procuraba unas capacidades, acordes con los modelos de la época, para su posterior integración social. Era aquella una oportunidad, dentro del férreo control y duras condiciones de vida al que estaban sometidos, que muy pocas familias se podían permitir.

  • 1Montalvo Tomás de, Práctica Politica y Económica de Expósitos, en que se describen su origen, y calidades, resolviendose las dudas, que pueden ofrecerse en esta materia, y juntamente se declara el gobierno domestico, que en sus Hospitales se debe observar, Granada, Impr. de la Santísima Trinidad, 1701; Ward Bernardo, Obra pía, y eficaz modo para remediar la miseria de la gente pobre de España, Valencia, Por la Viuda de Gerónimo Conejos, 1750; Proyecto económico, en que se proponen varias providencias, dirigidas a promover los intereses de España, con los medios y fondos necesarios para su plantificación, Madrid, Por D. Joaquín Ibarra, 1762; Rodríguez Campomanes Pedro, Discurso sobre el fomento de la industria popular, Madrid, Imprenta de Antonio Sancha, 1774. Podemos consultar la opinión que este autor tenía de esas cuestiones en Velázquez Martínez Matías, Desigualdad, indigencia y marginación social en la España ilustrada: las cinco clases de pobres de Pedro Rodríguez Campomanes, Murcia, Universidad, 1991; Hervás y Panduro Lorenzo, Historia de la vida del hombre, Madrid, En la Imprenta de Aznar, 1789; Bilbao Antonio, Destrucción y conservación de los expósitos: idea de la perfección de este ramo de policía: modo breve de poblar la España y testamento, Antequera, s.n., 1789; García Santiago, Breve instrucción sobre el modo de conservar los niños expósitos, aprobada por el Real Tribunal del Protomedicato, Madrid, Imprenta de Manuel González, 1794; Murcia Joaquín de, Discurso político sobre la importancia y necesidad de los hospicios casas de expósitos, y hospitales que tienen todos los estados y particularmente España, Madrid, Imprenta de la viuda de Ibarra, 1798; Trespacios y Mier Juan A. de, Discurso sobre que los niños expósitos consigan en las inclusas el fin de estos establecimientos…, Madrid, Imprenta de Villalpando, 1798; Jovellanos Gaspar, Discurso acerca de la situación y división interior de los hospicios con respecto a su salubridad, Obras inéditas, Madrid, BAE, 1952; Megino Alberto de, La demauxesia aumentación del pueblo por los medios de procurar que no mueran 50.000 personas que según un cálculo prudencial, y bien formado se pierden anualmente en las Casas de Espositos, en los Ospicios, y en las Cárceles de España, Venecia, Por Antonio Curti, 1805.
  • 2 Ejemplo del utilitarismo fue la creación de manufacturas en las casas de expósitos y hospicios de toda la geografía europea, al objeto de autofinanciarse y ocupar a los internos. Palomares Ibáñez José María, La asistencia social en Valladolid. El Hospicio de Pobres y la Real Casa de Misericordia (1724-1847), Valladolid, Diputación Provincial de Valladolid, 1975, p. 71-83; Grendi Edoardo, «Pauperismo e Albergo dei Poveri nella Genoa del Seicento», Rivista Storica Italiana, 87, 1975, p. 621-656; Soubeyroux Jacques, «El encuentro del pobre y la sociedad: asistencia y represión en el Madrid del siglo xviii», Estudios de Historia Social, 20-21, 1982; Galicia Pinto María Isabel, La Real Casa Hospicio de Zamora. Asistencia social a marginados (1798-1850), Zamora, Instituto de Estudios Zamoranos, 1985; Cavallo Sandra, Charity and Power in Early Modern Italy. Benefactors and their Motives in Turin (1541-1789), Cambridge, University Press, 1995; BarreiroMallón Baudilio y ReyCastelao Ofelia, Pobres,peregrinos y enfermos: la red asistencial gallega en el Antiguo Régimen, Santiago de Compostela, Nigra, 1998; López Victoria, El cepo y el torno. La reclusión femenina en el Madrid del siglo xviii, Madrid, Editorial Fundamentos, 2009.
  • 3Riera Palmero Juan, «Antonio Bilbao y la pediatría española de la ilustración», Anales españoles de pediatría: Publicación oficial de la Asociación Española de Pediatría, Vol. 6, 1, 1973, p. 127-130; CarrerasPanchón Antonio, El problema del niño expósito en la España Ilustrada, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1977; Susín Betrán Raúl, «Los discursos sobre la pobreza: siglo XVI-XVIII», Brocar, 24, 2000, p. 105-135; Sevilla Bujalance Juan Luis, Los niños expósitos y desamparados en nuestro derecho histórico, Córdoba, Universidad de Córdoba, 2001. Una revisión historiográfica puede consultarse en Cava López María Gema, «Niños e infancia en la investigación sobre la Edad Moderna: el abandono de una historia de abandonados», en Alvar Ezquerra Alfredo, Contreras Contreras Jaime, et al., Política y cultura, en la época moderna (Cambios dinásticos. Milenarismos, mesianismos y utopías), Madrid, Universidad de Alcalá, 2004, p. 751-761. Después de esa fecha son numerosas las investigaciones sobre el tema.
  • 4 Por razones de legibilidad y adecuación a todos los públicos, la edotorial ha optado por escribir los números superiores a 10 en números arábigos, incluidos los siglos.
  • 5 En el contexto fundacional, de este tipo de establecimientos, que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo 18, se abrieron en la provincia de León otros dos centros para la atención de niños expósitos, en Astorga y Ponferrada. Hasta entonces, todos los expuestos eran conducidos a la capital. El primero comenzó a funcionar en 1799, bajo la protección del deán y cabildo astorgano. En él se recogían los abandonados «desde el Órbigo hasta la cresta de las montañas de Piedrafita, límite de la provincia, es decir, todo el territorio del Bierzo y Maragatería que pertenecen en lo espiritual al obispado de Astorga y Abadía de Villafranca». Su apertura tuvo lugar tres años después de que, entre otras cuestiones, se mandara realizar una reestructuración territorial para acortar el desplazamiento de los niños. Por su parte, el de Ponferrada, fechado en la década de los setenta del siglo 18, fue impulsado por el regimiento de la villa y hasta que se abrió la casa de Astorga dependió del arca de leonesa. Las relaciones entre los establecimientos de León y Ponferrada habían sido muy tensas, debido a que consideraban que los gastos de la berciana eran excesivos «e insoportables» y, fundamental, porque en la de la capital no se recibía el arbitrio del maravedí «[…] en los justos términos a que tienen derecho por las notorias contradicciones judiciales de las principales villas de aquel partido que hace cerca de seis años que nada pagan». Real Cédula de S.M. Por la que manda observar el reglamento inserto para la policía general de expósitos de todos los dominios, Madrid, Imprenta Real, 1796; AHDL (Archivo Histórico Diocesano de León), Fondo General, n° 126 y ACL (Archivo Catedralicio de León), Leg. 10.046.
