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Tapa del libro Mujer e identidad en tierras hispanohablantes Show/hide cover

Ser monja en Castilla

El presente trabajo forma parte del proyecto de investigación titulado «Justicia, mujer y sociedad de la Edad Moderna a la Contemporaneidad. Castilla, Portugal e Italia» (ref. HAR2016-76662-R; Proyectos I+D+I, correspondientes al Programa Estatal de Investigación Científica y Técnica y de Innovación 2013-2016, Agencia Estatal de Investigacion/Fondo Europeo de Desarrollo Regional, Unión Europea).

Introducción

La celebración del Concilio de Trento (1545-1563) supuso un hito de repercusión universal. Evidenció los fundamentos y valores de un mundo cristiano que sufría cambios traumáticos a consecuencia del protestantismo, y al mismo tiempo sentó las bases para una forma de entender la liturgia, la espiritualidad y la devoción en la Iglesia católica1.

Poner en práctica la legislación tridentina supuso modificar costumbres muy arraigadas, aunque gracias a la decisión de Felipe II de aceptar el concilio como ley de estado, las cosas fueron más fáciles en la monarquía hispánica2. Por su parte, la Iglesia elaboró una estrategia para transmitir los postulados conciliares a la población en la que los tratados religiosos ocuparon un lugar destacado.

Los autores de aquellos textos fueron hombres seglares y, sobre todo, miembros del estamento eclesiástico, que se encargaron de crear una serie de obras de carácter diverso con el objetivo común de contribuir a la campaña moralizadora de la sociedad. Manuales de confesión, tratados sobre el matrimonio o tratados de familia3 marcaron la forma de actuar, pensar e interactuar con el resto de los miembros de la sociedad hispánica moderna4.

En lo que respecta a las mujeres, aquellos tratados centraron su atención en elaborar modelos de perfectas doncellas, perfectas casadas, perfectas viudas, y perfectas monjas; para convencer a las mujeres de que se ciñeran a las normas que correspondían a su estado5.

A través de este artículo analizaremos, en la medida de lo posible, el proceso de construcción de la identidad de las monjas castellanas tras la celebración del Concilio de Trento. Trataremos de advertir cómo se abordó esta tarea desde los tratados religiosos escritos por hombres del clero. Todo ello nos permitirá profundizar en el espacio que se atribuyó a las religiosas en la Iglesia de la Contrarreforma.

Trento y la vida religiosa femenina

La última sesión del Concilio de Trento6 centró su atención en los establecimientos religiosos, recordaba a sus moradores que ajustasen su vida a la regla que profesaron, y que respetasen los votos de pobreza7 y obediencia.

Además, para las mujeres, el voto de castidad vino a reforzarse con la imposición de la clausura:

Renovando el santo Concilio la constitución de Bonifacio VIII que principia Periculoso8, manda a todos los Obispos poniéndoles por testigo la divina justicia y amenazándoles con la maldición eterna, que procuren con el mayor cuidado restablecer diligentemente la clausura de las monjas en donde estuviere quebrantada, y consérvela donde se observe9.

En lo que respecta a los conventos femeninos, los padres conciliares no perdieron de vista la consideración de que la mujer era un ser inferior al hombre. Si bien en la sociedad profundamente sacralizada de la Edad Moderna, la concepción cristiana de lo femenino ocupó un lugar dominante. Las figuras de Eva y María eran los prototipos. Mientras la primera era causa del pecado, ambiciosa, traicionera, débil, fácil de tentar, la Virgen María era la figura central de la teología católica, y en ella se expresaban todas las cualidades que se esperaban de las mujeres. De este modo, la tradición cristiana construyó dos referentes femeninos conflictivos, para las mujeres su aspiración debía ser María, aunque su destino era ser Eva. La mujer no solo era considerada pecaminosa, también era inferior al hombre y debía ser controlada (así lo recoge la Biblia: «Quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón y el varón la cabeza de la mujer […]» Corintios 11, 3-7)10.

Aquella concepción motivó a los participantes del concilio a tutelar a la que, además, consideraban tener una fe menor11. Quedando así «bajo dirección de los Obispos los monasterios de monjas inmediatamente sujetos a la sede apostólica, y las demás personas deputadas en los capítulos generales, o por otros regulares»12. Esto supuso la disolución de los monasterios femeninos de la Edad Media, que desarrollaron su influencia política, social y religiosa casi al margen de sus homólogos masculinos13.

