Reliquaires : ou comment parler aux morts
Cuando los olvido, los privo de la poca realidad que estaría en mi poder conservarles…Emmanuel Berl, Presencia de los muertos
Cuando mi madre murió, fuimos testigos del modo en que se evaporaron las cosas que hasta el último instante de su vida la habían rodeado. Al regreso del cementerio, los hijos entramos en la casa materna para descubrir no solo su ausencia definitiva e inevitable, sino también de qué modo su universo material, es decir, los objetos que hasta unas horas antes la habían sostenido en el mundo, había perdido ya su fuerza.
Allí estaba su bastón, sus ollas para la cocina, su delantal de todos los días, sus lentes con los que rutinariamente leía el diario, su radio sobre un anaquel de la cocina. Todo en su justo lugar, pero sin ella. Desaparecida del mundo material, esos objetos eran como planetas abandonados a su suerte volando alrededor de una galaxia sin gravedad y sin núcleo que los atrajera a su centro.
Cuando alguien muere, cuando desaparece de este mundo, lo que queda pierde esencia y espesor frente a los ojos de los que han sobrevivido a esa muerte. No puedo comprobar científicamente lo que digo, es una sensación que no merece ninguna explicación. Solo puedo decir que los muertos se llevan con ellos, no solo lo visible, su propio cuerpo, sino también lo invisible, no otra cosa que la fuerza y la energía, pongámosle ese nombre, que dan sentido a las cosas que ellos habitaron, usaron o tocaron y que «sostenían» cuando estaban presentes en el mundo1.
Hace años decidí, contrariando mi fe judaica, celebrar el Día de Muertos. Y fue así que un 1.o de noviembre dispuse las imágenes de mis seres queridos en un improvisado altar de la sala central de la casa. Y junto a los muertos de mi propia sangre puse las imágenes de otros muertos amados y, junto a esas imágenes, pequeños platos cargados de breves montículos de especias codiciadas: canela, coriandro, baharat, hinojo, pimienta. Y también cociné unas galletas de jengibre siguiendo una antigua receta transmitida por mi madre. Dice la tradición que los muertos vienen por la noche a saborear los manjares que les hemos tributado junto a los cirios encendidos. Alguien me dijo: «Una vez que termine el tributo, no pruebes de esos platos, no solo porque no debes hacerlo, sino porque, además, han perdido su gusto». Recuerdo que, al amanecer siguiente, allí estaban las galletas, las especias, junto a la cera derretida de los cirios y al retrato de los amados, todo tal como lo había dejado la noche anterior. Y recuerdo que al querer oler lo depositado en las vasijas, todo olía a nada, como si los muertos hubieran venido a libar allí de noche y se hubieran llevado con ellos la esencia de aquellas cosas.
Todo estaba en el altar, al igual que los objetos de la casa de mi madre cuando regresamos después de su muerte. Todo estaba allí, como ella lo había dejado, pero esos objetos ya no eran más que el espectro, una sombra vaga de lo que alguna vez habían sido. Sin fuerza, levitaban neutros para nadie, en el cosmos de la casa ya vacía, pero esa noche, esa única noche del almanaque, puedo asegurar que los muertos allí habían estado, convocados por mi llamado ritual2.
¿Adónde van los muertos cuando se van o se los llevan de este mundo? ¿Hay algún lugar allí donde habitan, en lo invisible? No lo sabemos. La cultura ha poblado esa casa de la ausencia eterna con las imágenes más extremas, que van desde paisajes mansos a territorios infernales regidos por las llamas. Nadie ha regresado de allí para decirnos cómo es, si en verdad existe, un lugar adonde vaya a parar la vida que se evapora de este mundo. ¿Y qué queda de ellos? A veces nada, porque tantas veces nadie recuerda el paso de aquellos ayer vivos a pesar del empeño propio y de quienes los sobrevivieron por hacer perdurar su memoria en tiempo presente. Otras veces, algún vestigio de su paso por la vida queda atrapado en una historia que se cuenta en las sobremesas familiares, o en una fotografía que al salir de algún cajón permite evocarlos cuando estaban con sus dos pies sobre el mundo.