  • 6 La puesta en marcha de centro, según la introducción que se hizo en las ordenanzas de 1782, era incierta «[…] en el año mil quinientos y trece es la primera vez que se hace mención de ella en los libros capitulares», continúa señalando «la tradición» de depositarlos en un pesebre que había a los pies de la Virgen Blanca y cómo se fue dotando económicamente. Prada retrotrae esos comienzos a 1480. Prada Villalobos Monserrat, Asistencia y hospitalidad en León durante la Edad Media, tesis doctoral inédita, León, 2003. Las fechas fundacionales de un buen número de casas de expósitos, repartidas por la geografía nacional, pueden consultarse en Pérez Moreda Vicente, Las crisis de mortalidad en la España interior (XVI-XIX), Siglo XXI, Madrid, 1980, p. 171.
  • 7 «Arbitrio del maravedí en azumbre de vino que se vende al por menor en esta provincia». AHDL Lib. 218. Un impuesto similar, y con la misma finalidad, fue concedido en otras ciudades. En Valladolid era de dos maravedíes por cántara vendida en la provincia. Egido López Teófanes, «Aportación al estudio de la demografía española: los niños expósitos de Valladolid (siglos xvi-xviii)», Actas de las I Jornadas de Metodología Aplicada de las Ciencias Históricas, Vol. 3, Santiago de Compostela, Universidade de Santiago, 1975, p. 333-346; Galicia Pinto María Isabel, op. cit., p. 127-128; Bartolomé Martínez Bernabé, «La crianza y educación de los expósitos en España entre la Ilustración y el Romanticismo (1790-1835)», Historia de la educación: Revista interuniversitaria, 10, 1991, p. 32-62.
  • 8 En agosto de ese año se subió el salario de las amas de cría. Las externas pasaron de cobrar 13 reales/mes, a 16; y las internas de 15 a 18.
  • 9 Los pueblos que no contribuían con el citado impuesto no tenían derecho a enviar a los niños que fueran abandonados en su localidad a la casa de expósitos de la capital. Por ejemplo, el 22 de diciembre de 1774 condujeron a una niña que había sido expuesta en Corcos, jurisdicción de Almansa y «no se la quiso recibir por el Señor Administrador por tocar dicho lugar y jurisdicción a la provincia de Valladolid […] pues de ningún modo puede ni debe recibir a los niños de los pueblos no contribuyentes al maravedí en azumbre de vino». AHPL (Archivo Histórico Provincial de León), Beneficencia.
  • 10 Antes de la concesión del impuesto que gravaba el vino, los pueblos que llevaban niños al arca adquirían el compromiso de costear la lactancia. El 29 de junio de 1702, la justicia de Marne llevó a un niño que había aparecido en la puerta de la iglesia, comprometiéndose a pagar los gastos durante tres años. En agosto de 1772, fue la primera vez que no se recogió el dinero enviado para la crianza del infante. Se trataba de un niño que había aparecido en una iglesia de La Bañeza. «[…] no se recogen los 6 ducados por estar determinado por el Cabildo, atendiendo al arbitrio del maravedí en azumbre de vino». AHPL Beneficencia.
  • 11 AHDL D. 92.
  • 12 AHDL C. 133.
  • 13 ACL. Legs. 10 041 y 10 044.
  • 14 ACL. Leg. 10 045.
  • 15 «[…] la sala de amas de cría no tiene luces, ni ventilación de aires que requiere una habitación tan esencial en la casa, de suerte que las pocas que tiene las logra del patio y por otra pieza anterior, viéndose en la precisión de pasarlas a otro departamento para que éstas y los niños no se malogren por el calor y la falta de aires puros que evite todo contagio, sin que alcance otro arbitrio para remediar este perjuicio que abrir una ventana en la parte inmediata al torno». A.M.L., Actas Municipales, Caja 79.
  • 16 En el de la ciudad de León, desde un primer momento, se dejó claro que el hospicio solamente atendería a la infancia. En otros centros se recoge el que no se dedicaran exclusivamente a la atención de niños abandonados. Véase Egido López Teófanes, «Aportación al estudio de la demografía española», art. cit., p. 336. AHDL, Fondo General, 126. En la década de los ochenta del siglo 18, el término hospicio se asimilaba al de hospedería. Diccionario de la lengua castellana: reducido á un tomo para su mas fácil uso, Madrid, Joaquín Ibarra, 1783.
  • 17 Poseía estancias bien delimitadas, con funciones específicas, patios, huerta, etc. ARCHV (Archivo de la Real Chancillería de Valladolid). Planos y Dibujos, 182.
  • 18 Tal y como explica en la introducción, no estaría operativo en lo que se refiere a las atribuciones del personal: «sin tener otra norma ni derrotero fijo, que costumbres rutineras, plantillas particulares, y órdenes del momento, fácil es de prever cuales fueran las consecuencias. A esto se agrega para complemento del desorden, que jamás se han deslindado las respectivas atribuciones de los jefes y dependientes; todos y todas las involucradas daban por resultado de tan heterogéneos elementos un monstruo indefinible». Pero sí en el régimen de vida y las cuestiones más cotidianas de los niños albergados. Proyecto de reglamento para el gobierno interior económico administrativo de la Casa-Hospicio y niños expósitos de León. León, Imprenta Miñón, 1842, p. 3.
  • 19 «Parece imposible que transcurridos no pocos años, que a través de tantos y tan repetidos sucesos y vicisitudes, que tan lastimosamente han afectado a los intereses de la Casa-hospicio, y niños expósitos de esta capital, no se haya pensado en formular un reglamento». Proyecto de reglamento para, op. cit., p. 3.
  • 20 Para conocer los valores intermedios, consultar Pérez Alvarez Mª José y Martín García Alfredo, Marginación, infancia y asistencia en la provincia de León a finales del Antiguo Régimen, León, Universidad de León, 2008.
  • 21 En anotaciones de finales del siglo 15 ya se registraron entradas de ese tipo. Prada Villalobos Monserrat, op. cit., p. 128.
  • 22 Los socorros consistían en ayudas económicas que la institución ofrecía a los padres necesitados que las demandaban, y lógicamente podrían acreditarlo, para mantener al niño en el hogar y costear los gastos de una nodriza externa. Se contemplaban tales auxilios en otros centros dedicados a la asistencia de la infancia. Rodríguez Martín Ana María, «Una estrategia de supervivencia familiar en Barcelona, en la segunda mitad del siglo XIX», [en línea], Nuevo Mundo, Mundos Nuevos, 2008. Disponible en: https://journals.openedition.org/nuevomundo/22322.