Por lo tanto, clausura y supeditación a la autoridad masculina fueron las normas básicas que contribuyeron a transformar en mayor medida los claustros femeninos en la Edad Moderna14. Y fueron los pilares sobre los que se sustentó la construcción de la identidad de las monjas postridentinas.

Identidad, construcción y conversión en los tratados religiosos postridentinos

La identidad hace referencia a las características culturales o no que definen a un individuo, indicando su pertenencia a una población que comparte aquellas características. Estas últimas pueden ser adscritas (lugar de nacimiento, filiación, etc.) o adquiridas15.

Por otro lado, entendemos por proceso de construcción de la identidad la posibilidad de montaje, fabricación, la expectativa de estructuras diferentes como punto final y la posibilidad de emplear materiales de fabricación16. Por lo tanto, hay aspectos de la identidad que se construyen, esos aspectos son las mencionadas características adquiridas, que en algunos casos pueden ser excluyentes ya que su aceptación requiere una experiencia de conversión. Es decir, una transformación radical de la identidad y de la orientación vital, al tiempo que supone el tránsito de un universo discursivo a otro17.

De este modo, para construir una identidad son necesarias herramientas eficaces, y en lo que respecta a nuestro estudio, los tratados religiosos fueron el principal instrumento.

De hecho, la lectura en los conventos femeninos fue un recurso fundamental de instrucción y educación en el camino hacia la perfección, que compartía peso con las prácticas comunitarias como el rezo y el canto, las cuales servían para determinar una identidad grupal en la que, la repetición de gestos y prácticas incorporaba en cada religiosa una conciencia de pertenencia al conjunto monástico18.

Por su parte, la lectura de los tratados religiosos postridentinos contribuyó a consolidar una ideología asumida por las monjas en los siglos modernos, mujeres que aceptaron el papel pasivo y dependiente que se les impuso19. Sus páginas recogieron los preceptos conciliares que llegaron a manos de las religiosas recluidas en el interior de los conventos gracias al confesor.

Como director espiritual, el confesor tuvo un papel muy destacado en la formación de la mentalidad de las religiosas y tras la Contrarreforma, él era quien proponía la lectura obligatoria de hagiografías, libros de ascética y otro tipo de lecturas20. Era consciente de la autoridad con la que estaba investido para dirigir a las monjas, sabiendo, además que, junto a la priora, constituían los dos poderes inmediatos a los que toda religiosa debía sujetarse21.

A pesar de no ser el objeto de nuestra investigación, hemos de remarcar el hecho de que hubo prioras que también contribuyeron a transmitir los postulados postridentinos. Lo hicieron a través de la publicación de algunas obras destinadas a guiar a las religiosas de su comunidad. Estos textos contaban con la ventaja de la experiencia vivida por sus autoras, y entre los consejos que divulgaron estaba la recomendación de leer ciertos tratados espirituales del periodo22.

El noviciado: inicio del camino hacia una nueva identidad

Ya hemos señalado que la creación de una nueva identidad supone, en algunos casos, un cambio de orientación vital que conlleva un proceso de conversión. Tal vez este fue el motivo por el que, desde Trento, se determinó que cuando una nueva seglar accediese a un convento en busca del hábito, lo primero que deberían hacer las monjas del cenobio era «atender al principio de su vocación23, y examinar bien si viene de afecto propio, o si viene violentada de sus parientes […]»24.

Siempre sería más fácil que cambiaran de orientación vital aquellas que habían abandonado el siglo voluntariamente. Sin embargo, la historiografía nos demuestra que no siempre acudieron al convento por iniciativa propia25. Ello a pesar de que en el concilio se impuso la pena de excomunión a los padres que forzaran la voluntad de las jóvenes, equiparándolos con aquellos que no respetaban la «libre voluntad de los contrayentes»26.

