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Imagen de portada de El Objeto como reliquia (Edul, 2025) Show/hide cover

Arte ritual y compromiso con la memoria

Art rituel et engagement avec la mémoire

El presente texto hace parte de los resultados del proyecto de investigación «ARMEP: Archivos y memorias plurales en Colombia después de los Acuerdos de Paz», realizado por el Grupo de Investigación en Información, Conocimiento y Sociedad de la Universidad de Antioquia –Colombia– y el Centre de Recherches Ibériques et Ibéro-américaines (CriiaÉtudes romanes, Université Paris Nanterre, Francia), el cual está registrado en el Comité para el Desarrollo de la Investigación CODI– y cuenta con aportes del CICINF de la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la Universidad de Antioquia y del Programa de Intercambio de Investigadores, Convocatoria 940 de 2023, iniciativa liderada por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación del Gobierno Colombiano y del programa ECOS NORD–FRANCIA, financiado con recursos del Patrimonio Autónomo Fondo Nacional de Financiamiento para la Ciencia, la Tecnología y la Innovación, Francisco José de Caldas, del Ministère de l’Europe et des Affaires étrangères y del Ministère de l’enseignement supérieur et de la recherche.

Introducción

Este escrito en un primer momento rememora el impacto de la instalación Relicarios en el día de su inauguración en el Museo de Antioquia en el año 2016. Luego, se sugieren nociones que permiten interpretar la obra como desaparición forzada, imagen, memoria performativa, objetos, archivos personales, procesos con comunidades e instalación como dispositivo experiencial y expográfico.

Después, expone y conecta las representaciones visuales que se erigen por medio de enlazar y construir una analogía entre las apuestas de Christian Boltanski y Erika Diettes, así como entretejer el pensamiento objetual del filósofo François Dagognet con la acción y práctica política de hacer memoria de los caídos y la desaparición forzada en Colombia en compañía de los familiares de las víctimas a través del juego y montaje con las materialidades e imágenes que despiertan el recuerdo y atrapan el pasado, el presente, la subjetividad e identidad del ser.

Finalmente, se presentan unas conclusiones en clave de apreciaciones y discusiones que referencian a Erika Diettes como una activista de la memoria que realiza denuncias poéticas en consonancia con el reclamo de las víctimas, artista del objeto construido colaborativamente con seres en situaciones límite y antropóloga que produce trances y rituales para reparar la ausencia, sanar la falta y dar un lugar a la muerte en nuestro duelo eterno.

Rememoración

Los procesos y las obras de Erika Diettes son sugestivos y cautivadores, tienen una carga social y memorial clara, una crítica política directa, impecable factura y un mensaje contundente. Además, y no menos importante, son obras que, como instalaciones, expresan posturas y relaciones responsables y sensibles con las realidades que aborda, las víctimas o sus familiares. Son el resultado de acciones y prácticas que siempre hablan de la memoria como proceso y construcción de sentidos compartidos, de la necesidad de mirarnos a través de las materialidades para activar el recuerdo.

Al acercarnos a Erika Diettes por medio de la obra Sudarios1, expuesta en la parroquia El Señor de las Misericordias, o la iglesia de Manrique, en octubre del 2012, conmueve la fuerza de las fotografías de las mujeres en los lienzos tipo velos y la reflexión que la imagen y el material seleccionado, la tela, traen con la cultura católica, proponiendo esa inversión del sudario de Cristo y a la vez una analogía entre el sufrimiento de la Verónica y las mujeres víctimas de violencias estructurales y sistémicas.

Así mismo, en la inauguración de la exposición de Relicarios en el Museo de Antioquia en el 2016, observamos al fondo, en la última sala, un cubo gris. Desde la entrada se pueden apreciar muchas luces cenitales sobre el piso que en una retícula iluminan una serie de urnas de cristal.

Cada urna contiene un pedestal y un cubo de resina amarilla o tripolímero de caucho, en la que se suspenden objetos y materialidades, los cuales desde una vista panorámica se ven como manchas, inscripciones, rayas o huellas de una losa.