  • 23 La admisión de las madres, generalmente solteras con su hijo recién nacido, suponía que aquellas pasaban a desempeñar el trabajo de nodriza interna, mientras que el lactante era enviado a una crianza externa.
  • 24 El 19 de diciembre de 1832, admitieron en el hospicio, «sin perjuicio de su legitimidad», a un niño que había tenido una mujer casada mientras su marido estaba de pastor en Extremadura. AHPL Beneficencia.
  • 25 Una de las ventajas de este tipo de atenciones era que frenaban el abandono. Véase Valverde Lamsfus Lola, Entre el deshonor y la miseria. Infancia abandonada en Guipúzcoa y Navarra. Siglos XVIII y XIX, Bilbao, Universidad del País Vasco, 1994, p. 59.
  • 26 El 28 de julio de 1832 llevaron al hospicio tres niños de corta edad, «por la justicia de dicho concejo en virtud de la sentencia dada por estos y confirmada por la Real Chancillería de Valladolid, en la causa formada […] sobre escándalo por motivo de tener tres hijos en su compañía sin que se les conociera padre». Eran naturales de Getino e hijos naturales de Ángela García, soltera, se le entregaron a la madre en 12 de mayo de 1834. AHPL Beneficencia.
  • 27 Dos tercios de los niños acogidos por este sistema, en las instituciones leonesas entre 1700 y 1830, y lograron superar la crianza fueron recogidos por la familia. Pérez Alvarez Mª José y Martín García Alfredo, Marginación, infancia y asistencia, op. cit.
  • 28 Han sido numerosos los autores que establecieron una relación entre crisis de subsistencia, ilegitimidad y, por extensión, abandonos. Dependiendo de las ciudades, el acople entre unas variables y otras fue más o menos rígido. Tampoco faltan los que han comprobado la conexión entre factores demográficos y exposición. Si bien, estas coyunturas no eran exclusivas ni determinantes a la hora de abandonar a un niño, ya que eran muchas las cuestiones que influían en la decisión de padres, tales como la escasa valoración de la infancia. Pérez García José Manuel, «La mortalidad infantil en la Galicia del siglo XIX. El ejemplo de los expósitos del Hospital de los Reyes Católicos de Santiago», Estudios Compostelanos, 4, 1796, p. 171-1197, p. 178; ÁlvarezSantaló León Carlos, Marginación social y mentalidad en Andalucía occidental: expósitos en Sevilla (1613-1910), Sevilla, Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, 1980, p. 48; Sánchez-Montes González Francisco, La población granadina en el siglo XVII, Granada, Universidad de Granada, 1989, p. 102-104; AnsonCalvo Mª del Carmen, «Niños ilegítimos y niños expósitos en las Asturias del siglo XVIII», Actas do III Congresso da ADEH, Guimarães-Braga, 1995, p. 227-252; Fernández Ugarte María, «Los marginados familiares. Los expósitos: el modelo de Salamanca», en Montojo Montojo Vicente, Linaje, familia y marginación en España (ss. XIII-XIX), Murcia, Universidad de Murcia, 1992, p. 132-133; Lobo Cabrera Manuel, López Caneda Ramón, et al., La «otra» población: expósitos, ilegítimos, esclavos. (Las Palmas de Gran Canaria. Siglo XVIII), Las Palmas, Universidad de Las Palmas, 1993, p. 37.
  • 29Eiras Roel Antonio, La población de Galicia. 1700-1860, Santiago de Compostela, Fundación Caixa Galicia, 1996, p. 88; Barreiro Mallón Baudilio, La Jurisdicción de Xallas en el siglo XVIII: población, sociedad y economía, Santiago, Secretariado de Publicaciones de la Universidad, 1973, p. 225.
  • 30 En la Bañeza, en esos años, se incrementó el número de exposiciones derivadas de las dificultades económicas de la población. Rubio Pérez Laureano Manuel, La Bañeza y su tierra, 1650-1850. Un modelo de sociedad rural leonesa (los hombres, los recursos y los comportamientos sociales), León, Universidad de León, p. 163.
  • 31 Las rogativas de la población leonesa a la Virgen del Camino y su traslado procesional a la ciudad nos muestran la impotencia que sentía ante la adversidad climatológica que estaba padeciendo. El 11 de mayo de 1764 la ciudad de León pidió al Cabildo «traer a la milagrosa imagen de Nuestra Señora del Camino […] con motivo de la gran falta de agua que se padece». ACL Libro de Actas.
  • 32Rubio Pérez Laureano Manuel, «Tierra y agricultura, estructuras, distribución y usos del espacio productivo», en Rubio Pérez Laureano Manuel, (coor.), Historia de León, León, Universidad de León, 1999, p. 336.
  • 33 Las medias de niños ingresados que se registraron en los quinquenios de los 60 y 70 fueron las siguientes: 1762-65: 107; 1766-69: 102,8; 1770-1774: 121,4 y 1775-1779: 151. Pérez Alvarez Mª José y Martín García Alfredo, Marginación, infancia y asistencia, op. cit.
  • 34Rubio Pérez Laureano Manuel, «Tierra y agricultura», art. cit., p. 336.
  • 35Pérez García José Manuel, «Demografía leonesa en el Antiguo Régimen (1500-1850)», en Rubio Pérez Laureano Manuel, (coor.), Historia de León, op. cit., p. 197.
  • 36 La crisis de 1804 se dejó sentir en todo el territorio nacional. Véase Reher David S., «La crisis de 1804 y sus repercusiones demográficas: Cuenca (1785-1825)», Moneda y Crédito, 154, 1982, p. 35-72. En 1802, la ciudad de León se vio muy lesionada por el «tabardillo». Ese año el regimiento era informado de que «[…] los enfermos que padecen tabardillo salen del hospital sin completar su curativa en la sala de convalecencia y por esta razón se contagia a los ciudadanos […]». En 1803 el director del hospicio, D. Rafael Daniel, admitía que «[…] la extraordinaria calamidad de cuatro años continuos ha puesto esta Casa en la dura necesidad de admitir doscientas personas más de las que puede mantener». En marzo de 1804 mandaron recoger en la casa de los expósitos a 16 niños, que se estaban criando en la ciudad por el abuso que hacían de ellos las nodrizas, utilizándolos como reclamo para pedir limosna. En octubre de 1804, el médico del regimiento de León informaba que «las fiebres remitentes y tercianas perniciosas […] desde julio han afligido a la mayor parte de los ciudadanos». En 1805, la viruela y la tiña fueron motivo de preocupación de las autoridades: «[…] todos los que padezcan la enfermedad de la tiña se presenten para ser curados en la sala que a tal efecto se ha establecido en la fábrica vieja, dando a los pobres, al tiempo de salir, un vestido nuevo y quitándoles el que traigan para evitar contagio». AHML (Archivo Histórico Municipal de León), Actas Municipales; AHPL Sanidad y Beneficencia, Caja 339; AHDL, Fondo General, n° 126.
