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Tapa del libro Mujer e identidad en tierras hispanohablantes Show/hide cover

Pensar y escribir en femenino como constructores de identidad en el siglo 19 en España

Este trabajo se inscribe en el marco del Proyecto «Mujeres, familia y sociedad. La construcción de la Historia Social desde la cultura jurídica, ss. XVI-XX» (PID 2020-117235GB-I00), financiado por la Agencia Estatal de Investigación, Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España.

La educación dada a la mujer en España es un grillete puesto a su inteligencia; los prejuicios son un muro de hierro colocado en su camino […]. Jamás los hombres que gobiernan podrán decir que han hecho todo lo que podían por su país mientras se relegue al olvido la inteligencia y la instrucción femeninas […]. Y usted, Sr. Escuder, perdone la vida a las pobres mujeres que por deber o afición cultivan la literatura, y esperando que no las clasificará usted por tan menguado argumento entre sus Locos y anómalos, se despide de usted su más humilde servidora que su mano besa y es LA ÚLTIMA DE LAS ESCRITORCILLAS ESPAÑOLAS1.

Esta carta que tuvo que esperar meses y fue acogida en 1896 en La Época (periódico conservador y decano de la prensa política madrileña) por no serlo en el influyente El Imparcial, donde se reseñó la obra del psiquiatra Escuder, refleja el eco de una batalla emprendida medio siglo antes, si bien la instrucción seguirá como deuda del Gobierno para con ambos sexos. La justificación de la autora, «es un deber su humilde insistencia», su despedida y firma delatan el arma de la humildad con que batallan las mujeres que escribían desde mediados del 19. Como entonces es humildad aliada con el humor, sirva en esta autora:

no me cuento en el número (más imaginario que real) de esas mujeres que usted describe a las cuales la electricidad atmosférica muda de humor, y el flujo y reflujo orgánicos distienden y dislocan las ideas, lo que no hacen ni la electricidad ni otras cosas podrían hacerlo algunas de las aserciones de usted, y eso de que un médico haga enfermar a las gentes es de lo más anómalo del mundo.

Como entonces, es también falsa humildad, mutada en autoridad: «permítame que le diga que anda usted malísimamente informado en cuanto a una parte de mi sexo se refiere», y le recrimina ser de los que, ante algún éxito femenino, «salga algún que otro caballerete a defender las ventajas del viejo sistema de monopolio general ejercido por los hombres». Como medio siglo antes, esta autora sale al paso de insultos y elogia a su sexo, no reivindica sus derechos políticos, sino los que siguen urgentes por conquistar, instrucción y trabajo:

Que nos llame usted a las mujeres egoístas, tontas, sensuales o místicas por anomalía mental, es cosa que todas pueden pasar por alto. Lombroso, Strindberg, Nietzsche y demás antifeministas nos lo han dicho antes que usted, sin que nadie les haya hecho caso; pero eso de que nos dé usted patente de poco pudorosas a las contadas mujeres que en España tenemos el atrevimiento de escribir para el público, me parece a mí que merece rectificación.
Aseguro a usted que no deseo para mis compatriotas la emancipación tal y como la entienden las mujeres en otros países; desearía sí, verlas emancipadas de la tradición secular, que las impide ejercer una carrera apropiada a sus condiciones físicas; iniciar y desarrollar industrias útiles; instruirse, en fin, convenientemente para que una vez madres, puedan formar el espíritu de sus hijos de modo que las influencias exteriores no les perjudiquen.
La quisiera ser instruida sin ser bachillera y segura que de su propio esfuerzo depende su porvenir. Quisiera para ella todos los bienes que merece por sus virtudes, su fortaleza y esa misma sumisión natural que usted invoca, y uno de los deseos más ardientes de mi corazón es que ustedes, los hombres que todo lo pueden, no se opongan al progreso intelectual de las pobres mujeres, cerrándolas el camino con la indiferencia, la burla o la crítica malévola (p. 3).

