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Imagen de portada de El Objeto como reliquia (Edul, 2025) Show/hide cover

Reliquias alegóricas. Reflexiones desde una obra en duelo

Les reliques allégoriques. Réflexions d'une œuvre en deuil

Fotografías, ropas, objetos, latidos, operan como vestigios que ahora devienen reliquias: cosas que estuvieron en contacto con quienes ya no están entre las cosas1.

Desde las últimas décadas del siglo 20 y hasta la actualidad, artistas visuales han implicado ropas, prendas, objetos, materialidades textiles en sus procesos artísticos. Estas prácticas están situadas en contextos de violencia sistemática contra las personas. En la mayoría de los casos se ha tratado de prendas que pertenecieron a víctimas de desapariciones forzadas y que fueron ejecutadas con la participación de las fuerzas del Estado.

Las ropas que portaban las personas en el momento de su detención, desaparición o asesinato en distintos escenarios han sido elementos fundamentales para la identificación de los cuerpos. Cuando se encontraron y excavaron las fosas de Putis, en Ayacucho, Perú, las ropas recuperadas fueron exhibidas con el propósito de que los habitantes del lugar colaboraran en los procesos de identificación y pertenencia de las prendas. El 13 de diciembre de 1984, una patrulla del ejército peruano perpetró una atroz matanza en la comunidad de Putis. En mayo de 2008, el Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF), encabezado por José Pablo Baraybar, fue nombrado oficialmente para realizar el peritaje por el Ministerio Público, haciéndose cargo de las excavaciones de la más grande fosa común exhumada en el Perú. El 3 de septiembre de 2008, en Mashuacancha, comunidad de Putis, el EPAF exhibió más de 250 prendas. La exhibición se presentó durante cinco días en las localidades de Huanta, San José de Secce (Santillana) y Putis. Más de 500 personas vieron esas prendas y lograron la identificación de varias de ellas. Por «la hechura», la costura y confección, fue posible identificar a qué personas habían pertenecido. A partir de los hallazgos y las exhibiciones de las ropas encontradas en la fosa común de Putis, el fotógrafo Domingo Giribaldi, quien daba seguimiento a los trabajos del EPAF, concibió la exposición Si no vuelvo… búsquenme en Putis, presentada en Huanta, Perú, y en otros países2.

Sin embargo, el vínculo entre ropas y cuerpos no siempre ha sido una garantía de identificación. En el 2006, la arqueóloga Melisa Salerno trabajó con la colección de indumentaria recuperada en el Cementerio Municipal de Lomas de Zamora por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) al exhumar cuerpos violentados, detenidos, desaparecidos y asesinados durante la última dictadura argentina (1976-1983). Sus reflexiones dan cuenta del modo en que la vestimenta fue utilizada por las fuerzas del Estado argentino para intentar perpetuar los procesos de desaparición de personas:

Uno de los primeros objetivos tenidos en cuenta durante el análisis fue transformar las piezas de indumentaria en una línea de evidencia complementaria que contribuyera a la identificación de personas desaparecidas. Consecuentemente, tras el inventariado, remontaje y descripción de las prendas asociadas a cada uno de los esqueletos, se decidió comparar la información obtenida en el laboratorio con los testimonios que los familiares de las personas identificadas por el eaaf brindaron sobre su apariencia en el momento de desaparición. En ninguno de los casos se registraron similitudes. Por un lado, las prendas asociadas a los esqueletos presentaron características completamente diferentes a las mencionadas por los familiares. De la misma manera, diversos cuerpos se encontraron desnudos (ocho) o parcialmente vestidos (18). Estos últimos solo contaron con su ropa interior y, en algunos casos, alguna prenda de la parte superior o inferior del cuerpo. Las circunstancias descritas permitieron reflexionar y generar nuevas preguntas sobre las estrategias que las fuerzas armadas desarrollaron con el objetivo de «desaparecer» personas3.