Todo el lugar tiene un diseño cuadrangular que, con el montaje, metaforiza un lugar de descanso, que alberga tesoros, sueños y enterramientos. ¿Cementerio? ¿Camposanto? ¿Ritual a los vivos, a los desaparecidos o muertos?

El impacto causado al entrar conmueve y dispone el espacio para el ritual de memoria y duelo, insinúa la injusticia, el pasado y los amargos momentos, pero también la fuerza, la lucha y el obrar de los procesos.

El lugar se recorre mientras se hace el gesto de mirar hacia abajo, cuerpos agachados y arrodillados escudriñan los relicarios. En el espacio se encontraban familiares que tenían allí presente, en las reliquias, a sus seres queridos, caídos y desaparecidos.

Ese gesto de mirar hacia abajo y los ojos del allegado, la acción de acercarse a diferentes materialidades, de develar objetos y de sentir a través de la mirada, nos transporta y permite vivenciar una forma de sensibilizar y empatizar observando a través de los objetos lo que otros seres fueron. Adentro y afuera.

Ver y escuchar, hacer silencio y dejar que las cosas tomen posición genera tristeza, desconsuelo e impotencia, a la vez que sensibiliza ante la barbarie a la que nos acostumbramos.

Ropa, monedas, fotografías, peluches, crucifijos, manillas, libros, la vida es un detalle. Hacemos que los objetos tomen vida con la forma en que los usamos, valoramos o llevamos puesto. Un diálogo entre la muerte y la vida, entre los rituales que necesitamos y hacemos para soltar o dejar ir, entre la cultura católica y las luchas por la verdad, la justicia y la no repetición, un puente entre lo sagrado, lo profano, lo trágico y las formas colectivas de hacer transiciones, rituales de paso y cultura del recuerdo.

Mirada, imagen y performance de la memoria

Presentaremos algunos conceptos claves desde los cuales nos situamos para pensar la obra Relicarios de Erika Diettes como una búsqueda por expresar el drama de la violencia desde una apuesta artística, ética, estética, experiencial, política y poética. Pensamos la obra y el proceso juntos con el ánimo de motivar la reflexión, las críticas y los ensayos sobre esta épica instalación de objetos con historias.

Investigar, develar y exponer este hecho victimizador de la desaparición forzada no es nada fácil, casi todo resulta incómodo y trágico. Son pocas las artistas que lo abordan, cito a Erika Diettes2 y a la maestra y fotógrafa Natalia Botero3 con su obra Giro de la mirada. Ambas son mujeres sensibles y carismáticas que han decidido enfrentarse a este tipo de acontecimientos con una posición crítica a los actores armados del conflicto y a los contextos violentos. Una búsqueda y un compromiso con las víctimas, la verdad y por la vida.

El impacto de Relicarios ha llegado a espacios y circuitos museísticos y memoriales, incluso policiales, pero aún no incursiona en otros nichos como el escolar, el académico, incluso el mediático.

De todas formas, la ausencia de crítica sobre la obra Relicarios la tomamos como un indicio de lo difícil que es nombrar, testimoniar la desaparición, de lo complejo de darle un lugar a ese ser que no está sin revictimizarlo y del compromiso ético y político que implica explorar caminos de reflexión y duelo que permitan a las víctimas rehacerse desde el dolor, la ausencia, la lucha y la esperanza.

La desaparición forzada no tiene una definición concreta y esto ya nos enfrenta a un amplio grupo de circunstancias y dependencias que vienen expandiendo estas conductas como una categoría latinoamericana transnacionalizada.

También nos lleva a decir que tenemos múltiples conceptos para dar cuenta de las desapariciones como negando muchas veces más que las prácticas y perpetuadores, el número y el lugar de desaparecidos, el trauma que ha causado y la carga histórica de lo sucedido en la construcción de lo colectivo.