La autora quiere atraer el apoyo de los varones. Es feminismo de integración que al fin de siglo se sirve cada vez más de periódicos generales en lugar de solo la prensa femenina, donde echó raíces a mediados del 19. Esta autora recoge los frutos desde entonces, publicada su vindicación en 1896 en un periódico general con más facilidad.

La identidad femenina: pugnado encaje entre sus utilidades doméstica y discursiva

La utilidad social de la mujer registra lentos cambios. Sumisión, discreción y castidad definen su identidad desde la Edad Media2, y si es más reconocido su papel desde el siglo 163, y los humanistas Luis Vives y Pedro Luján piden su educación, esta es para seguir ejerciendo domesticidad y virtudes (honestidad, templanza, mansedumbre, obediencia y pudor)4. Aunque este discurso choque con la transgresión femenina, aunque el siglo 18 aumente su libertad y el Romanticismo aliente sus álbumes como instrumento de poder, que la casadera burguesa construye pidiendo versos y otros5, son cortas oportunidades atadas por el discurso burgués que sigue aunando domesticidad y virtudes.

El Liberalismo abrazó el modelo educativo rousseauniano de domesticidad de la mujer, entregándola el gobierno del hogar y el control emocional de marido e hijos. Para María Cruz Romeo, este es un eje del proyecto liberal aceptado por derecha e izquierda6. Domesticidad y complementariedad de sexos: la familia como escuela de ciudadanos y patriotas es corresponsabilidad del padre y de la madre7, pero el orden burgués es de sexos en familia y sociedad. Complementariedad que al ordenar las esferas pública (masculina) y privada (femenina) desemboca en el prototipo femenino del ángel del hogar, de origen anglosajón y extendido sin fronteras en el siglo 19, de educar a la mujer para su hogar e hijos, apartándola de reivindicar la igualdad8.

El Periódico de las Damas (1822) y Correo de las Damas (1833-1835) preludian el ángel del hogar de la mano de sus fundadores varones en estos albores liberales, en un claro intento de tutela femenina9. El impulso de la prensa femenina para difundir tal modelo y ampliar el negocio periodístico con las lectoras, alegando sacarlas de su aburrimiento, paradójicamente abre su esfera privada, donde se las quería recluir, visibilizando a escritoras y lectoras que toman a la mujer por objeto y sujeto de su narrativa y lecturas. Las mujeres tuvieron que pagar el peaje de la tutela masculina que edita sus revistas, pero fracasa la consigna del Correo de las Damas de disuadirles de expresarse literariamente10. La profesionalización de las escritoras de las revistas femeninas apunta hacia 1840-1850 y se consolida en los años 6011. De su mano se conforma lo que cabe calificar de utilidad discursiva femenina. La burguesa se arroga la defensa del ángel del hogar para moralizar según los valores burgueses, enseña las normas de conducta y el papel que debe tener la mujer en la sociedad, complemento del varón como ejemplar hija, esposa y madre formadora de ciudadanos y, a este fin, reivindica su instrucción.

De este prototipo mayoritario del ángel del hogar se separan las mujeres del núcleo fourierista de Cádiz12, que como las francesas de 1848 piden la igualdad de sexos y mejores condiciones de vida para las trabajadoras en el que se ha calificado de primer manifiesto feminista de 1857: La mujer y la sociedad de Rosa Marina13. En sus revistas (1856-1866) y por su ideología fourierista, rompen con el ángel del hogar sumiso para defender claramente la emancipación, sirva el pseudónimo Rosa Marina:

Esta emancipación consiste por ahora, en el reconocimiento y ejercicio de su derecho a la instrucción, y a optar a toda clase de carreras y posiciones sociales, sujetándose a iguales condiciones que los hombres, y a disfrutar de todas las ventajas, honores, consideraciones y garantías, tanto civiles como políticas, anejas por las leyes a las mismas carreras, empleos o posiciones14.