  • 37 En la ciudad de León, la población se quejaba de la subida del precio del grano: «[…] se publicó bando a fin de que todos diesen relación de los granos acopiados. Con lo que el común de vecinos se consternó bastante y de repente tomó incremento notable el precio del pan cocido, y enseguida también se tornó el grano del mercado, y es de temer que el daño se aumente por dichas medidas, mayormente cuando no tiene grano alguno el pósito de esta ciudad, ni hay donde recurrir las panaderas y particulares de esta ciudad y pueblos comarcanos y de la mísera montaña para su necesario alimento […]». AHML C. 79. Véase Rubio Pérez Laureano Manuel, «Tierra y agricultura», art. cit., p. 337; Pérez García José Manuel, «Demografía leonesa», art. cit., p. 84; López García José Miguel, La transición del feudalismo al capitalismo en un señorío monástico castellano. El abadengo de La Santa Espina (1147-1835), Valladolid, Junta de Castilla y León, 1990, p. 297.
  • 38 El comportamiento que se puede observar en la provincia de León es idéntico al que mostró la Real Casa Hospicio de Zamora, en lo referente a una masificación de entradas de niños como consecuencia de la grave crisis de 1804 y un receso durante la Guerra de la Independencia, por el deterioro de la institución. GaliciaPinto María Isabel, op. cit., p. 158-160. Por el contrario, si bien el caso leonés tiene en común con Salamanca el aumento desorbitado de abandonos en 1804, no ocurre lo mismo durante la conflagración bélica, ya que la presencia de tropas en aquella ciudad dio lugar a un nuevo máximo de exposiciones. Torrubia Balagué Eulalia, Marginación y pobreza. Expósitos en Salamanca (1794-1825), Salamanca, Diputación de Salamanca, 2002, p. 92-98.
  • 39 El director del hospicio, D. Rafael Daniel, en 1810 afirmaba que «[…] las ocurrencias políticas de los últimos años han neutralizado casi todas las rentas y extinguidos los recursos […]». Su principal sostén era «el maravedí sobre el azumbre de vino». Este impuesto, tan necesario para soportar los gastos que generaba el auxilio a los niños, fue cancelado a partir de enero de 1811. La anulación, en teoría, sería compensada con la entrega, por parte del intendente de León, de 10.000 reales mensuales. Pero este estipendio siempre se pagó con demora y pocas veces se ajustó a la cantidad estipulada. García Gutierrez Patrocinio, «La población marginada a comienzos del siglo XIX: el Hospicio y Casa de Expósitos de León», Tierras de León, 81-82, p. 67-82 y 78.
  • 40Pérez García José Manuel, «Demografía leonesa», art. cit., p. 196-197 y 200.
  • 41López García José Miguel, La transición del feudalismo al capitalismo, op. cit., p. 306.
  • 42 En 1818 ya estaban pasando por graves apuros para mantener a los niños y al año siguiente el tesorero del hospicio escribía que la noche del 21 de mayo «[…] salieron por la puerta de carros de esta casa, sin consentimiento del portero de ella, siete muchachos y unas doce muchachas, acosados de su miseria, desnudez y hambre, que por espacio de más de ocho días han estado sufriendo, en los que no se les había suministrado más que la ración de pan muy reducida y sopa por la mañana, mediodía y noche, condimentados con sal y agua, se dirigieron a casa del director a pedirle que les diera de comer, y habiéndose ocultado el director los recibieron su mujer y familia de modo escandaloso llamándoles sarnosos, piojosos, diciéndoles mil dicterios y palabras indecentes y echándoles a empellones por la escalera [...]». La esposa del director les mandó que volvieran al centro y que le dijeran «al ladrón del administrador que los mantuviese con lo que había robado del hospicio». El administrador, que para paliar la situación había comparado, con su dinero, carne y legumbres para poder alimentar a los alojados, además de achacar al director la complicada situación que atravesaban, por la mala gestión que hacía de los caudales, culpaba al panadero y al despensero de la sisa que hacían el en las raciones. En ese momento, además de los hospicianos que habían encabezado la protesta, tenían 28 lactantes en el departamento de cunas, la mayoría sin nodriza. AHDL, Fondo General, n° 126.
  • 43 La administración del Hospicio fue víctima de grandes desórdenes económicos entre 1820 y 1823. El 28 de marzo de 1823 escribían al Regimiento: «La Junta de Beneficencia no puede mirar sin conmoverse el lastimoso estado en que se halla el hospicio de esta ciudad, faltando a los miserables en él recogidos hasta lo más precioso para su manutención y descanso». AHML Actas Municipales.
  • 44 Tan solo citaremos algunos ejemplos en los que se dejó patente la escasa atención que algunas nodrizas externas prestaban a los niños. Quizá lo más llamativo es que los responsables del centro, después de tener conocimiento de aquellos deplorables hechos, permitieron que algunos regresaran al hogar del que habían sido reclamados. La única explicación plausible es que no dispusieran de personal para la atención de los internos o que no hubiera demanda de niños por los bajos salarios. El 18 de septiembre de 1832, dejaron en el trono a una niña a la que bautizaron con el nombre de Tomasa, tres días después entró su madre, soltera, para trabajar como nodriza en la casa y la niña, tras pasar por dos hogares, la llevó Petra García, vecina de Posada de Omaña, el 13 de abril de 1836. Esta mujer la volvió a la casa el 30 de septiembre del mismo año y la recogió, de nuevo, al día siguiente «por orden verbal del señor jefe superior político mientras la cura de los golpes que le dio». Poco después «[…] se pasó a la justicia el oficio siguiente: Ruego a V.S. por el bien de la humanidad en cuando reciba este se sirva intimar a Antonio García y Petra García, su mujer, vecinos de ese pueblo, traigan a este establecimiento a la niña Tomasa […] sin excusa ni pretexto alguno a la mayor brevedad y de no hacerlo así daré queja conveniente al Sr. Gobernador de la provincia». La llevó a León, el 21 de noviembre, un vecino de la localidad, enviado por la justicia. A Petra, a pesar de no haber ofrecido los debidos cuidados a la niña, le pagaron 30 reales, de los 50 que le debían. Tomasa falleció en Navatejera el 15 de septiembre de 1837. El 26 de enero de 1833, depositaron en el torno a una niña, a la que pusieron de nombre Vicenta, dos días después la llevó a lactar Manuela Álvarez, también vecina de Posada de Omaña, transcurridos tres meses pasó a ocuparse de ella Águeda, de la misma localidad, y en marzo de 1835 el párroco dispuso que la recogiera otra vecina, Brígida Rubio, porque Águeda «no solo la tenía muerta de hambre sino enteramente desnuda». Aquella la volvió al hospicio en mayo de 1836, seis días después recogió y año y medio después fue trasladada a la casa de otra vecina del mismo pueblo. En abril de 1834 fue expuesta María Soledad, la llevó a lactar Manuela Caberos, que después mudó su residencia al Villar de Santiago, transcurridos seis años el párroco envió aviso al hospicio de la nefasta situación económica de la familia «unos pordioseros». La niña fue reclamada por el establecimiento, pero la devolvieron a los mismos criadores «por vía de limosna» y pocos meses después la instalaron en el hospicio. En febrero de 1835 se remitió de Puente de Alba una niña que encontraron en la calle, al mes siguiente la dejaron en manos de Nicolasa del Poza, vecina de Sahelices, que la retornó al hospicio en noviembre de 1836; al mes siguiente salió para la casa de una mujer viuda, Rosalía Fernández, de Villanueva de Omaña, y en mayo de 1838, tras fallecer esta mujer, se hizo cargo de Eugenia, que así se llamaba, la hija de la criadora, Magdalena. El Párroco del pueblo envío aviso al hospicio «de la mala educación que recibía esta niña de los encargados de ella». Le respondieron que la cambiara de casa y vigilara la evolución, pero el traslado no se llevó a cabo. Le pidieron explicaciones al sacerdote de por qué no había cumplido el encargo, pero no hubo respuesta, o no aparece en la ficha. A Eugenia la volvieron a la casa en octubre de 1842 y en diciembre la volvió a recoger Magdalena, sin estipendio y con las obligaciones que siempre se regulaban en estos casos: darle de comer, vestirla al estilo del país, educarla, etc. Un caso extremo fue el de Vicente, que se estaba criado con Luisa Gutiérrez, en Villanueva del Carnero, falleció con un año, en 1832, no sabemos la causa, pero sí que por ese motivo la nodriza fue condenada a dos años de reclusión en la galera de Valladolid. AHPL Beneficencia.