Siguiendo a Da Silva Catela4, comprendemos el acto de la desaparición como aquel que imprime las borraduras de la identidad y de la pertenencia del individuo, por lo que se plantea que existen y cohabitan memorias largas, que son aquellas inscritas y tatuadas en los cuerpos de un conflicto de más de 70 años que no acaba, con memorias cortas, producidas a partir de las tragedias y hechos victimizadores como la desaparición forzada, que tienen que ver con el terrorismo del Estado, los actores ilegales del conflicto armado y la injusticia presente de sus actos:

Frente a la desaparición de personas lo que está en juego es la búsqueda de los cuerpos, la materialidad de las personas que frente al ejercicio de la violencia se desdibuja sin explicación o con explicaciones muy diversas. La desaparición implica la triple condición de ausencia: sin cuerpo, sin tumba, sin muerte5. Allí donde se inscribe la política es en la búsqueda de un cuerpo que no está, una tumba que no pudo ser demarcada y visitada, una muerte inconclusa que no puede ser llorada, transitada, domesticada. El pasaje del estatuto de desaparecido a muerto pasa por la re inscripción del cadáver en la comunidad6.

Este concepto de la «desaparición forzada» es importante debido a que en la obra Relicarios, de manera tácita y sagrada, se explora el universo de víctimas a través del lugar instalado, la sistematicidad de las conductas, la dimensión del daño, el alto número de afectados: más de 100 000 personas sin rastro entre 1985 y 2016, el subregistro de más de 90 000 seres7, la vuelta de demasiados y vergonzosos hechos luctuosos en cifras incómodas, el presunto desaparecido, el enemigo interno, negándose así la vida, los espacios de los hechos trágicos y la presencia, una ausencia que funge como un desgarro y se convierte en oscurecimiento de la historia, ocultamiento de lo real y esfumamiento de la verdad.

La Comisión de la Verdad, según la integración final de datos consolidada por el proyecto conjunto JEP-CEV-HRDAG, puede afirmar que en Colombia existen alrededor de 121 768 víctimas de desaparición forzada en el marco del conflicto armado, en el periodo comprendido entre 1985 y 2016. Las dificultades para denunciar y acceder a la justicia implican que el universo de víctimas sea mucho más amplio de lo que se registra; es decir, de aquellas víctimas que no se registraron por razones del contexto social o estructural en el que se perpetró la violación. Por medio de modelos estadísticos, el proyecto JEP-CEV-HRDAG permite estimar que el universo de víctimas de desaparición forzada en Colombia puede llegar a ser casi el doble, alrededor de 210 000 víctimas8.

Ahora, está el cuerpo, los objetos y la mirada como acciones y formas que se entrecruzan. La mirada de los desaparecidos y de los familiares, la mirada de la artista y del espectador que se encuentran y observan a través de ver y ser vistos, en el trabajo, la sensibilidad y la resistencia íntima que nos evocan las materialidades, superando el horror y el dato.

La imagen y los objetos tienen un origen muy diferente al que pueden devenir, por ejemplo, cuando nos enfrentamos a estos contextos violentos. Ropas, cuadernos, libros, fotografías, se convierten en amuletos, talismanes y formas que van cambiando de uso y significado, de simples recuerdos y cosas comunes a vestigios y pruebas de la existencia, pistas y formas de denuncia de la crueldad humana.

La verdad como imagen, la imagen como memoria, la memoria como performance que transita de lo personal a lo político y colectivo, la memoria como objeto que expone y busca a través del montaje pictórico y pintoresco de materialidades combinadas y suspendidas dentro de estas urnas abogando por la vida y la justicia ante la violencia, la muerte y la desaparición como anulación del otro y lo otro.

Según Didi-Huberman la imagen es un rastro, un vestigio que sobrevive y por ello debe ser «entendida como documento, otras tantas como un objeto onírico, como obra y objeto de tránsito, monumento y objeto de montaje, como un no saber y objeto científico9».

Diéguez10 define la imagen como registro anímico que nos hace ir más allá en un cruce de capas de tiempos y espacios, como testimonio ante el dolor propio y el de los demás. La investigadora considera que Erika Diettes concibe y trabaja la imagen como la huella de una fractura y, en ese sentido, siempre habla de una supervivencia: imagen como ethos, propia de una fractalidad, de un ir más allá en el tiempo de cuerpos sin duelo, deviniendo sus obras en la producción de un archivo o depósito de memorias de familias y comunidades, con el ánimo de reunir y compilar documentación y materiales capaces de producir otros relatos a las historias oficiales.