Tras esta rebeldía hay coincidencias con las defensoras del ángel del hogar, que podemos extraer del estudio de aquellas por Gloria Espigado15. A saber, coinciden en: su defensa del orden familiar, la virtud femenina, su maternidad, función social y educadora; en que no se movilizan tanto por la igualdad ni cuestionan el papel de la mujer, sino que priorizan reivindicar su libertad, entendida como acceso a la instrucción y al trabajo, garantes de su independencia para elegir esposo o estado. También comparten dificultades. Antes de que las fourieristas topen por su socialismo con la censura de las autoridades16, las burguesas reciben coléricas ofensas de los periodistas burgueses, manifiestas en su mofa, los despectivos de literata, escritorcilla, bachillera, marisabidilla, publicista y en mandarlas a sus oficios mujeriles. Así reciben a la «cruzada femenina»17 anunciada por su editora, Alicia Pérez de Gascuña, al presentar el madrileño Ellas el 1 de septiembre de 1851, vindicación contra el yugo masculino que se ha relacionado con el derecho de petición para las mujeres expuesto en la Asamblea Nacional francesa en ese verano18. Relación que extendemos a su gemela La Mujer, Periódico defensor y sostenedor de los intereses de su sexo, redactado por una sociedad de jóvenes escritoras, del que no se conserva su primer año de edición pero sí consta el duro rechazo de sus colegas madrileños:

Se ha lanzado a la palestra periodística un cofrade titulado La Mujer, y ya que el nuevo colega, redactado por escritores del sexo contrario se muestra dispuesto a poner cuanto esté de su parte para presentar a las mujeres ante los ojos del hombre como dignas de su amor, de su protección y confianza, al propio tiempo que para declarar al hombre guerra sin tregua en el caso que fuese tirano, opresor o cosa tal, preciso es que echemos nuestro cuarto a espadas en la materia, no haga el diablo que anteponiendo las nuevas publicistas su segundo fin al primero, siembren ideas disolventes entre nuestras contemporáneas […]
La mujer, a nuestro juicio, es la hembra del hombre […] cierta redactora del periódico La Mujer, que se firma Jacoba, quizás la considere un si es no es inexacta, por cuanto dentro de nuestra definición no caben los que ella llama sus derechos […] Con perdón sea dicho de nuestra apreciable colega, cuya doctrina no revela ciertamente los varios achaques y los once lustros que se echa encima, parécenos que resultaría una gran inconexidad en conceder derechos a la mujer, considerada en su relación natural con el hombre, entre otras razones mil, por la sencillísima de que tendría que apelar, para sostenerlos, al apoyo del mismo contra quien los pide […]
Nuestro femenino colega no ignorará que hasta el ciudadano Caussidière […] no pudo tolerar cierto club que se estableció en París con el nombre de Club de las Mujeres […] Los derechos, por otra parte, que aquellas ciudadanas querían conquistar por medio del club, tenían que arrebatarles imprescindiblemente la probabilidad de ascender al matrimonio, por cuanto no suelen ser las mujeres con los dedos manchados de tinta lo que busca el hombre aburrido del celibato; sino mujeres caseras, hacendosas, afables; mujeres, en fin, de esas que no saben más que amar y obedecer a sus maridos, vegetar a su sombra como la vid enlazada al olmo, y recibir de ellos la felicidad al propio tiempo que hacen felices.
[…] hallámonos conformes con lo que consigna nuestro enfadado cofrade en el proemio de su primer número, respecto a que la mujer debe poner de su parte todo lo posible por merecer el amor, la confianza y la protección del hombre. Esta y no otra es la misión de la mujer sobre la tierra, y esa y no otra es también la base más segura de su felicidad. Tan excelente propósito está en contradicción manifiesta con el que La Mujer indica a renglón seguido, de declarar guerra sin tregua ni descanso a los tiranos y malvados, opresores y difamadores del sexo […] una mujer que quiera y sepa cuidar su casa es un tesoro; una literata ha pasado, pasa y pasará siempre por una calamidad a no ser que se llame Santa Teresa de Jesús, o a menos que se reserve para vestir imágenes […] nosotros opinamos en este punto como Beaumarchais en la ópera Le maître de Chapelle. La criada del maestro se le queja de que no puede desterrar de su pensamiento el recuerdo de la patria, y amostazado el pobre hombre le contesta: Mais la patrie c’est la cuisine, mon enfant!19