Aunque «las prendas pueden constituir una herramienta útil para la construcción de una memoria material del genocidio4», en el proceso de análisis de la citada colección, Salerno afirma que durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional, nombre con el cual se conoce la dictadura cívico-militar que tuvo lugar en Argentina entre marzo de 1976 y diciembre de 1983, «las prendas constituyeron parte de la escenografía montada por los militares para encubrir sus crímenes5». Pero más allá de estas estrategias desaparecedoras6 aplicadas también a las ropas para impedir o dificultar la identificación de los cuerpos, de manera general las prendas han sido un elemento fundamental en las recuperaciones de identidad sobre los cuerpos y el acceso a la vida anterior de las personas violentadas, lo que posibilita pensar la agencia de las indumentarias en contextos de violencia y desaparición de personas. Es importante considerar las narrativas de memoria que emanan de las prendas y objetos que tocan y envuelven los cuerpos. Como ha expresado Pía Montalvo en el exhaustivo análisis sobre la relación cuerpo-indumentaria en el contexto de la violencia de Estado en Chile, las ropas son consideradas «de un modo equivalente a la piel7», y superviven muchas veces a la destrucción o desfiguración de los tejidos blandos del cuerpo, permitiendo en ocasiones procesos de identificación.

Podría elaborarse una extensa referencia que evidencie esta relación cuerpo-indumentaria. Pienso en el papel jugado por las ropas para identificar los cuerpos exhumados en las fosas de Putis, Ayacucho (1984/2008); en la identificación de los restos de Salvador Allende a partir de sus vestidos, en la primera exhumación realizada en 1990; en las fotografías de las ropas exhumadas y publicadas por la Unidad Nacional de Fiscalías para la Justicia y la Paz en Colombia, a través de la edición N.o 3 de Rastros (2011), para que los familiares colaboraran en la posible identificación de las identidades de estas prendas8.

En estos contextos, la indumentaria ha sido una materialidad que condensa archivos personales, sociales, históricos y políticos. La violencia producida sobre los cuerpos genera alteraciones en las propias vestimentas que visten esos cuerpos y son, sin duda, sensores del horror generado por las violencias políticas. Es decir, además de contribuir a la devolución de las identidades de las personas sometidas a esos procesos, pueden dar también cuenta de las características, intensidades y propósitos de las técnicas militares o paramilitares para reducir la vida humana a un estado de despojo e inhumanidad. En este sentido, pueden ser importantes las reflexiones de Thomas Keenan y Eyal Weizman9 respecto a la estética forense que emerge desde la materialidad capaz de percibir fuerzas que inciden sobre las personas, los territorios y las cosas, registrando determinada información. Esta dimensión estética no se sostiene desde el sensorium humano, sino desde la capacidad de percepción de los objetos materiales para registrar los efectos generados sobre ellos y devenir sensores políticos.

Las prácticas artísticas concebidas desde las implicaciones de materialidades vinculadas a negociaciones de flujos y cuerpos violentados hacen parte de un extenso registro de memorias. Una zona importante del arte latinoamericano contemporáneo emerge de las contaminaciones con las formas de supervivencia de la vida y la muerte, produciendo archivos testimoniales y relatos que actúan a contramano de las historias oficiales que intentan silenciar parte de nuestra historia actual, pasada y reciente.

El arte vinculado a procesos de memoria no se construye únicamente desde lo figural e iconográfico, sino desde el soporte material y el dispositivo que hacen a la obra. La propia materialidad expone un registro fantasmal y alegórico. El pensamiento de Walter Benjamin ha sido muy luminoso para acceder a las dimensiones alegóricas en el trabajo de lo vestigial, de lo fragmentario, de lo que ha estado relacionado con la muerte y la descomposición. El régimen metonímico que ha desestabilizado la representación metafórica en el arte está contaminado por irrupciones de realidades y traumas que han transformando las propias prácticas.