A lo largo de muchos años, Erika Diettes se ha dedicado a construir una obra en el corazón de la violencia que arrasó y sigue arrasando a Colombia. Una violencia que, desde los años 40, fue ascendiendo en forma de espiral y a la vez irradiándose, haciendo metástasis, sobre el amplio territorio nacional. A veces ostensible, otras invisible, la violencia ha habitado junto a los colombianos más tiempo del imaginable, también de lo soportable. Y esa violencia ha tenido tiempos de remanso y tiempos de elevación exaltada como cuando comunidades enteras fueron asesinadas y reducidas a pura ceniza. O cuando los cuerpos eran desollados y arrojados al Magdalena para que fueran devorados por las aves silvestres y los peces engordaban hasta convertirse en ogros de agua dulce. En su obra Río abajo (2008), Diettes evocó lo infernal de esa práctica criminal de deshacerse de los cuerpos arrojándolos como desperdicio al afluente del río. Y también lo hizo al poblar de magdalenas el interior de templos e iglesias, con decenas de rostros de mujeres surcados por el dolor o la angustia que produce el arrebato de lo amado. Los muertos ocupan el centro de su obra, pero también lo que la muerte violenta le hace o le provoca a los deudos, a los que sobreviven a ese impacto que parte en dos para siempre la vida cotidiana de una persona, de una familia, de una comunidad.
Si toda muerte disloca la existencia, mucho más disruptiva es cuando sucede violentamente, cuando llega sin ser esperada, violando el designio de lo biológico. La muerte violenta es o debiera ser un escándalo para la especie, pero no lo es. La muerte por violencia y a gran escala se ha naturalizado y permea nuestros espacios cotidianos. Ha dejado de ser algo extraordinario, habita junto a nosotros y la prensa diaria es fiel evidencia de ello.
Desde hace años, Erika Diettes viene construyendo un diálogo sostenido con esos muertos, y su obra, en cada una de sus formas, es testimonio de ello, de ese empeño por escuchar algo de aquellos enmudecidos para siempre. Claro que su obra puede ser leída de diferentes modos, y de hecho lo ha sido, pero me atrevo a imaginar que se trata de eso, de una conversación que ella se ha propuesto sostener con los ausentes y en la que en muchos casos los objetos ofician de vía regia o camino prodigioso que propicia el encuentro3.
Relicarios es una de las formas que adquiere ese diálogo. Decenas de cubos transparentes amasados por las propias manos de la artista que resguardan una cosecha a medias fúnebre y a medias luminosa, porque se trata de objetos, de pertenencias entregadas a la artista en el corazón de conversaciones pacientes con los deudos, quienes confiadamente depositaron en sus manos aquello, ese último resto material que les ha quedado del ser amado.
Relicarios es solo en apariencia una obra muda porque en verdad, antes que la obra exista, o en su mismo génesis, está la palabra, el diálogo con los amados, y después, una vez que cada objeto ha entrado en su cubo, da comienzo al otro diálogo, inaudible sí, pero realmente existente, el que se registra entre quien mira la obra y está dispuesto a sentir lo que le dice ese resto de los ayer vivos.
¿Qué dicen los restos de los difuntos, de los ausentes, a quien los mira? No lo sabemos. Cada quien construye su propia conversación. Seguramente hay quienes conocen la biografía del asesinado, y de ese modo pueden reconstruir a pie juntillas cada uno de sus pasos por el mundo, y otros, acaso la mayoría, estarán obligados a apelar a la imaginación para saber cómo habitaba él o ella su existencia. Hay que imaginar, sí, porque hay que estar dispuesto a escuchar el silencio y dejarse atrapar por su cadencia y de ese modo oír el mensaje que nos viene de un más allá infinito. Esa es la tarea que nos exige Relicarios, no una observación pasajera como la que solemos hacer en nuestros recorridos por las salas de museos, sino una observación atenta, paciente, casi ceremonial, que pide de nosotros una disposición de tiempo, pero también del cuerpo, que debe inclinarse hacia el objeto encapsulado en la resina como si eso que está allí nos estuviera susurrando un mensaje solo a nosotros destinado4.