Este artículo saluda entre la mofa y el insulto a «La Mujer-folleto», y a sus redactoras, «damas a tal cual par y medio de señoritas como varales» y otras «viejas (nuestro femenino colega es responsable de esta palabra)». Lejos de aislada, es reacción airada que resuena en la periferia, pues Diario Constitucional de Mallorca reproduce al madrileño La Esperanza:

Cuando vimos anunciados los dos periódicos Ellas y La Mujer, que hoy en efecto parece forman parte de la prensa madrileña, creíamos que la circunstancia de haberse de redactar por señoras no pasaba de ser un medio ingenioso de dar cierta novedad a la publicación, pero cuando examinamos los primeros números, y más aún cuando la voz general nos ha indicado hasta los nombres de varias literatas que concurren a su confección, no nos cabe duda de que esta porción del bello sexo trata de rivalizar con los hombres en el manejo de la pluma […] No lo lleven a mal las señoras publicistas, y perdónennos si por hoy nos mostramos poco galantes; pero no nos parece bien que mientras los hombres sudan para mantener a las mujeres, las mujeres hagan sudar a las prensas contra ellos. No es envidia, créannos; es solamente miedo […] nos asusta pensar en una época en que las mujeres tomaran el escribir para el público, como una profesión. ¿Qué significaría eso? ¡Ay! Significaría que rehusaban aceptar las enseñanzas de los hombres para sí y para los restantes individuos de su sexo; significaría que aspiraban a dirigir la opinión pública; significaría que se habían fastidiado de los placeres domésticos; significaría… significaría tanto que no nos atrevemos a decirlo.
¿Pues y las consecuencias? La menos importante sería excitar la envidia de las no escritoras […] Una mujer periodista… olvidábamos que las hay entre nosotros ya […] Las que conocemos de este nuevo oficio servirían de garantía contra el abuso del cuarto poder puesto en sus manos […] otras que acaso no reúnan ni la instrucción, ni el juicio, ni los bellos sentimientos de las primeras. Y si el contagio cundiere entre las literatas; si la manía de poner en letras de molde todos sus pensamientos produjese manía de leer en las que no saben escribir, ¿qué sería de nuestra cocina, de nuestro guarda-ropa, de la cuna de nuestros hijos y hasta de nuestro lecho?
[…] ¿Están realmente dispuestas las redactoras de Ellas y la Mujer a batirse por una tilde que falte o sobre en ciertos nombres propios? Si no lo están, o prepárense o dejen el oficio, porque periodista sin resolución para romper la cabeza de un tinterazo si no acepta duelos, o a horadar la piel de un quisquilloso si los admite, no sirve para estos tiempos de discusión pública. Hay más; y es que para escribir no basta ajustarse a las reglas de la retórica y poesía, sino también a las del Código Penal […]
Pero no queremos despedirnos de ellas […] y como prenda de cordialidad las regalamos la siguiente traducción de algunos pasajes de una carta del conde de Maistre, a su hija […]: "En una palabra, la mujer no puede adquirir superioridad sino como mujer, y por lo mismo cuando se empeña en rivalizar con el hombre, degenera en mona"20.

Es insulto delator de temer que la mujer llega para quedarse en su campo periodístico. Cabe valorar la valentía de las primeras escritoras, que ante este desafío dicen lo mismo, sean burguesas:

[…] El prospecto de ELLAS ha producido una confusión general […] ¡Ellos han temblado! El pavor se ha recogido en sus corazones, y nuestro triunfo parece afianzarse de esta manera. Bello se presenta el horizonte del porvenir, hijas de Eva. ¡Sús! ¡A reñir sin tregua ni descanso!
¡Ellos! ¿Qué significa esta palabra? ¿Acaso podrá manifestar un poder absoluto, una facultad universal, un derecho indisputable a la dominación de las criaturas? ¿Acaso hemos podido creer que solo ellos son capaces de figurar en el mundo intelectual, de ejercer la autoridad sobre todas las cosas y de mantener bajo su exclusiva dependencia cuantos elementos constituyen las sociedades?
¡Cuán lejos estamos de pensar de ese modo! Nos creemos con facultades más extensas de las que nos señalan; nos juzgamos aptas para mucho, y he aquí porque no hemos vacilado en escribir, dando a la luz un periódico para nosotras, donde se ventilen todas las cuestiones que hasta el día hayan permanecido en el polvo del olvido. Dispuestas nos hallamos a sostener la dignidad que nos compete, y ¡ay de los que, olvidándose del decoro o de la prudencia puedan llegar a acrecentar nuestro mal humor! Difícilmente conseguirán de nosotras el perdón de sus excesos, porque intolerantes por represalias, no hemos de dejar títere sin cabeza ni rincón sin husmear21.