En diálogo crítico con la historia del arte, ya no se trata de generar acumulaciones objetuales a la manera del povera o de los nuevos realistas franceses, sino de escenarios signados por la condensación de inquietantes memorias. Los vestigios materiales han devenido soportes para el arte, pero la ruina ya no es la de una industria ni la de una práctica consumista; se trata de vestigios de vidas, de fisuras que evidencian lo que desde el pensamiento adorniano podríamos llamar «heridas sociales», o lo que desde el pensamiento freudiano podríamos nombrar como síntoma.

En el contexto del quehacer artístico de las acumulaciones y recuperaciones de los desechos industriales, se dieron también las reflexiones y creaciones de Tadeusz Kantor en torno a «la realidad degradada» a partir de las elaboraciones filosófico/literarias de Bruno Schulz. La visibilidad de las memorias traumáticas que superviven en los objetos y las materialidades tuvo en la obra de Christian Boltanski un punto de partida crucial. La memoria que adviene en las materias se instaló también desde la producción de Joseph Beuys. Allí donde los llamados objetos tienen la forma de una escena memorable —la impronta de un gesto, de un cuerpo, de una o varias vidas humanas—, el acto de mirar implica asumir que estamos ante vestigios materiales de una o muchas presencias. Nos apremia la necesidad de pensar qué implica mirar o estar ante «cosas que estuvieron en contacto con quienes ya no están entre las cosas10». Esa experiencia que habita en las materialidades y en las cosas confiere una dimensión metonímica y alegórica que acoge el desgaste de las presencias y lo que queda de un proceso vital. En este sentido importa preguntarse sobre la agencia de los objetos, sus posibilidades de acción y habla para instalar escenas de la memoria. ¿Cómo se genera la potencia memorable de la materia más allá de los límites del objeto? Insisto en la contaminación vital, la presencia de vida que se impregna en las materialidades, en las narrativas que se despliegan, en la densidad fantasmal de sus texturas.

Hace tiempo me acecha una pregunta que siempre reaparece, de manera obstinada: ¿de qué modo, en el campo del arte, las figuraciones del destrozo, las imágenes del horror, reelaboran el trabajo de la mirada e insisten en el marco sociocultural del cual provienen? ¿Cómo aparecen estos destrozos a través de las ropas y los objetos que tocan y rodean a los cuerpos? ¿Cómo se hilan las narrativas de vidas que también habitan las prendas y los objetos como condensaciones metonímicas de los cuerpos?

Indumentarias y reliquias

En los registros del arte, las prendas de personas desaparecidas, y también las de las personas que han sido asesinadas, no proceden de colecciones forenses, sino de los archivos o resguardos facilitados por las y los familiares. Son prendas que las familias atesoran y que perviven cargadas de una profunda sacralidad. ¿Qué hace sagrada a estas prendas? Seguramente su condición de únicas, el aura que las sostiene al ser el testimonio material de vidas específicas, de afectos entrañables.

Erika Diettes es una fotógrafa y artista visual cuya obra aborda las violencias que durante décadas han sufrido un altísimo número de personas en Colombia. Sus procesos artísticos se desarrollan a partir de indagaciones en sitios específicos, en diálogos con familiares de víctimas que aportan, en calidad de préstamo o como donación definitiva, prendas que durante años han guardado como tesoros. De esas experiencias nacieron sus obras: Río abajo (2007-2008), una serie fotográfica impresa en cristal a partir de ropas, vestidos y objetos de víctimas de las violencias en Colombia; Sudarios (2011), un conjunto de retratos impresos sobre seda que registran rostros de mujeres torturadas al hacerles presenciar acciones violentas sobre sus seres queridos; y Relicarios (2016), un conjunto de 165 cubos en los que fueron resguardadas prendas que pertenecieron a víctimas. Expuestos en el Museo de Antioquia de Medellín, en noviembre de 2016, los 165 relicarios, con dimensiones de 30 x 30 cm x 12 cm de alto, fueron dispuestos sobre el piso, como si fuesen tumbas. Están hechos en tripolímero de caucho, una sustancia viscosa y transparente en la que se sumergen numerosos objetos que condensan la memoria de personas asesinadas o desaparecidas a lo largo del conflicto armado y la violencia en Colombia. En su gran mayoría, se trata de prendas que pertenecieron a personas muy jóvenes11.