Tanto en Relicarios como en otras de sus obras, la imagen que deviene ser y objeto, la ropa, los accesorios y la fotografía como resto mnemotécnico, han ido generando una especie de archivos y colecciones que permiten reflexionar la performatividad de la memoria, aconteciendo (en el cuerpo del doliente o en los espacios), en tanto la vida y el arte crean formas de representación para dar presencia a tantas ausencias, instalando desde lo personal e íntimo el dolor de los otros por medio de un dispositivo espacial: la instalación en una institución socialmente reconocida, la galería y el museo.

Lo que queremos decir cuando hablamos del carácter performativo de la memoria es que esta es un campo de acción y conocimiento que está en disputa, que produce sentidos sobre el pasado desde el presente, delineando el futuro a partir de los marcos sociales del espacio, el contexto y el tiempo en los que participa metamorfoseándose. La memoria como proceso dinámico y conflictivo con un potencial transformador, una forma de resistencia, que, en el caso de la instalación objetual de Diettes, familiares y allegados se materializa en una estrategia de denuncia, perseverancia, tránsito y duelo personal y colectivo.

Si las entendemos como proceso y acción social, la memoria y la imagen se sitúan aquí a partir de la construcción de valores y rituales, los cuales en la repetición van conformando esas matrices culturales y mortuorias. Pero, a la vez, ambas permiten la posibilidad, por su carácter autorreflexivo, intersubjetivo, polisémico y cambiante, de un complejo de apropiaciones, significaciones y perlaboraciones que modifican y dotan de sentidos, identidades y marcajes.

La memoria como performance ofrece la posibilidad de concebirla como una puesta en escena de las memorias colectivas, en la que la fuerza está en el relato polifónico y el objeto (re)construido y combinado, en la efectividad actuada, performada a partir de trazas que insinúan experiencias de conmoción en espacios liminares para el cambio en cuanto a los comportamientos y los pensamientos que nos traen los ritos y los silencios.

En Relicarios, el carácter performativo de la memoria tiene que ver con unos objetos íntimos y personales valorados como obras colaborativas y colectivas. La comprensión y la búsqueda generan una ritualidad social colectiva por medio del seguimiento de un guion –de identidades que circulan y concepciones del pasado disponibles–para ser actuado o controvertido por medio del cual fijamos o cuestionamos, denunciamos, modificamos, reiteramos o nos apropiamos versiones del pasado, el presente y el futuro con respecto a la desaparición, cuando caminamos y experimentamos por el espacio.

En este obrar de varios procesos para llamar y traer a estos seres ausentes por medio de sus objetos, se propone un montaje en el que el espectador participa de acciones y prácticas de carácter artístico y estético en el que el conflicto se vivencia, estimulando emociones y afinidades a través de las materialidades codificadas con un mensaje mediado por la representación.

No se trata de encasillar o ver cada relicario y la instalación en su conjunto como una performance, sino de expandir el panorama, ver más allá, intuir la representación consciente de la acción que propone y el lugar que simboliza, la performance de la memoria en la actualización y creación de materiales y espacios efímeros, en disputa, cargados de pasados, traumas, dolor y esperanzas.

Así las cosas, la performance que propone el espacio expográfico, involucra al espectador a través de su cuerpo, sus sentidos y su historia de vida. Implica una contemplación y restauración en clave de reparación simbólica a través de la rematerialización que conspira en la construcción de memorias colectivas.

La representación de la memoria que realizan la artista, los familiares y los desaparecidos constituye y remite a la acción que repite y reconstruye un suceso, lo hace visible y consciente y, a su vez, proyecta su modificación y la sensibilidad frente a él (una reliquia o un recuerdo):

como un esfuerzo de actualización, de poner nuevamente en escena momentos que se consideraban perdidos o habían sido banalizados hasta el punto de perder su capacidad de hablarnos. Para esto es necesario retomar todos esos elementos y colocarlos fuera de donde los había ubicado el sentido común para contextualizarlos de nuevo, problematizándolos. Se podría hablar, siguiendo a Benjamín y Didi-Huberman, de una dialéctica del montaje11.