¿Un llamado a qué? A tantas cosas, pero fundamentalmente a que reconozcamos que ese alguien alguna vez habitó el mundo, que su existencia fue demolida, primero por la violencia, luego por la impunidad y, finalmente, en tantos casos, por el olvido. ¿Pero qué nos dicen esos objetos, qué pretenden decirnos? Henri Michaux en Conocimiento por los abismos (1972) dice algo que bien podría aplicarse a esta obra, o a casi la totalidad de la obra de Erika Diettes: «El diálogo con los muertos no debe nunca interrumpirse antes de que ellos entreguen lo que está enterrado con ellos de futuro». Y es que el esfuerzo que Relicarios nos exige es que intentemos sostener esa escucha.
Los ausentes traídos por Erika Diettes ante nosotros tienen algo para decirnos, y eso que tienen para decirnos no se reduce a una invitación a que volvamos a evocar las condiciones que hicieron posible su ausencia, sino a advertirnos de que aquello nunca debió ocurrir, y a exigirnos, como miembros de la especie humana, como semejantes, que actuemos en consecuencia, evitando la posibilidad de la repetición de ese dolor. Se trata de un diálogo que trasciende la ritualidad nostálgica por la ausencia para apelar en cambio a una concientización cívica, no otra que la que nos conmina a asumir nuestra responsabilidad frente a la insistente reaparición del crimen entre nosotros.
¿Se llevan todo consigo los muertos? Sí, cuando los olvidamos. No, cuando atamos nuestra memoria, de manera solidaria, a su ausencia. Cuando entendemos que pensarlos, llevarlos con nosotros en nuestro pensamiento, puede ser una forma, una de las tantas, de intentar conjurar la fuerza de esa interrupción que nunca debió haber ocurrido. Por eso el trabajo de Diettes es asociado una y otra vez por la crítica al ceremonial. En sociedades en las que la violencia no permite emprender la tarea del duelo, en las que tantas veces se desconoce el destino de los cuerpos, el arte tiene la capacidad de crear las condiciones para hacer que aquello que tuvo que ocurrir ocurra, de otro modo al que nos instruye el proceso civilizatorio, es cierto, pero gracias a la labor de los artistas, lo vedado, lo silenciado, lo que no pudo ser emerge y da de lleno en nuestro rostro. Cada cubo con su objeto es representación de la sepultura negada. O, en todo caso, un artilugio para dar nuestro no consentimiento al absoluto vacío deseado por los asesinos.
Si las tumbas y los cuerpos son inhallables, hay que hacer el esfuerzo por darles, construirles un sitio. Relicarios cumple con ese cometido, añadiéndole a ese gesto solidario la invitación hospitalaria a retomar esa conversación interrumpida por la violencia.
Hay quien no logrará escuchar el mensaje de los muertos, hay quien no podrá reconstruir o proseguir ese diálogo interrumpido, pero con que solo uno, al ver los relicarios, logre percibir ese murmullo casi inaudible, la obra habrá cumplido su tarea de hacer una vez más presente aquello que los asesinos pensaron que arrancaban para siempre de nuestro lado.
Los objetos, todo objeto, pueden ser mera cosa, material indiferenciado del todo. Los objetos, todo objeto, pueden ser también otra cosa. La mirada, el gesto artístico, también los rituales, tienen la capacidad de imprimirles sentido y significado, salvándolos de lo indiferenciado al restaurarles o crearles un aura nueva.
Al prosternarnos ante los relicarios, el mundo ido y la vida arrebatada reaparecen y entonces puede suceder, como en la noche del Día de Muertos ante la mesa poblada de especias, que los muertos dejen por un instante de estar tan solos, allá en su aparente nada invisible. Y puede también que aquí nosotros, de este lado del mundo, nos descubramos intentando asir sus ausencias a nuestro pensamiento, buscando conjurar, aunque sea imaginariamente, la inquietante oscuridad que derrama la muerte, todas las muertes, cuando ella se enseñorea a nuestro lado.
Relicarios une, como si se tratara de un prodigioso puente, el mundo del más allá con este, el que seguimos habitando todos los días. Un puente que solo puede ser cruzado por aquel que esté dispuesto a escuchar el llamado que desde ese otro lado del mundo implora ser escuchado por nosotros, para que le demos, en el centro medular de nuestra alma, cobijo.

Fuente: Archivo fotográfico de Erika Diettes, 2015

Fuente: Archivo fotográfico de Erika Diettes, 2015