  • 45 AHDL, Fondo General, n° 126.
  • 46Pérez Alvarez Mª José y Martín García Alfredo, Marginación, infancia y asistencia, op. cit.
  • 47 Se trata de aquellas que nos permiten conocer el periplo vital del niño mientras dependió de la institución. Se abre con su ingreso y se cierran con su fallecimiento, adopción, recogida o emancipación. Eso no quiere decir que su historia esté desglosada de manera detallada en el expediente.
  • 48 Los dos ejemplos que presentamos a continuación fueron excepcionales y nos muestran, por un lado, que los párrocos y la justicia, encargados de la vigilancia de los menores, no fueron estrictamente escrupulosos en el cumplimiento de esa tarea y, por otro, un exceso de confianza de los administradores del hospicio. Liborio, junto a su madre, soltera, entraron en el hospicio en agosto de 1842, al niño lo enviaron a lactar a Villacalbiel. Tiempo después solicitaron al alcalde del pueblo que les enviara un informe del menor, aquel respondió que la familia había marchado para Extremadura ese año, se habían llevado al niño y no tenían noticias de ellos. Por su parte, a Isidora, que había sido expuesta en febrero de 1836, la llevó a criar, a San Martín de la Falamosa, Manuela Fernández, casada con Alonso García. En marzo del año siguiente el administrador pidió al párroco de aquella localidad que le enviara el certificado de defunción de la niña, su respuesta fue: «no hay en esta mi parroquia ni ha habido ninguna expósita que se llame Isidora, ni ningún feligrés que tenga los nombres que espera». AHPL Beneficencia.
  • 49 Durante la primera etapa, según Villacorta Rodríguez, la institución, al carecer de recursos, abandonaba a los niños que finalizaban con éxito la crianza en las calles de León a los siete años, donde sobrevivían gracias a las limosnas. En el periodo trabajo no tenemos constancia directa de ese tipo de práctica. VillacortaRodríguez, El cabildo de la catedral de León: estudio histórico-jurídico, siglos XII-XIX, León, Centro de Estudios e Investigación San Isidoro 1974, p. 450.
  • 50 Las cédulas que se cierran con una cruz, lógicamente, sería por muerte del menor, pero no sabemos en qué momento de su vida se produjo. AHPL Beneficencia.
  • 51 Posiblemente, ese sea el caso de Jacinta, nacida en Velilla de la Reina. Su madre era viuda y fue acogida en el hospicio el 23 de marzo de 1838. Al día siguiente la sacó a criar una vecina de la misma localidad, con una mensualidad de 20 reales. En la partida no aparecen más anotaciones y tampoco se cierra con una cruz. Más difícil es discernir qué pudo haber ocurrido con Ambrosio. En este caso fue su padre, viudo, vecino de Fresno de la Vega, el que lo dejó en el hospicio el 21 de junio de1833. Con idas y venidas estuvo criándose hasta 1848 con Rosenda García, en el Villar de Omaña. Con esa última entrada se dio por concluida la partida. Las posibilidades que se abren son, al menos, tres: pudo fallecer, regresar a la casa familiar o volver a la de la nodriza. AHPL Beneficencia.
  • 52 Auténticos héroes, como los califica Alfaro Pérez Francisco José y Salas Ausens José Antonio, «Inserción social de los expósitos del Hospital de Gracia de Zaragoza», Obradoiro de Historia Moderna, 10, 2001, p. 11-27, p. 12.
  • 53 Es un porcentaje elevado, pero no muy alejado del obtenido en otros establecimientos. Álvarez Santaló León Carlos, Marginación social y mentalidad en Andalucía, op. cit., p. 164; Sherwood Joan, «El niño expósito, cifras de mortalidad en una inclusa del siglo XVIII», Anales del Instituto de Estudios Madrileños, 1981, 18, p. 299-312; Galicia Pinto María Isabel, op. cit., p. 171; Chacón Jiménez Francisco y Fresneda Collado Rafael, «Aproximación a nuevas perspectivas y propuestas de investigación sobre el abandono en la España del Antiguo Régimen», XVII Congreso Internacional de Ciencias Históricas, Madrid, 1990, p. 493; Valverde Lamsfus Lola, Entre el deshonor y la miseria, op. cit., p. 203; Fonte Teodoro Afonso da, O abandono de crianças em Ponte de Lima (1625-1910), Ponte de Lima, Câmara Municipal de Ponte de Lima, 1996; Gómez Ruiz Tino, El Hospital Real de Santa María Magdalena y la Casa de expósitos de Almería, Almería, Instituto de Estudios Almerienses, 1997, p. 208; De La Fuente Galán Mª del Prado, Marginación y pobreza en la Granada del siglo XVIII: los niños expósitos, Granada, Universidad de Granada, 2000, p. 230; Torrubia Balagué Eulalia, Marginación y pobreza, op. cit., p. 146; Reis Mª de Fátima, Os Expostos em Santarém. A Acção Social da. Misericórdia (1691-1710), Lisboa, Cosmos, 2001.