Así, tras la confirmación de su voluntad, la postulante, que no debía ser menor de 16 años, recibía el hábito e iniciaba el periodo de preparación y prueba durante un tiempo mínimo de un año27. Era una etapa en la que recibía información sobre su vida en la comunidad, pero, sobre todo, doctrina cristiana; un momento crucial en la vida de aquellas que optaron por tomar estado como religiosas28:

El fundamento principal de la religión consiste en los noviciados, dice nuestro seráfico doctor San Buenaventura. Por lo cual, si el noviciado está bien, la religión estará firme, y si el noviciado se relajare, la religión del convento presto se verá perdida29.

Y por todo ello el noviciado fue el primer paso en el camino hacia la construcción de su nuevo yo.

La maestra de novicias: clave en la transición de los postulados tridentinos

La correcta transmisión de los postulados tridentinos recaía en primera instancia en la maestra de novicias, ella era uno de los primeros eslabones en la tarea de construir una nueva identidad. Los escritores de los tratados religiosos eran conscientes y centraron su atención en la gran responsabilidad que tenía esta religiosa:

Pensad que vuestro oficio es el más importante de la religión y que a vos os toca dar a vuestra comunidad sujetos que la mantengan y la honren con la regularidad de sus vidas y la pureza de sus costumbres adorando al Padre Celestial en espíritu y verdad, esparciendo en toda ocasión el buen olor de Jesucristo30.

Además, semejante responsabilidad requería de una buena instructora, por lo que estas obras centraron su atención en la importancia de elegir a la persona adecuada:

Mucho cuidado es menester para escoger buenas y virtuosas maestras, las cuales sepan enseñar a sus novicias la estrecha regla que tienen de prometer a Dios y a las santas ceremonias de la religión que tiene que guardar31.

La encargada de aleccionar a las novicias debería ser prudente, discreta, observante e ilustrada. Debía demostrar una gran caridad, un gran discernimiento y un gran celo32.

Y junto a lo anterior, estos textos emplearon ejemplos prácticos, que de forma subliminal hacían referencia a la capacidad de estas instructoras para transmitir el ideario tridentino respecto al retorno de la primitiva observancia:

El que tiene casa vieja y llovediza no busca un maestro que le quiebre las tejas, sino quien se las aderece y quite las goteras, en lo cual se nos da a entender que ha de ser tan aventajada la monja que a las demás ha de adoctrinar, que se tenga en poco lo que les enseña con las palabras, respecto de la edificación que causaren sus buenas obras33.

Parte de este magisterio dedicado a la maestra de novicias la ocuparon los escritos moralistas en transmitir recomendaciones. Tener paciencia y conocer bien a las aspirantes eran características que no le debían faltar, solo así podría corregir errores ya que las faltas de las novicias se le atribuían a su maestra34.

En definitiva, estos autores, hombres del estamento clerical, aconsejaban a las educadoras de las futuras monjas seguir el ejemplo de la maestra que instruyó a la Virgen María en el Templo del Altísimo35. Por lo que ellas también formaron parte de un proceso de construcción de su identidad, la identidad de la maestra de novicias postridentina.

Futuras profesas ante la doctrina de Dios

La Contrarreforma trajo consigo una nueva concepción y representación del cuerpo. De este modo, el vínculo entre imperfección física y perfección espiritual se hizo cada vez más estrecho. Imperfección en cuanto a tentación, sufrimiento, renuncia. Perfección porque al vencer todas las anteriores se elevaba el espíritu y se hacía más evidente la proximidad a Dios36. Así, el discurso de los textos moralistas del periodo giró en torno a las virtudes y se articuló sobre la disciplina. Ejemplo de ello es la instrucción de la novicia en la importancia de la obediencia:

Siempre el ánimo de la novicia ha de ir prevenido a todas horas para hacer sin repugnancia la santa obediencia, y abrazar con gusto el vencimiento propio […]. Por esto, la más frecuente exhortación de la maestra discreta a sus nuevas discípulas y novicias, ha de tocar en este punto principalísimo de la negación propia tan encomendado de Nuestro Señor Jesucristo como primer fundamento de la perfección cristiana37.

De hecho, «una de las más principales virtudes que la religiosa puede tener es la obediencia: por lo cual debe mucho preciarse de ser obediente a sus preladas, y no solo a ellas más aún a las campanas o señas […]»38.