Como han afirmado otros estudiosos, las obras de esta artista nacen de implicaciones en territorios específicos, de un «recorrido real por la geografía de la violencia rural y urbana de Colombia12». Cada uno de los objetos que le fueron confiados está cuidadosamente registrado desde el proceso de entrega, implicando estrategias visuales y de notación en cuadernos de campo. Diettes es también antropóloga, de allí el conocimiento y el uso que hace de las herramientas propias del llamado trabajo de campo para disponer cientos de testimonios y documentos que además de ser elaborados artísticamente generan excepcionales archivos, o específicamente repertorios de memorias. Hay una vasta cartografía del dolor en los objetos ofrendados por personas de los más diversos territorios del país, de los departamentos de Chocó, la Guajira, Córdoba, Cundinamarca, Caquetá, Antioquia; lugares surcados por un conflicto armado que día a día fue emitiendo irrefutables señales de irreversibilidad: muertes violentas, desapariciones, secuestros, reclutamientos, desplazamientos, pérdidas absolutas. Las prendas habían sido conservadas por familiares que nunca pudieron despedir ni enterrar los cuerpos. Para quienes viven con el dolor de los duelos no realizados, las prendas de sus seres queridos alcanzan un valor de reliquia: son veneradas, consagradas; están en lugar de los ausentes.

A propósito de la ausencia como problemática que atraviesa el arte que aborda la violencia y la pérdida, retomo las reflexiones de Sergio Rojas cuando señala que los/las artistas, más que trabajar con la ausencia como motivo, trabajan con las huellas de la ausencia que son sobre todo huellas de vidas específicas: «No se trata de lo que se habría hundido en el pasado como en la nada, sino de las almas que no fueron del todo trituradas con la muerte, como si la ausencia fuese otra manera de estar en el presente13».

En diálogo con estas ideas, pienso en los testimonios de las familias recogidos por Diettes en el momento de recibir las prendas o en los momentos en que mostraba a esas personas las piezas creadas a partir de los objetos donados. Expresiones como «esto nos hace pasar de la impunidad total a la visibilidad, a la luz», refieren no solo el reconocimiento de la obra como actos de presencia de las vidas violentadas, sino también como posibilidad del arte para generar actos metafóricos de justicia anamnética o justicia de memoria, lo que implica tener en cuenta los alcances del arte en el trabajo de la memoria. Como ha dicho Reyes Mate: «La memoria no es un adorno sino un acto de justicia14».

La obra de Diettes es un poético archivo de memorias y espectralidades que conjuran el olvido e implican un auténtico proceso de relación con los familiares de las víctimas, un cuidadoso trabajo de recepción y archivo de cada uno de los objetos confiados, un delicado proceso de reconocimiento que permite la ubicación afectiva de las prendas que quedan bajo su resguardo hasta el momento del procesamiento artístico.

En Latinoamérica, el arte ha comprometido estrategias para dar forma al inmenso dolor generado por las violencias que vivimos. Buena parte de la obra de Diettes puede percibirse como el tejido de un extenso y entrañable sudario con el que desearía amortajar, consagrar, despedir y dar sepultura a los cuerpos sin descanso15. Relicarios, concretamente, es un proyecto impulsado por el deseo de posibilitar un lugar en el que descansen y sean visibilizadas las prendas que atestiguan las vidas de miles de personas víctimas de violencias paramilitares, de narcotraficantes y de las fuerzas del Estado implicadas como perpetradores o cómplices. Es una obra en la que actúa la modelación escultórica, pero sobre todo una sensible vocación de enterradora.