  • 54Iglesias Rodríguez Juan J., «El prohijamiento o adopción en la Edad Moderna: ley, práctica y doctrina», en Núñez Roldán Francisco, La infancia en España y Portugal. Siglos XVI-XIX, Madrid, Sílex Ediciones 2011, p. 111-132; Lara Ródenas Manuel José, «Expósitos adoptados. Miradas hacia el interior de la familia moderna (Huelva, siglo xvii)», en Núñez Roldán Francisco, La infancia en España, op. cit., p. 97-110.
  • 55 En las cédulas del siglo 18 expresan claramente «lo adoptó», aunque con matices, tales como «por amor de Dios», caridad, que a veces iba acompañada de dinero o grano, «para siempre» o «como hijo». En ocasiones, esas expresiones se acompañaban de «hasta grande», pero tal acogida parecía ser definitiva, pues de muy pocos se volvía a tener noticia. En las del 19, sobre todo en las cédulas posteriores a 1830, el término adopción ya no era tan frecuente y cuando los menores se quedaban en casa de alguna de las familias que había colaborado en su crianza anotaban «la volvieron a llevar» «se quedaron con». Eso sí, en ambas centurias se recoge el compromiso que adquirían de «educarlo, mantenerlo y vestirlo al estilo del país» pero hay algunas excepciones. En junio de 1848 Juana Luenga y su esposo se presentaron en el hospicio con el niño de 15 años que llevaban criando 12 años, y «habiéndole visto regularmente tratado e instruido se le dejó en su compañía, habiéndole adoptado por hijo y heredero». En enero de 1840 la justicia de Villamañán llevó al hospicio a un niño que había aparecido en la puerta de una vecina. Salió a criarse en la ciudad, con Francisca Trobajo, quien en 1847 «se lo quedó» sin estipendio. Tales acogidas no siempre supusieron, como se puede comprobar, la estabilidad para los menores ni eran garantía de unos cuidados, al menos, decentes. AHPL Beneficencia. Sobre la opinión de estas mujeres a finales del siglo 19, consultar Ortega Munilla José, «La nodriza-ogro» [en línea], Revista mensual de higiene y educación, 1883, p. 140-141. Disponible en: http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0003742967.
  • 56Pérez Álvarez Mª José y Martín García Alfredo, «Nourrices mercenaires et mortalité infantile dans la ville de León au cours du XVIIIe siècle», Annales de Démographie Historique, 119, 2010, p. 67-94.
  • 57Álvarez Santaló León Carlos, Marginación social y mentalidad en Andalucía, op. cit., p. 101.
  • 58 No se especifica la condición social de los que se presentaron a recuperar a sus hijos o nietos, pero la mayoría pertenecerían a los estamentos más humildes. Casos excepcionales fueron los que narramos a continuación. En 1811 «se presentó en el hospicio D. Luis Pugoloti, natural de la ciudad de Plasencia, reino de Italia, hijo de D. Pablo y Dña. Gertrudis Ferrari, vecinos de dicha ciudad, quien expresó que el niño que contiene la partida con todas las señas es hijo suyo y de Dña. Manuela Valdés, natural de Oviedo, su mujer […] el niño fue entregado a D. Luis». El 17 de abril de 1857 «se presentó en el hospicio D. Pedro María Hidalgo», abogado, distinguido con la real orden de Carlos III, soltero y natural de Sena de Luna, a recoger a una niña que «era hija suya y como tal la reconocía». La habían abandonado en 1839 y estuvo al cuidado de la entonces fallecida Dña. Manuela Calzada. AHPL Beneficencia.
  • 59 Tal y como señaló Bartolomé, los términos crianza, exposición y educación aparecen «hermanados» en numerosos documentos. Bartolomé Martínez Bernabé, «La crianza y educación de los expósitos», art. cit., p. 35.
  • 60 AHDL, Fondo General, n°126.
  • 61 El 15 de julio de 1742 unos vecinos de Fontanos adoptaron a un niño y, apenas había pasado un mes, el arca se hizo de nuevo cargo de él «por el maltrato que le daban los que lo llevaron». El 28 de enero de 1750 se dejó una niña en el torno y fue adoptada por los criadores el 28 de marzo de 1751. Cuatro años después el administrador se la quitó «porque la maltrataban». En 26 de mayo de 1774, el responsable de la institución recogió a un niño que había sido adoptado el 20 de agosto de 1770: «se recogió en el arca por parecer conveniente al servicio de Dios y su buena educación». Se entiende que no estaban cuidado bien del menor. En febrero de 1839 entró una niña que había sido expuesta en Lugán, el 1 de abril de 1846. Sus criadores, Antonia García y su marido, Santiago García, decidieron que se quedara con ellos, con la obligación de educarla, vestirla y mantenerla, sin estipendio alguno. Transcurrido casi año y medio el centro «se la recogió porque la cuidaban mal», lo que no fue óbice para que volvieran a llevarla los mismo el 8 de julio de 1848; regresó la niña el 8 de julio de 1856 y al año siguiente falleció. AHPL Beneficencia.
  • 62 De hecho, en 1790 anotaban que cuando tenían «ocho o diez años se traen a la casa para instruirlo […] o se dejan a los mismos que los han criado sin darles cosa alguna para sus alimentos porque ya se reputa les pueden servir para algo». Un pequeño, cumplido su periodo de lactancia, lo volvió a llevar la familia que lo lactó y en la cédula escribieron que mientras crecía podría «servir para cuidar patos». AHDL, Fondo General, n° 126 y AHPL Beneficencia.
  • 63 En junio de 1701, una pareja vecina de Villar del Puerto adoptó a una niña que había criado durante cuatro años, tras fallecer la mujer la volvieron al arca; posteriormente fue adoptada por otra mujer que pocos días después la reintegró «porque no la quería su marido». Nicanora se quedó en la casa donde había crecido durante siete años y a los 14, en 1847, tuvo que volver al hospicio porque la mujer que la había acogido enviudó. AHPL Beneficencia.
  • 64 AHML, Caja 729.
  • 65 ADPL (Archivo de la Diputación de León), Libros de cuentas del Arca de Misericordia. Caja 218.
  • 66 «por lo que respecta a la fábrica, se conserva algún género para el consumo de la casa y telares para los tejidos de lino y lana, que parece bastante para el surtido de ella […]». AHDL, Fondo General, n° 126.
  • 67 El hospicio de Zamora también combinó la instrucción interna con la externa y lo mismo hará años después el propio hospicio leonés. Galicia Pinto María Isabel, op. cit., p. 114.
  • 68 ADPL, Libros de cuentas del Arca de Misericordia.
  • 69 Novísima Recopilación, Libro VII, Título XXXVIII, Ley V.