En el camino hacia la perfección, la enseñanza de la doctrina cristiana era fundamental, no en vano estos escritos la recogieron en sus páginas, e incluso ofrecieron una explicación sobre ella39.

Además, había que instruir a la novicia en la regla y constituciones de la orden, conducta interior y exterior. Debía adquirir una nueva forma de hablar:

De tal manera ha de guardar el silencio la nueva religiosa que no ha de hablar palabra con ninguna monja, sino con la abadesa, vicaria y su maestra, salvo si ellas mandasen que hable con alguna palabra. Y cuando hubiere de hablar sea con pocas palabras, y no debe hablar ni aún con sus preladas, sino fuere cuando tuviere necesidad de pedir algo, o preguntar alguna cosa necesaria40.

Tenían que moverse de un modo concreto41. Debía aprender a mirar, y por supuesto, tenía que conocer los deberes que le imponían los votos solemnes42.

La profesión: renunciar y convertirse

El itinerario de incorporación a la vida religiosa culmina en la profesión43. Suponía la renuncia al siglo, al mundo. Se producía una conversión a asumir el nuevo yo. Por lo tanto, era un momento crucial en la creación de una nueva identidad, ya que en el Concilio de Trento se destacó su importancia:

Que todas las personas regulares, así hombres como mujeres, ordenen y ajusten su vida a la regla que profesaron, y que en primer lugar observen fielmente cuanto pertenece a la perfección de su profesión, como son los votos de obediencia, pobreza y castidad, y los demás, si tuvieren otros votos y preceptos peculiares de alguna regla y orden, que respectivamente miren a conservar la esencia de sus votos, así como a la vida44.

Una inquietud que reflejaron los tratados religiosos postridentinos, que incluso llegaron a escribir obras dedicadas exclusivamente a este momento de la vida de las monjas.

Una obligación perpetua: los votos solemnes

Los votos solemnes pronunciados en la profesión consisten en la entrega y aceptación perpetua, absoluta e irrevocable a la religión45. Su relevancia quedó reflejada en los tratados religiosos del periodo:

Porque la que ha de profesar se consagra al Divino Culto, interior y exteriormente, pues uno y otro le sacrifica, ofreciendo a su servicio cuerpo y alma sin la menor reserva y este es el fin del Divino Culto. Esto lo hará por medio de los Votos que la harán Religiosa. […]. Son cuatro excelentes virtudes, pobreza, obediencia, castidad y clausura46.

En lo que respecta al voto de pobreza, Trento prohibió que los religiosos tuvieran propiedad privada47, motivo por el que estos escritos incidieron en la importancia del voto de pobreza, que debía abarcar todos los ámbitos de la vida, hasta los libros deberían ser pocos, y devotos, y no adornados «que más valen pocos y bien pasados que muchos y llenos de polvo»48.

Por otro lado, ya hemos señalado que la maestra de novicias debía transmitir la importancia del voto de obediencia desde la llegada de la postulante al convento. De hecho, la obediencia49, además de voto solemne era considerada como una gran virtud50, «no hay alma tan señora, y libre en la religión, como la que perfectamente obedece a sus prelados, ni tan cautiva en tierra de moros, como la que no sabe obedecer»51.

Pero, sobre todo, era el pilar sobre el que se sustentaba el disciplinamiento social52 al que fueron sometidas las religiosas tras Trento, ejemplo de ello es la obediencia que debían a su director espiritual:

Lo que generalmente profesasteis todas las religiosas fue los votos, en éstos, el de la obediencia es fuerza del que estáis obligadas a obedecer al prelado en todo lo que manda para precaver, o desterrar desórdenes, relajaciones, estorbos, y escollos de la vida verdaderamente religiosa y que corta los vuelos a la virtud y a la perfección53.

Precisamente, la inobediencia de las monjas podía dañar seriamente los acuerdos de Trento, por este motivo, desde los tratados religiosos se las advirtió que:

La inobediencia, pecado gravísimo de su género, y qué otra cosa podía ser, teniendo por madre a la soberbia, o vanagloria, de cuyas entrañas nace, es pecado tal que en la pena y castigo lo igualó Dios a la blasfemia y adulterio; pues a éstos y a los inobedientes mandaba que los mataran a pedradas54.