La performance como lente permite comprender la memoria no solo desde la acción discursiva, cuyo componente es fundamental, sino también desde aspectos no verbales que expresan una interpretación del pasado, desde el presente, que pueden confluir a través de las formas y las materialidades en instalaciones, actos conmemorativos o lugares de memoria, que son otro relato, puente y construcción del futuro, pues como señalan Piper, Fernández e Iñiguez (2013) «en la práctica de recordar se entrelazan palabras, silencios, imágenes, artefactos, cuerpos, lugares, entre otros, y es precisamente la relación entre ellos la que contribuye a construirlos12».

Digamos entonces que late una invitación a una experiencia performativa en la apuesta discursiva y material del montaje y la instalación objetual Relicarios, entendiendo la memoria como un performance en la exploración de la representación, un gesto, una insinuación: caminar en silencio, mirar, acercarse, agacharse, arrodillarse, adentrarse, empatizar, y luego otra vez, ¿el mismo ritual? Similar y distintito, cuantas veces se desea, de aquí para allá. Una provocación de la artista y los familiares al duelo, al habitar la presencia de la ausencia por medio de la subjetividad presente en el cuerpo, la materialidad y el objeto.

La combinación, la materialidad y el valor del objeto

Cada relicario es único, está compuesto por rastros de la presencia del ser, alma, objeto y sujeto, pasado presente y subjetividad en conjunto. Estas urnas cuentan historias y dan valor e importancia al contenido, podríamos decir que son una forma de pintar con uno o varios objetos la existencia, con una clara intención figurativa y narrativa, dotando de sentido. El proceso de trabajar colaborativamente con los allegados y las familias de las personas desaparecidas fue todo un ritual de iniciación, catarsis, tránsito y cierre que nos dispone y acerca.

Cada pieza expone la búsqueda y la contradicción, la ausencia y la presencia, habla del destino, la fragilidad y el tiempo. La serie Relicarios se carga de ambigüedad y simboliza la necesidad de enterrar al ser amado; llama e invita a un acto solemne, a un duelo simbólico y a un arte ritual o momento ceremonial de homenaje, de reconocimiento, de empatía y sensibilidad. Lo anterior, enmarcado en que en muchas tradiciones funerarias se aspira a un más allá, a la reencarnación o a la justicia divina, siendo una práctica importante el poder acompañar y dar sepultura a los difuntos.

Las obras Sudarios (2011) y Relicarios (2016) de Erika Diettes pueden relacionarse con Canadá (1988), La Fête de Purim (1988), Storeroom (Réserve) (1989) y Personnes (2010) de Christian Boltanski, ya que ambos artistas exploran el objeto a partir de conjuntos heteróclitos en los que se recuperan las materialidades, y por medio de lo objetual denuncian y luchan contra la injusticia, la muerte, la suerte trágica de las víctimas de los campos de concentración y la desaparición forzada. Para ello, se expresan a través de las visualidades, los restos, las capas de tiempo y las metáforas que les permiten las formas y prácticas de los archivos. Su misión es sensibilizar, elogiar lo frágil y precioso y acallar el monstruo de la barbarie, la pulsión tanática que vive en la humanidad a través de instalaciones, rituales y apuestas por la dignidad, la paz y la memoria.

Siguiendo a Dagognet13

Lo que importa es colocarse en ese momento singular donde todo arriesga a borrarse y oscilar. Boltanski se dedica «al resto de los restos» y espera agarrar el último lazo, sin duda también el más tenso, que continúa amarrando estos últimos residuos a su antiguo dueño. El estado de desgaste y de desnudamiento del desecho favorece su dramatización: tratamos de impedir la segunda muerte del que ya está muerto. [p. 30]

Boltanski y Diettes son fieles a los objetos, las instalaciones, los monumentos, la arquitectura viva y efímera, los escenarios del recuerdo, el cuerpo que experimenta y la construcción artística que «representa una narrativa que devela una verdad –no una verdad personal, sino una verdad general y por tanto ejemplar–. No es la verdad del “yo” o concerniente a “mí” pero si una verdad esencial para “nosotros”14»

En la ropa está el alma o lo que queda de ella, en el archivador se capturan los ritmos y espíritus por medio de lo raído, lo sucio y andrajoso de las vestimentas, accesorios y cosas, se reflexiona sobre el número y el individuo, se da un reconocimiento a sus vidas más allá de documentos, tarjetas y datos; mientras que en los objetos y materiales suspendidos en contenedores de tripolímero de caucho amarillo emerge la presencia, se simboliza la existencia y la identidad tan subjetiva.