Relicarios es mucho más que un proyecto artístico. Es una obra en duelo sostenida por una amorosa y paciente acción que, desde los espacios y las estrategias del arte, ha devenido ritual que dignifica el dolor de las muchas familias que lloran la ausencia forzosa de sus seres queridos. Remite al arte como lugar de exhumaciones y entierros, pero también al arte como lugar de encuentro, de ritos luctuosos, como memorial de vida y pérdida, de amor y dolor. Es una especie de archivo sensible de las pérdidas, muchas insepultas, en las que tienen cabida numerosos testimonios materiales que fueron confiados a la artista. Cada una de las prendas fue recibida sin distinciones de carácter estético. Todas y cada una de ellas, vestidos, zapatos, objetos de uso personal, cotidiano, profesional, religioso, fotografías, documentos, entregados por los familiares o directamente por sobrevivientes de la violencia, fueron recibidas como reliquias que dan cuenta de la dimensión sagrada y única de cada vida, a la vez que testimonian la enorme tragedia colectiva que, durante varias décadas, ha enlutado y sigue enlutando a Colombia.

¿Pero qué es una obra en duelo desde los espacios del arte? ¿Qué extrañeza convoca y conjura? ¿Qué movimientos se suscitan, se ocultan o se hacen visibles? ¿Qué es una obra en duelo cuyo sentido más profundo horada la visibilidad? ¿Qué sucede cuando las ropas son utilizadas en un sentido metafórico respecto a cuerpos que no han podido ser identificados porque nunca han sido encontrados? Si el arte pareciera decir «miren las prendas», hay una pregunta que se desplaza desde esas regiones y que nunca dejará de perturbarnos: ¿dónde están los cuerpos? El arte no pretende ninguna mimesis sustitutiva. Por ello los Relicarios asumen su condición de resto, su régimen alegórico y metonímico, su potencia superviviente, su indiscutible carga aurática; no solo por la condición única de la vida que en ellos se consagra, sino porque ante ellos y entre ellos emerge una arcaica communitas que nos religa a los vivos y a los muertos y nos conecta con los afectos que, pese a la ausencia, siguen sosteniendo nuestras vidas.

Decir obra en duelo es también decir obra de dolor, obra de lamento, insistir en que se trata de un proceso abierto, en lamento por la pérdida, sin que sea lo mismo que decir obra de duelo o mucho menos trabajo de duelo. No hay trabajo de duelo posible ante la pérdida por desaparición forzada porque no hay certeza de si la persona está viva o muerta. Para hacer el duelo se requiere lo que Freud llamaba «un examen de realidad16», que demuestre que el objeto amado ya no existe más. Y he ahí el impedimento, la ausencia de cuerpo y de rito de despedida por desaparición forzada es un obstáculo irreparable para la elaboración del duelo17.

No puede haber duelo «en la confusión o la duda», como insiste Eduardo Grüner18. Como reclaman las y los familiares que en México buscan a sus hijas e hijos: «Nadie puede decirme que acepte un duelo. Un duelo es cuando la persona está muerta. No vamos a aceptar una pérdida de este tipo, no vamos a aceptar un duelo» (comunicación personal con Silvia Ortiz, 5 de noviembre del 2019). En contextos como el que vivimos, en el que la desaparición forzada es una práctica persistente y muchas veces no se encuentran los cuerpos, no es posible pensar desde la muerte y el duelo. Hay «pérdida a secas», como precisa Allouch. A pesar de los trabajos críticos sobre la noción freudiana de «duelo» de estudiosos como Jean Allouch, Judith Butler, Jacques Derrida y Alexander Etkind, seguimos en deuda con la necesidad de sostener un pensamiento situado para reflexionar el dolor y la pérdida, en lugar de la muerte y el duelo19.

Modelar o esculpir las formas del pathos de muchos cuerpos, de muchas historias de vidas, fue un proceso de varios años y solidarias colaboraciones. Es inevitable no pensar en la puesta en visión y en espacio del dolor y del amor que representan los Relicarios, que son también huellas no heroicas de una guerra para la que no será suficiente la voluntad de olvido. Este escenario de figuraciones no es estrictamente el de una mimesis funeraria. Implica un desvío de los imaginarios hacia esa zona espectral en la que pueden habitar las formas más improbables, sostenidas por un largo y amoroso aliento que supervive en los tiempos.