En lo que respecta al voto de castidad, estos escritos advirtieron que «no solamente la religiosa debía ser casta en el cuerpo y la voluntad, también lo debía ser de corazón»55.

Tal vez el remedio más efectivo para su conservación era el temor a Dios, pero, también era importantísima la guarda de los sentidos, de tal modo que las monjas no debían tocar, ni mirar, ni hablar a persona humana alguna a no ser por el motivo de la obediencia56.

No escatimaron los autores moralistas en advertencias a este respecto era mucho lo que había en juego, al fin y al cabo, la castidad de estas mujeres representaba en última instancia el honor de la Iglesia: «siempre que la religiosa se detiene voluntariamente en algún pensamiento deshonesto, peca mortalmente»57.

Finalmente, el voto de clausura «muro de la castidad y de todas las virtudes, el engaste donde se conservan y resplandecen»58, obligaba a las religiosas a desarrollar su actividad vital en el interior del convento, se les prohibía salir de la puerta del mismo y prohibía el acceso al interior de seglares. De hecho, Trento «amenazó con la maldición eterna a todas las personas temerarias que sin causa verdadera entran en la clausura de las esposas de Cristo»59.

Tal era el temor de la Iglesia a que sus religiosas incumplieran este cuarto voto que:

Si saliese de ella sin la debida licencia cometería dos pecados mortales distintos, el uno de inobediencia contra el precepto de la Iglesia y el otro de sacrilegio contra el voto solemne que hizo en su profesión60.

De este modo, tras la emisión de los votos solemnes, la monja asumía una nueva identidad. Se había producido esa conversión a la que nos hemos referido, ya que al aceptar su nuevo estado, su proyección vital pasaba a ser radicalmente distinta a la que tenía cuando accedió al noviciado.

Una identidad en permanente construcción

Cabría pensar que el proceso de construcción de la identidad de las monjas castellanas de la Contrarreforma terminaba con la profesión, nada más lejos de la realidad. La Iglesia continuó el proceso de construcción de su identidad añadiendo a las características adquiridas durante el noviciado nuevos rasgos.

Así, mientras se procuraba que las esposas de Dios transitaran por el camino correcto durante toda su existencia, labor en la que colaboraron los tratados religiosos del periodo recordándoles que «la religiosa joven tiene mayor obligación de ser virtuosa que cuando era novicia»61. Se les recriminaban las posibles faltas que pudieran cometer llegando algunos autores a escribir en nombre del sagrado Esposo: ¿Dónde está vuestra obediencia y dónde la sujeción que debéis al esposo62?

Del mismo modo, estas obras sirvieron como guía de vida de las religiosas advirtiéndolas cómo debían comportarse en los espacios comunes, coro, refectorio; o en espacios privados, caso del dormitorio. También incidieron en aspectos propios de la vida religiosa tales como el examen de conciencia o la comunión63.

Además, al igual que hicieron aleccionando a la maestra de novicias sobre la importancia de su cargo, también ejercieron su magisterio sobre el cargo de máxima autoridad en los conventos, el de priora:

Debe tener, y manifestar una indiferencia verdadera respecto de tal empleo […]. Debe pensar cada día y reflexionar continuamente, que su calidad de madre y de superiora la obliga a una virtud más eminente y más distinguida […]. Que ella no es para sí misma, sino para su rebaño, para su comunidad […]. Que está en lugar de Jesucristo y que por consiguiente es preciso que sea en modo alguno otro Jesucristo para ellas64.

Y junto a lo anterior, estos escritores abordaron cuestiones conflictivas que acuciaron a las monjas del Barroco: mortificaciones65, arrobos o visiones66:

No se podrá decir que sois vosotras las azucenas, aunque tiernas e incipientes colocadas en el más precioso vergel del divino jardinero Jesucristo, que se recreará, complacerá, y alegrará entre las fragancias suavísimas de virtudes que exhaléis de pobreza, pureza, obediencia y entre las espinas de tantas penitencias, mortificaciones, disciplinas, ayunos67.