Tanto en las obras de Boltanski como en la de Diettes se reflexiona sobre el destino, el tiempo y el dar lugar a los muertos. La exhibición (instalación) es una apuesta por crear «una poderosa experiencia física y psicológica, un episodio de la emoción y las sensaciones espectaculares [al] explorar la naturaleza y el significado de la existencia humana15».

Dagognet16 afirma que, en los objetos, lo aparentemente exterior y superficial se posa y encuentra la alienación y subjetividad de los sujetos, el alma de su existencia, la cual vemos presente en la obra de arte en cuestión renovando enteramente la concepción del sustrato.

Más que una abundancia de objetos en una sociedad de consumo es la escasez y la carencia, sus usos y valores dados, lo que los dota de sentidos diversos. En el caso del allegado a la persona desaparecida este cuenta con las materialidades propias de ese ser para hacer frente a la ausencia. El objeto «verdadero catalizador, nos ha concedido la civilización (el arte, el derecho, el esbozo de una auténtica comunidad, e incluso la plétora industrial que hemos aceptado)17».

Cuando los vemos dispuestos en estos relicarios, avistamos el paso del objeto del arte al arte del objeto, la importancia de la mercancía que cargamos de identidad y sentimientos al recuperarla y usarla, la rematerialización al hacerlo forma y fondo, esencia y huella, por ello, «los objetos de consumo constituyen un léxico idealista de signos en el que se indica, en una materialidad huidiza, el proyecto mismo del vivir18».

La materialidad es un inmenso territorio en el cual navegar; los artistas han aprendido y mostrado la necesidad de hurgar en lo corriente y lo banal, en lo cotidiano para encontrar en el objeto. Esto da lugar a lo que contiene de realidad, y representa en un archivo personal y móvil a través de una urna como objeto del objeto:

[…] lo que tiene que ver con el «continente» (la caja, objeto del objeto) que subsiste, mientras que ha podido guardar muchas colecciones diversas y que no deja de jugar ese papel, después de tal o cual uso. Autoriza tanto el transporte como la protección19.

La obra Relicarios es un archivo de la ausencia al dar cuenta de la compasión por lo débil y por lo frágil; una instalación experiencial para tocar fibras corporales e invitar a caminar una objetología de la desaparición y lo vulnerable, sentipensando este apoteósico hecho que nos atraviesa y nos llama al constante luto y duelo «en un espectáculo no de muerte sino de liberación20»):

El sujeto trata de subsistir en el océano del desorden y del duelo (amontona no tanto por avaricia como en la preocupación por agarrarse de esas especies de boyas, o también para darse la ilusión de detener el tiempo como de resucitar el pasado). «Dime lo que botas, y sobre todo lo que conservas, y te diré quién eres». Es a través de los objetos, su número y su localización como el sujeto se revela y se expone21.

En su factura como instalación objetual la obra Relicarios busca sobriedad, empoderamiento y dignidad para las víctimas, tanto para los familiares como para esos seres desaparecidos que aún se buscan, pues «nos oponemos al olvido de los seres que aún habitan las cosas, como si deseásemos una resurrección22».

Hay muchas formas de trabajar con el arte y los objetos la construcción simbólica de la muerte de los seres queridos, por lo que la obra acierta en proponer un trabajo artístico y antropológico para forjar espacios para las familias, los colombianos y los asistentes a este tipo de acontecimientos en los que los cuerpos de los desaparecidos, ausentes, tienen un cierto reconocimiento.

Por todas partes en el mundo proliferan las huellas y las inscripciones; no existe nada que no deje tras de sí marcas de su paso o de su presencia; debemos leer, desencriptar y valorar esos objetos en nuestra cultura como ruinas y tramas de la existencia.