O sean fourieristas: «no me daré por ofendida del ridículo ni de las sátiras burlescas […] Los hombres […] se crean honrosas y lucrativas carreras a costa de la mujer […] ella es tan apta y digna como él de ser libre»22. Con todo, las mujeres sabían que ganaban más calmando los temores masculinos. De ahí su ejercicio de autocontención, de un paso atrás para colocar el pie hacia delante. Aceptan el peaje de tutela masculina, pero lo convierten en su aliado: inician un feminismo de integración, es decir, desde el diálogo con los hombres que las apoyan, y que asoma temprano. Ellas presume de «sus protectores de la mujer» (p. 2), aunque tuvo que aceptar a alguno que más parecía enemigo como veremos, y si renuncia a la emancipación, no a defender a su sexo y su derecho a la educación:

La idea de nuestra publicación se ha interpretado malamente por algunos suponiéndola exagerada, y dando pábulo a creerla un si no es avanzada. Comprendemos muy bien nuestros sagrados deberes en la sociedad, y de ninguna manera apeteceríamos esa completa emancipación de nuestro sexo, opuesta en todo a los buenos principios de la moral y la religión. Solo queremos defendernos e ilustrarnos: he aquí resumidas nuestras aspiraciones23.

En palabras de la fourierista Margarita Pérez de Celis en el prólogo a Rosa Marina: «El sexo fuerte lejos de temer, debe regocijarse de los deseos de instruirse que manifiesta la mujer para alcanzar por sus virtudes y por su ciencia una posición social independiente […] la haga digna del amor del hombre y del aprecio de la sociedad» (p. 7). En ese tira y afloja, cierto que ni Ellas ni La Mujer enarbolan la emancipación, y que la presencia masculina cobra posiciones en sus páginas24. Tampoco cabría pedir más en esos tiempos de construcción liberal, conscientes de ser burguesas y de su duro camino de pioneras. Cabe valorar que fueron capaces de idear estrategias exitosas de lucha, reproducidas en adelante. A saber: los amigos/feminismo de integración y la bandera de la religión y la moral son sus dos escudos protectores, exhibidos desde este primer número de Ellas y luego en las páginas de Rosa Marina. Este número de Ellas también revela sus armas. Primera, «usando del mejor humor y con la risa siempre en los labios», con que restar las invectivas masculinas; para Rosa Marina, en cambio, «el silencio es la mejor» (p. 2). Segunda, la humildad para calmar los temores masculinos y hacerse un hueco en la prensa: «Nuestra revista está inaugurada; su mérito es escaso, pues no puede ser otra cosa: nosotras ni blasonamos de escritoras ni hemos sabido nunca lo que trae consigo el movimiento literario en la difícil confección de un periódico de doctrinas»; Rosa Marina: «mi falta de erudición y de elocuencia […] plumas mejor cortadas que la mía» (p. 1 y 29). Tercera, visualizar los pensamientos y emociones femeninos a través de la escritura de mujeres en prosa o en verso.