A modo de conclusión

Gracias al análisis de varios tratados religiosos postridentinos hemos podido advertir cómo se construyó la identidad de las monjas castellanas de época moderna. Un proceso por el que sus autores trataron de transmitir un mensaje que integraba una forma de ser, y de estar, acorde a los preceptos emanados del Concilio de Trento. Una táctica que se prolongó durante toda la experiencia vital de aquellas mujeres.

Advertir a la recién llegada al convento de la importancia de la obediencia fue el punto de partida del ideario que desarrollaron estos escritos. Algo comprensible si tenemos en cuenta que el proceso de construcción de identidad de las monjas durante la Edad Moderna se sustentó en un férreo proceso de disciplinamiento.

De este modo, el periodo de noviciado ocupaba un lugar privilegiado en los tratados religiosos que hemos estudiado. No hay que olvidar que sus autores eran hombres pertenecientes al estamento clerical y estaban al servicio de la Iglesia, motivo por el que eran conscientes de que este periodo de preparación abría la puerta a la vida conventual y religiosa. Precisamente por ello centraron su atención en la labor de la maestra de novicias, que como sucedía con las prioras de los conventos, representaba un eslabón fundamental en la cadena de transmisión de los preceptos postridentinos.

También fue objetivo prioritario de estos textos la profesión de las religiosas. De hecho, entre sus páginas ocuparon un lugar destacado las lecciones moralizantes, que centraban su atención en el significado de los votos solemnes que asumiría la joven al profesar. Era tan importante que las novicias acataran los votos, auténticos pilares de su vida en comunidad, que los escritos que hemos estudiado presentaban una diatriba a las novicias: imperfección física o perfección espiritual. Desde luego no era una cuestión menor ya que como hemos desarrollado en este análisis, la profesión requería de cierta conversión y suponía un punto de inflexión en el proceso de construcción de la identidad de las monjas.

Finalmente, hemos constado que la identidad de estas mujeres estuvo en permanente construcción, puesto que siendo ya profesas en estos textos se las continuó recomendando cómo debían actuar en espacios públicos y privados, se controló su espiritualidad y, cómo no, se las exhortó al examen de conciencia68.

Todo ello nos sugiere que, ser monja en Castilla durante la Edad Moderna, formó parte de un plan dirigido por la Iglesia que tuvo su punto de inflexión en los postulados emanados en el Concilio de Trento, y en el que los tratados religiosos escritos por hombres de la propia institución ejercieron una labor fundamental. Fueron la herramienta de difusión y adoctrinamiento. Todo ello fue posible gracias a un férreo disciplinamiento ejercido sobre estas mujeres.