Apreciaciones

Erika Diettes, con Relicarios, nos enfrenta al desaparecido por medio de su materialidad, nos hace pensar en las formas en que el objeto se performativiza, deviniendo en elementos de una cultura católica la explicación del universo trágico para, a partir de allí, desde la forma de apropiación y el trabajo del montaje, llamar y persuadir a la elaboración del duelo.

Tantas cajas con disposiciones y combinaciones de materialidades de seres que no están nos permiten pensar en la dimensión del daño, el impacto del hecho victimizador y el mal. Denuncia y expresa los estragos a través de la serialización y la elaboración arquitectónica de la instalación revelando lo sucedido, la degradación a la que nos ha llevado la guerra y la desaparición forzada como sociedad.

La cuadrícula es un elemento de la instalación que asimilamos como parte fundamental del monumento efímero en la estandarización de la ausencia para llamar la presencia, el ser y el sujeto; la creación de una metáfora de un camposanto para muchas personas que no han tenido sepultura, como una forma, acción y denuncia. Arte ritual que acude a la evocación y la afirmación del objeto como fuerza exterior y subjetiva en constante transmisión del sujeto.

A través de los relicarios se crea un espacio de memoria necesario para quienes no lo han tenido. La apropiación de todos estos objetos y lugares de la cultura católica: el camposanto, los rastros de los santos y Cristo, el ataúd y la lápida, conecta todas estas materialidades como alegorías, símbolos y reales que hablan de la sociedad y la necesidad de enterrar a los muertos como un acontecimiento importante para los seres humanos que configura un cierre o final de la presencia temporal. La artista acude y utiliza la aparente pequeñez y futilidad de estos elementos en los rituales de la vida cotidiana para generar lazos y llamamientos de reparación simbólica, crítica y reflexión de lo hecho por los actores del conflicto y el Estado. Se trata de un mensaje contundente de no repetición por medio de movilizar a los espectadores a una posición de conmoción y contemplación.

Cada persona allegada o familiar tiene una manera de evocar y mantener a su ser querido vivo. Al llevarlo a este montaje objetual y condensarlo allí, con el propósito de que otros accedan, lo visualicen y puedan empatizar e interactuar con él, dignifican su vida y el lugar en su existencia. Por ende, nos lo muestran vivo a pesar de la pérdida y el trauma por no encontrarlos.

Por encima de la evocación funeraria el espectador puede conectarse a interactuar con los familiares y estas personas que injustamente fueron asesinadas, desaparecidas, masacradas y agredidas. El metaobjeto de la instalación en relación con la caja o urna como metaobjeto de cosas y materias (infraobjetos), apresados y restituidos en una forma cuadrada acostada evocando la forma de un cuadro o lápida, es la actualización, creación y representación desde lo más subjetivo de una vida.

Finalmente, son importantes los trabajos que conectan arte y memoria a través de las materialidades y los objetos como centros para establecer un diálogo entre artistas rituales, activistas, familiares víctimas y posibilidades expositivas.

Es clave el trabajo alegórico y metafórico, la fuerza mnemotécnica que imprime a la materialidad y el campo visual temporal que desarrolla la artista para conectar con la cultura católica que habitamos los colombianos, la cual se vincula a la reparación simbólica y el fortalecimiento del tejido social.

Se trazan varios estratos, espacios y miradas. Un espacio ritual que corresponde y aboga por la necesidad de enterrar y dar sepultura a los muertos (ritual de paso y cierre); un espacio alegórico y metafórico presente en la elaboración de una especie de archivo jardín bucólico, amargo y dulce a la vez; y un espacio de memoria, interacción, experimentación y construcción de sentidos compartidos, duelo y reparación simbólica.

Se utiliza el régimen cultural de representación católica para expresar y dar lugar al desaparecido. Se acude a las emociones, la sensibilidad y la subjetividad para dar cabida a la reparación simbólica a través de la serialidad y distinción de los objetos que devienen en un acto contemplativo. Es por medio de estos rituales transicionales que creamos espacios y objetos de memoria cargados de subjetividades y pasados violentos.

Fotografía de una obra de Erika Diettes.

Fuente: Archivo fotográfico de Erika Diettes, 2015.