  • 70 En 1782, año en que se redactó el reglamento de la casa de expósitos, uno de los objetivos era contratar a un maestro interno «[…] cuando la obra pía pueda soportarlo se establezca un maestro de leer y escribir por la ventaja que tendrían los niños de no salir de la casa para la enseñanza y por ser este maestro arreglado a la Real Cédula del Arbitrio del vino». AHDL, Fondo General, n° 126. No todos los maestros acogían con satisfacción a estos niños. Bartolomé Martínez Bernabé, «La crianza y educación de los expósitos», art. cit., p. 59.
  • 71 En 1818 su director, D. Dionisio Pizarro, manifestaba cuáles eran los fines del establecimiento que regentaba: «[…] el objetivo del hospicio es criar a niños de ambos sexos; educarles en la buena moral y enseñarles un oficio». AHPL, Beneficencia, Caja 339. Metas similares a las de otros hospicios. De La Fuente Galán Mª del Prado, Marginación y pobreza en la Granada del siglo XVIII, op. cit., p. 229.
  • 72 «[…] como la agricultura debe entrar en la educación de los pobres […] plantó dos grandes huertos […] que fuesen un campo de agricultura para los muchachos y surtiesen de potaje a una enorme familia […] se emplean jóvenes de ambos sexos, ensayándose en labores que algún día podrán proporcionales sustentación». AHDL, Fondo General, n° 126.
  • 73 Dionisio, el 28 de julio de 1841, con 17 años y tras una trayectoria caracterizada por cierta indisciplina, sentaba plaza como músico del Regimiento de Infantería número 12. Tras seis años en la carrera de las armas regresó al hospicio para retornar de nuevo a la milicia uno después, sustituyendo en el reemplazo de 1848, a cambio de 5.000 reales, a Florencio Núñez, quinto por Sahagún. AHPL Beneficencia
  • 74 El 26 de febrero de 1831 entró en el hospicio un niño que había sido expuesto en la puerta de la iglesia de Santovenia del Monte, en 1851 le tocó «la suerte de soldado» y el 21 de junio de 1860 estaba sirviendo en la guardia civil. AHPL Beneficencia.
  • 75 AHPL Beneficencia.
  • 76 El ejemplo que citamos a continuación, que al menos para el hospicio leonés es excepcional que se anotaran este tipo de hechos, ejemplifica el nivel de rebeldía con la que actuaron algunos de muchachos frente a la autoridad del centro. Tuvo lugar en 1819: «en la noche del corriente Antonio Blanco e Isidoro Palacio faltaron al respeto y subordinación al maestro Miguel Miranun, encargado de la industria», Antonio Blanco «cogió al maestro por los cabezones, le dijo palabras obscenas y probativas y aún le desafió e Isidoro Palacio tomó una navaja en la mano para pegar a dicho maestro y le hacía de seña a Antonio Blanco para que le tuviese sujeto mientras que él ejecutaba su acción, más no la ejecutó porque a las voces bajé al refectorio». A la mañana siguiente el director los despidió de la casa, lo que ocasionó una trifulca: «Antonio hizo ademán de pegarme con una muleta que tenía en la mano, me dijo palabras indecentes e indecorosas cuyas palabras proferían frecuentemente en el dormitorio». Pero tras arrepentirse y pedir las disculpas los admitieron y «después de muchos días a instaurado contra ellos demanda criminal ante el Alcalde Mayor y en consecuencia se les ha sacado presos». Este incidente dio lugar a una tensa correspondencia entre el director y el superintendente de hospicios, que no estaba conforme con el procedimiento que se había seguido. AHDL, Fondo General, n° 126.
  • 77 La posibilidad de retomar la vida en el centro, y de reducarlos, generó no poca polémica con algunos. En marzo de 1804, en una carta del director del hospicio al obispo, que había pedido información de todos los muchachos y muchachas que andaban por las calles sin domicilio cierto para recogerlos, le informaba que era conocedor de algunos, no así de otros. «[…] por lo que hace a las mozas adultas que dice la Junta, me consta andar por las calles sin domicilio cierto, expuesta a viciarse, digo lo que dije a boca de su V.I., que estas son cinco, a saber, Marta (de 24 años), Juana (de 18), Gabriela (de 20), Serafina (entre 24 y 26) y Josefa. Las tres últimas no han querido venir, aunque se les han dado varios avisos, después se ha sabido que han salido de la casa de sus amos, práctica a que estaban acostumbradas en el Antiguo Régimen y que no he podido abolir, aunque prevengo a los amos cuando las llevan que las vuelvan a traer sin permitirlas pernoctar fuera. Las otras dos son viciosas y no deben estar en una casa de educación, en donde hay muchas niñas y muchachas inocentes […] que vea la Junta la razón perentoria porque no admito a las citadas Marta y Juana, que sabe V.I. son viciosas hasta el punto de merecer reclusión perpetua, lo que corresponde a la justicia»; «Marta vino de expósitos con muy mala reputación por sus repetidas debilidades»; Juana «vino […] con muy mala reputación […] se ponía furiosa, amenazado una vez ahorcarse, otra quemar la casa, provocando en las otras desobediencia e insurrección. Salió a servir y su conducta ha sido tan escandalosa como V.I. sabe», no la quisieron admitir, pero tras interceder por ella una mujer que había sido ama mayor de la casa de expósitos la aceptaron, «esta mujer es incapaz de clausura y que no puede menos que pervertir a cuantos estén a su lado le permití salir a servir a casa de Sebas Alonso, con quien tuvo todos los procedimientos escandalosos V.I. y todos saben». «Después de toda esta historia no la he querido admitir». A Juana, Manuela y Josefa las echo de la casa y tras consentir su regreso, «las dos primeras están en la casa y la última hasta este año que se casó con Francisco Fernández y a pesar de su mala conducta la socorrió la casa con 100 reales». Serafina salió a servir en 1803 y no quiso volver para la casa, lo mismo Gabriela. Esta dos han preferido vivir «a la escuela de la famosa Marta y con ella viven en la casa que cedí a V.I. para el recogimiento de pobres». Joaquín «se escapó de la casa, volvió desnudo y enfermo, se le curó vistió y se le puso a aprender zapatero, que cansado de su comportamiento lo volvió a la casa […] maliciosamente destruía cuanto se le ponía en las manos, se corrigió con azotes, pan y agua y se fingía malo. Fingió un accidente y pidió permiso para ir al hospital y se fue a acogerse a la Marta y lo he visto tendido al sol con los demás que S.I recogió en la casa». «Francisco, se escapó de la casa por holgazán, lo recogí por consideración a D. Cayetano Rodríguez, que habló en su favor, lo pusieron a prender el oficio de zapatero, que ya había comenzado, el maestro le dio tantas quejas y ante la incapaz de insubordinación lo llevó al corregidor que lo mandó al regimiento de caballería». «Como ve he recogido a todos y solo he recusado recibir a Marta por la conducta notoriamente escandalosa». Continúa explicando que todos estos eran expósitos, «que venían a la casa con resabios y que no hay ningún hospiciano entre ellos». AHDL Fondo General, n° 126.