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Fuentes

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  • 1Marín Marín, 2012..
  • 2Tineo, 1996.
  • 3Hernández Bermejo, 1987-1988.
  • 4Marín Marín, 2012,p. 21.
  • 5Vigil, 1986, p. 17.
  • 6Sesión XXV, De los Regulares y Monjas (Latre, 1845, p. 33-336).
  • 7En lo que respecta a las mujeres, el Concilio de Trento fomentó, además, el cambio económico en las comunidades femeninas. Era necesario sanear la hacienda y evitar la mendicidad que conllevaba el incumplimiento de la clausura. Para ello los superiores de cada orden eran los encargados de limitar el número de monjas a las rentas disponibles en el convento, así como de dictar las normas básicas de la administración económica. Entre otras, de marcar las directrices en la inversión y la cuantía máxima de la dote que debía aportar la religiosa antes de profesar (Soriano Triguero, 2000).
  • 8El primer documento oficial que ofrecía una ley universal de la clausura para todas las monjas, la decretal de Bonifacio VIII Periculoso (1298), en la que se prevenía fundamentalmente contra los posibles escándalos y abusos de las monjas que entraban y salían del convento muchas veces por auténtica necesidad de pedir para comer. Sin embargo, la repercusión de la bula resultó bastante reducida (Sánchez Hernández, 1997, p. 326).
  • 9Latre, 1845, p. 337.
  • 10Alife et al., 1992, p. 113-118.
  • 11Según Jean-Michel Sallman, la inferioridad de la mujer es también espiritual, así lo recuerda el sustantivo fémina = fe minus, fe disminuida (1992, p. 475).
  • 12Latre, 1845, p. 342.
  • 13Soriano Triguero, 2000, p. 482.
  • 14Ibid., p. 493.
  • 15Galván Tudela, 2010.
  • 16Ibid., p. 480.
  • 17Ibid., p. 482.
  • 18Loreto López, 2000.
  • 19Soriano Triguero, 2000, p. 489.
  • 20Pazzis, 2010.
  • 21Lavrin, 1993.
  • 22Véase sobre este particular las obras de la Madre María Petronila de Apérrigui (1782, p. 51-52) y de Sor Ángela María de la Concepción (1691, p. 373). Para la labor educativa de algunas prioras a través de sus escritos, véase Verónica Zaragoza Gómez (2018).
  • 23Latre, 1845,p. 348.
  • 24Arbiol, 1717, p. 35.
  • 25Véase Graña Cid, 2012.
  • 26Latre, 1845, p. 288 y 348.
  • 27Ibid., p. 346.
  • 28Una aproximación a la experiencia personal de las novicias durante el noviciado en Silvia de la Fuente Pablos (2019, p. 35-61).
  • 29Arbiol, 1717, p. 1.
  • 30Quiles, 1774, p. 447.
  • 31Cerda, 1599, f. 92v-r.
  • 32Quiles, 1774, p. 435.
  • 33Cerda, 1599, f. 92r.
  • 34Ibid., f. 98r-99r.
  • 35El padre Arbiol hizo referencia a un pasaje de la Historia de la Mística Ciudad de Dios en la que María se separaba de sus padres para acceder al Templo de Dios (1717, p. 65-66).
  • 36Sánchez del Olmo, 2013.
  • 37Arbiol, 1717, p. 70.
  • 38Cerda, 1599, f. 123r.
  • 39«Texto literal de toda la doctrina cristiana, y su breve explicación» (Arbiol, 1717, p. 96).
  • 40Cerda, 1599, f. 118r.
  • 41Ibid., f. 117r.
  • 42Durante el Concilio Laterano II en 1139, se estableció la diferencia entre voto solemne y voto simple. Los primeros son emitidos por las monjas en su profesión religiosa, son públicos, perpetuos y suponen jurídicamente «la muerte al mundo». Los votos simples, profesados por beatas, son privados y temporales (Fraschina, 2006).
  • 43Vizuete Mendoza, 2013, p. 105. Sobre la variedad de ritos en cada orden religiosa véase las páginas 110 a 114 de esta obra.
  • 44Latre, 1845, p. 333.
  • 45Royo Marin, 1965, p. 68-69.
  • 46Barón, 1727, p. 12.
  • 47Latre, 1845, p. 334.
  • 48Estrada, 1702, p. 9.
  • 49Considerada la columna vertebral de la vida en comunidad, la obediencia tenía límites: se debía obedecer solo aquello que se prometió al Señor y lo que no se oponía a su conciencia, ni profesión, es decir, la regla las constituciones y los tres consejos evangélicos (Fraschina, 2006, p. 142-143).
  • 50Para que la obediencia religiosa fuera perfecta era necesario que fuera inspirada por motivos no humanos. Solo entonces era considerada una verdadera virtud cristiana (Royo Marin, 1965, p. 357-358).
  • 51Estrada, 1702, p. 15.
  • 52Véase Federico Palomo, 1997.
  • 53Carrascal Rivera, 1780, p. 233.
  • 54Barón, 1727, p. 89.
  • 55Cerda, 1599, f. 126r.
  • 56Arbiol, 1717, p. 187.
  • 57Ibid., p. 191-193.
  • 58Ibid., p. 196.
  • 59Ibid., p. 197.
  • 60Arbiol, 1717, p. 197.
  • 61Ibid., p. 239.
  • 62Posadas, 1739, p. 9-13.
  • 63Estrada, 1702, p. 31-47.
  • 64Quiles, 1774, p. 412-416.
  • 65Véase María Ángeles Pérez Samper, 2000.
  • 66Véase Rosa María Alabrús Iglesias, 2019.
  • 67Carrascal Rivera, 1780, p.173.
  • 68El sacramento de la confesión era un instrumento de control social muy eficaz para la Iglesia ya que le proporcionaba un poder inigualable en la orientación de las conciencias individuales (Palomo, 1997, p. 126).
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