«¿Cuánta memoria y cuánto olvido requiere una sociedad para superar la guerra?», se preguntaba Gonzalo Sánchez20 hace más de diez años. Cuando «en aras de la reconstrucción de la unidad social y política de la nación21» se pacta el fin de las guerras, hay sin duda una tensión entre la apuesta a la vida digna, que pudiera garantizar los tiempos de paz, y los dolorosos silencios, como los «olvidos necesarios»22, que implican los pactos de «perdón y reconciliación» que parecen poner fin a los tiempos de guerra.

A propósito de vivir en un contexto bélico, Freud reflexionó sobre el forzoso «cambio de actitud espiritual ante la muerte violenta23». La guerra acrecienta en demasía las pérdidas que de manera natural implican los procesos de la vida. Preguntarnos cómo ha cambiado la dimensión de la muerte para los colombianos, y para buena parte de la humanidad a partir de los horrores vividos desde el último siglo y hasta hoy, no alcanza ninguna posibilidad de respuesta lógica. La realidad sobre nuestra actual condición con respecto a la vida y la muerte desborda los imaginarios. De esos desbordamientos y de las pérdidas en demasía hablan los Relicarios de Erika Diettes. De una memoria incómoda. Testimonios irrefutables del exceso irrefrenable que extermina la vida. Pero tanto como del despojo, ellos son también las huellas de lo que sobrevive al limitado tiempo de una vida. Abordan, de modos diversos y complejos, las relaciones entre las materialidades, las vestimentas, los objetos y los cuerpos. Por un lado, están presentes ropas y tejidos que cubrían los cuerpos en el instante en que fueron abruptamente privados de la vida. Esas prendas están impregnadas de los flujos que desbordaron los cuerpos, tienen las marcas de las horadaciones que aniquilaron la vida. Irrefutablemente, son testimonios visuales de la muerte violenta.

Las prendas y objetos, facilitados directamente por sobrevivientes de secuestros, violaciones sexuales y desplazamientos, cargan relatos vinculados a memorias atroces. Son testimonios del dolor padecido en el propio cuerpo de los sobrevivientes. Pero entre los Relicarios también emergen objetos vinculados a afectos e instantes únicos, a experiencias cotidianas y familiares. Son inevitablemente testimonios de vidas que propician intensos recuerdos de los ausentes, testimonios objetuales habitados por los afectos y actos de muchas vidas. Esas prendas y objetos que no están vinculados necesariamente al instante de la muerte ni al sufrimiento tienen el don de impulsar los imaginarios, de suscitar apariciones del deseo, de hacernos soñar cómo ciertos tejidos eran vestidos por los cuerpos, cómo ciertos objetos y fotografías detonan un retorno al tiempo vivido y compartido. Son materialidades impregnadas del aura de los cuerpos que en ocasiones pasaron por más de una generación de familias. Materialidades auráticas que guardan historias de vidas, de cuerpos específicos, que tienen un peso, que rememoran formas, que tienen un tamaño, una textura en la que también ha hecho su trabajo el tiempo.

El cuerpo no es solo superficie. Es también su extensión a través de aquello que lo envuelve o lo viste. En la cultura latinoamericana, varios curanderos o chamanes trabajan con la idea de que el alma se pega a las ropas y por ello es posible dañar o curar a una persona a través de ellas, o incluso hacer un entierro simbólico cuando no se ha encontrado al cuerpo. En la creencia y en las prácticas de la cultura popular de la que somos parte, las ropas guardan el espíritu de la persona, los vestigios de una identidad.

Relicarios es un conjunto testimonial en el que habitan muchísimos afectos. Atesorados por las familias en calidad de reliquias, en manos de la artista fueron tratados en calidad de prendas sagradas y únicas, como si se tratara de arropar y envolver a los cuerpos para ser despedidos. Las prendas han sido literalmente embalsamadas, inicialmente protegidas por una primera capa que les permite conservarse y no desgarrarse por las altas temperaturas en las que se manipula el tripolímero de caucho24. Un ejercicio paciente y amoroso en el que se fueron tejiendo escultóricos sudarios para amortajar, consagrar y despedir a los cuerpos, que en muchos de los casos no han podido ser despedidos, no han recibido ritual ni sepultura.