  • 78 Alejandro de la Cruz regresó de Vegapujín en 1838, donde se había criado durante siete años. A los 13 salió aprender el oficio de sastre, dos años después del de zapatero, a los 20 regresó a la casa y ocho meses después se «fugó» con otro expósito que había entrado dos años más tarde en el establecimiento. El expediente concluye con «se pasó oficio al gobernador para su captura». AHPL Beneficencia.
  • 79 «Esto se le hará presente en el refectorio, haciéndoles entender a todos los muchachos que la primera queja que se dé de cualquiera de ellos por falta de obediencia se les echará del establecimiento en que sólo esta y la humildad debe ser la señal que les distinga: tengan presente, infelices que bien holgadamente comen la ración y que si les niega una vez las puertas del hospicio no se les volverán a abrir y tendrán que sufrir la suerte de muchos que no teniendo el apoyo del hospicio son víctimas del hambre y la miseria». AHPL Beneficencia.
  • 80 En 1804 a dos muchachos se les aplicó esta medida «por rateros». Tres años después, un hospiciano llamado Isidro Palacios fue expulsado por la misma causa. Según un informe del administrador, ese mismo año, a Ramón, que tenía buen comportamiento, lo pusieron al cuidado de los niños que hilaban en el torno «pronto se descubrió en él un vicio nefando y le entregué a la justicia, que le condenó a presidio». También a comienzos del 19, un joven llamado Gregorio pasó algunas temporadas en la cárcel de la ciudad, por mostrar una enorme agresividad con algunos de sus compañeros y tener «trato criminal» con una hospiciana «tan buena como él». El 3 de abril de 1859, Anastasio, «con motivo de haber maltratado al hospiciano Teodulo Guerra, de Robles, de cuyas resultas murió, fue puesto en la cárcel pública […]». AHPL Beneficencia y AHDL Fondo General, n° 126.
  • 81 Una joven, tras servir en tres casas, se escapó en 1809, regresó al hospicio en 1817 y de nuevo comenzó el periplo laboral hasta 1826, que por segunda vez abandonó la casa, regresó en 1847 y falleció al año siguiente. Otra, tras servir en varias casas y desligarse del hospicio regresó enferma. Después de reponerse aprovechó una de aquellas salidas para escarpar. Cipriano se fugó a los 18 años con otro compañero, dos años más tarde, en 1851, regresó al hospicio y «cuatro días después se le permitió salir a buscar fiador y no volvió». AHPL Beneficencia.
  • 82 A Segunda, que se quedó con sus criadores en Armunia, se le dio en dote de 160 reales en 1855, para casarse con un chico de la localidad. AHPL Beneficencia.
  • 83 En 1819 anotaban que los niños, a pesar de la decadencia de la fábrica, trabajaban en ella y «se ha permitido en las muchachas el abuso de que trabajen fuera y utilicen para sí el producto de sus labores, sin entrar en la masa común de la casa, a pretexto de que con esto se vistan por su cuenta y como en número de mujeres es mayor, generalmente, que el de los hombres, mantiene la casa esta mayor numero improductivo para ella». AHDL, Fondo General, n° 126.
  • 84 Las cantidades no eran fijas, dependían del estado de la economía del centro, del tiempo que ellas hubieran trabajado fuera y «si han tenido buena conducta». En 1790 tenían estipulados 50 ducados a cada una; en 1833 el hospicio entregaba en dote 320 reales a una expósita llamada Gertrudis, de 31 años de edad, para que contrajese matrimonio en la parroquia de Santa Marina «con un tal Manuel Baldeón». En 1836 se le daba a otra muchacha 160 reales; en 1850 hay una por valor de 280 o en 1862 de 550 reales. AHPL Beneficencia.
  • 85 Edad superior a la de Zaragoza y Toledo. Alfaro Pérez Francisco José y Salas Ausens José Antonio, «Inserción social de los expósitos», art. cit., p. 22; Rodríguez González Alfredo, «La utilidad del abandono: los expósitos del Hospital de Santa Cruz y el servicio doméstico en Toledo en la segunda mitad del siglo XVIII», en Irigoyen López Antonio y Pérez Ortiz Antonio L. (eds), Familia, transmisión y perpetuación (siglos XVI-XIX), Murcia, Universidad de Murcia, 2002, p. 75-88, p. 87 en especial.
  • 86 Un caso extremo sería el de una niña que entró en el hospicio en 1845 y «no se emancipó a la edad por haber sido declarada inhábil para el trabajo». Se casó en 1889 con un maestro zapatero del establecimiento. AHPL Beneficencia.
  • 87 Englobados en este apartado estarían casos como los siguientes: una niña que ingresó en 1781, comenzó su etapa laboral con 12 años y tras cuatro salidas, a servir en la ciudad, en 1795 se fue para Madrid con las personas para las que trabajaba; otra, que ingresó en el servicio doméstico en 1792 y en 1815 marchó para Santiago, con la familia a la que servía. AHPL Beneficencia.
  • 88 Véase Costa Marie, «Pauperismo y educación femenina en Barcelona», Pedralbes, 23, 2003, p. 399-423, p. 416. En 1790, escribía los responsables del arca «salen las niñas para servir en casas honradas». AHDL, Fondo General, n° 126.
  • 89 Una edad similar a la de las muchachas toledanas que estaban en las mismas circunstancias. Rodríguez González Alfredo, «La utilidad del abandono», art. cit., p. 87.
  • 90 En Toledo parece que era el aumento de salario lo que influía en el cambio de trabajo. En León este dato no nos lo aportan los expedientes. Rodríguez González Alfredo, «La utilidad del abandono», art. cit., p. 81
  • 91 Como, por ejemplo, Casimira, que salió a servir en ocho ocasiones, una de ellas en Valladolid y en 1859 se casaba con un vecino de Madrid. No sabemos si se había desplazado a esa ciudad o conoció a su cónyuge en un destino más cercano. AHPL Beneficencia.
  • 92 En 2 septiembre de 1833 dejaron en el trono a una niña, Agustina Emeteria, y al día siguiente abandonaron en las mismas circunstancias a Agustina. Ambas estuvieron sirviendo en varias casas de la ciudad y también las dos se emanciparon tras examinarse de maestras de primera educación. En la cédula de la segunda explicaron, en abril de 1856, que la casa sufragó «los gastos para optar al magisterio de primera educación», 357 reales y 18 maravedíes. La tercera fue una niña que entró en marzo de 1843, pero, al igual que la primera, desconocemos la fecha en la que superó las pruebas. AHPL Beneficencia.