Cuando las escritoras de Ellas, desde su cuarto número, fueron relegadas por los varones sobre todo a la sección lírica25, la aprovechan para visualizar los sentimientos femeninos, especialmente el amor, también exaltado por las fourieristas26, y fue el espacio donde se entrenan escritoras influyentes como Ángela Grassi, literatas como Carolina Coronado y otras noveles. Fue el espacio donde denunciar entre líneas la opresión de su sexo, como hizo Vicenta García de Miranda en 1851 bajo el expresivo «Entusiasmo y desaliento»:

¡Venga mi lira! Con ella/ cual errante trovador/ de ese mundo seductor/ quiero el ámbito cruzar/ ¡Venga mi lira! Sus ecos/ ya lánguidos, ya expresivos,/ ya dolientes, ya expansivos,/ se unirán a mi cantar./ Sí, quiero ver este mundo/ que en mis sueños he creado,/ quiero salir de mi estado de marasmo y de sopor./ Ya me cansa, me fatiga/ esta vida estacionaria;/ quiero existencia más varia/ quiero otra vida mejor./ […] Dejadme pasar do el hombre disfruta de su albedrío;/ y soy libre, dice; es mío/ del cielo el ancho dosel./ Los seres, la tierra, el viento/ son tributo a mi valor:/ me da la mujer su amor,/ su obediencia mi corcel./ Más ¡oh sueños!.. sueños míos,/¿do lleváis mi pensamiento?/ Ved que es mayor mi tormento,/ cuando es más grato el soñar./ Esos cielos, esos mares,/ ese mundo, esos placeres,/¡ay! Las débiles mujeres/ no podemos contemplar/ Que si es cierto que los hombres/ nuestra lira nos dejaron/ los canceles nos cerraron/ de ese mundo, de ese edén/ Siempre, siempre en sus dinteles/ anhelantes nos miramos:/ ¡ay! Verdad es que cantamos…/ pero lloramos también./ Así también el canario/ en sus doradas prisiones/ puede libre sus canciones/ y sus trinos modular./ Allí le miman, le alagan/ y le cuidan con esmero,/ y le llaman compañero…/ mas no le dejan volar./ ¡Y feliz el que consigue una tierna compañera,/ que su suerte partir quiera/ sus placeres y su amor!../ Y más feliz la cantora/ que consigue en su quebranto/ que otra voz se alce a su canto/ y acompañe su clamor!/ Más triste de la que sola,/ en sus prisiones sujeta,/ con un alma de poeta la gloria llega a entrever./ El ruiseñor en la jaula/ solamente vive un día…/ así pues la mente mía/ se muere opresa en mi ser27.

La escritura femenina burguesa se abrió paso como eficaz colaboradora en difundir el prototipo del ángel del hogar, de ahí apodadas escritoras de la domesticidad, que lo compartirían como burguesas y en contribución a la sociedad que se construye. Por ello su discurso moralizante y didáctico del ángel del hogar no halla trabas, pero como veremos, con él elogian la capacidad femenina para cumplir sus deberes en el hogar de esposa y madre, que entre líneas hacen compatibles con escribir y trabajar; se justifican por escribir para mejorar la formación de su sexo y reclaman su instrucción para ejercer mejor su deber de formar a sus hijos como ciudadanos, en servicio a su hogar y a la sociedad. Coinciden y lo expresan más claramente las fourieristas, para Rosa Marina:

Dicen, y yo no lo niego, que el matrimonio es el destino de la mujer; pero se equivocan suponiendo que este destino es incompatible con el ejercicio de sus facultades, así intelectuales como físicas, consagradas a alguna ocupación o industria […] La instrucción y el trabajo llevan consigo la independencia y la moral, y son un estímulo para el matrimonio y el único antídoto eficaz contra la prostitución (p. 22, 23). […] poderosísimas armas puestas a su disposición por la invisible mano del destino para conquistar la independencia, la dignidad y los derechos de su desgraciado sexo, elevándole por el ejemplo y la palabra a la práctica de las más altas virtudes domésticas y sociales (p. 31).