Una tumba es un volumen que atestigua una pérdida y tiene una profunda dimensión representacional respecto a la visibilidad pública de lo que fue una vida. Aunque los Relicarios pueden evocar tumbas, no pueden ser reducidos a ello. Son objetos de sostenidos duelos, pero son también moradas alegóricas25 que alojan supervivencias de vidas. Configuran un luctuoso escenario que para las familias representa también un espacio desde el cual recordar a sus seres queridos sin que se homogeneicen ni monumentalicen las memorias, porque cada relicario expresa una singularidad, una vida.

Relicarios es también una alegoría de lo insepulto. El ruidoso silencio que esos cubos ponderan inquieta los imaginarios y los acuerdos que hacen los hombres que emprenden las guerras. Nada que pueda caber en un discurso, en un pacto. Esos cubos insisten en los trabajos de la pérdida en más de un sentido. El dolor que ellos supuran podría conjurar los olvidos, incluso los que se enuncian como «olvidos necesarios». Y las alegorías luctuosas por tanta pena insepulta escapan a los marcos formales del arte, al estricto régimen de lo estético, para instalarse en la herida de la vida.

Las prácticas artísticas en torno a la pérdida y a las huellas materiales de esas pérdidas por causas violentas, incluyendo las violencias de Estado, proveen una plataforma de visibilidad en varios sentidos: como alegorías de los cuerpos; como supervivencias residuales; como formas de lamentaciones; como testimonios matéricos de la pérdida violenta; como figuraciones sintomáticas del destino de los cuerpos.

Didi-Huberman26 ha realizado un extenso recorrido en torno a la posibilidad de pensar la imagen como conocimiento, a la vez que insiste en la tensión entre el ver y el saber. Para este filósofo, la figura o entidad semiótica que condensa esta ambigüedad es el síntoma. Remontándose a Freud, pero instalando su reflexión en el ámbito de la creación artística, plantea el síntoma entre el destello y la simulación. Hablar de síntoma, como él precisa, en el campo de las figuraciones y las prácticas artísticas, no es buscar enfermedades sino poder mirar a través de su intensidad visual y su destello, atento a las tensiones entre la visibilidad y el decir de las imágenes; entre lo que se muestra y lo que alcanzan o no a decir. Tal vez la figura del síntoma pueda ayudarnos a pensar el devenir de los cuerpos y las materialidades que han ido tomando las escenas del arte.

Entre los 165 Relicarios hay un cubo oscuro y solitario. Un cubo en el que se oculta la luz; es el más habitado por las sombras, un inquietante síntoma. Como si conjurara el «vacío», Erika Diettes ha configurado una perturbadora presencia. En él se han fundido los restos, los residuos de todos los objetos embalsamados en el tripolímero de caucho. En su turbia viscosidad se instala una communitas de restos. En una inversión que trastoca lo imaginario y lo real, este solitario cubo no está habitado por alguna figuración que convoque memorias y afectos específicos. Parecería que nadie lo visita, que nadie lo abraza como si fueron abrazados por los familiares los cubos habitados por objetos y prendas. Sin embargo, este cubo negro detiene el paso, convoca la mirada y nos incita a pensar la siniestra desmaterialización que atraviesa los cuerpos.

Pese al tiempo, sigo pensando Relicarios como una obra en duelo, una lamentación. Como si condensara todo el dolor que soportan quienes a través de los años sostienen la memoria de sus seres amados forzosamente perdidos. Si es cierto que los ausentes viven en nosotros, las memorias son moradas alegóricas en las que superviven las vidas que aún nos sostienen, los recuerdos que pasan por el corazón (re-cordis), los afectos y el dolor con el que seguimos caminando en tiempos de guerra, como en los anhelados y demasiado frágiles tiempos de paz.

Fotografía de una obra de Erika Diettes.

Fuente: Archivo fotográfico de Erika Diettes, 2015.