En la instrucción insisten los burgueses sus buenos amigos protectores, como quien sospecho es Emilio de Tamarit, profesor de la Escuela del Cuerpo de Administración Militar y colaborador en el sucesor de Ellas, Álbum de Señoritas y Correo de la Moda:

Llaman vulgarmente educar bien a una joven enseñarle algunas labores, el baile y la música, […] La errónea educación de las mujeres, debida sin duda a la interesada dirección que los hombres han dado a esta parte tan esencial del mundo, a que han pretendido negar algunos la racionalidad; tiene por origen la ignorancia de ellos mismos, pues si quisieron de este modo evitar el que las mujeres les aventajasen en casos dados, no comprendieron que de uno y otro modo son sus esclavos voluntarios y que vale más recibir un consejo ilustrado que el mandato de un ignorante.
[…] ¿Por qué no han de formar parte de su instrucción la historia, la geografía, la moral y la literatura? ¿Por qué ha de ridiculizarse el que una mujer posea un buen carácter de letra y tome parte en una discusión científica? ¿Se opone esto acaso para que sepa coser y planchar? ¿Será perjudicial que pueda apreciar siendo madre, los adelantos de sus hijos en estas o aquellas materias? ¿O se la juzga sin los suficientes alcances para igualarse al hombre?¡Oh error funesto! Esta mitad del mundo tan capaz de pensar y tan digna de ocupar un lugar preferente en la sociedad por mil conceptos, debiera llamar la atención a los gobiernos para elevar su instrucción a la del hombre.
No cabe duda alguna en que la conducta de las mujeres influye de un modo visible y poderoso sobre las costumbres de los hombres […] Instruiros mujeres; madres, dad una completa educación a vuestras hijas; jóvenes, desechad esa preocupación que os hace juzgar tan mal de vuestra imaginación y talento, preocupación sobre la cual se levanta la opresión de que os quejáis en el hombre; convenceos de que si en vez de ser un reducido número el de las mujeres que escriben y brillan en la literatura y las ciencias, os dedicárais en gran parte a fecundar el ingenio, ejerceríais un imperio más halagüeño y lisonjero que ese poder efímero debido a los pasajeros atractivos de la juventud, daríais constancia a los efectos que inspiráis, os granjearíais homenajes sinceros, gozaríais de la estimación pública y reconquistaríais por último esa mitad que os pertenece en el mundo como mitad que sois de la primera criatura que formó el Omnipotente. E. de T.28.

La capacidad de la mujer se declara y practica en el terreno intelectual defendida con el arma de la humildad. Es lo que Dolores Thion llama recurso a la «modestia retórica» o sermo humilis en su estudio de Joaquina García Balmaseda, cuando reclama la indulgencia masculina afirmando la superioridad del varón en su trabajo de traductora, al tiempo que la utilidad de sus propios textos para los infravalorados lectores femeninos e infantiles29. Este nicho es fidelizado por las escritoras, que se presumen (luego, falsa su humildad) con más autoridad para visualizar los pensamientos y sentimientos femeninos.

Estas tres armas: visualización femenina, humor y humildad hacen mella. De ahí las invectivas masculinas contra las escritoras: desde el autor de teatro Teodoro Guerrero (amigo de Ellas que bien parece enemigo) con su «literata no la quiero, que es mujer de letras gordas. No anhelo escriba comedias, pues yo no pido a la dama que sepa zurcir un drama y no zurcirme las medias», a periodistas: «dando olvido a los calzoncillos del esposo» y «ropa sin planchar»30, que responden a sentirse privados de un nicho de mercado porque la escritura femenina juega con su autoridad entre las mujeres. Las cifras lo prueban: 4.762 escritoras en el siglo 19, de las que 4.312 escriben en prensa, de ellas 47 fundan o dirigen revistas31. Estas cifras muestran que en la identidad femenina fue posible el encaje entre su utilidad doméstica y discursiva, de la mano de las propias mujeres que fueron capaces de consolidar su carrera literaria en la esfera pública.

La clase tampoco impidió la solidaridad femenina, une toda mejora de su sexo. Sirva la conocida colecta de Faustina Sáez de Melgar desde la conservadora y burguesa La Educanda, para que la poetisa fourierista Josefa Zapata se opere de caratas32, o que Joaquina García Balmaseda y Pilar Sinués se preocupen por la condición de la mujer obrera y su familia33. Al margen de ideologías, fueron mujeres fecundas, cuya pluma alcanzó a revistas efímeras y perdurables, femeninas y generales, y a firmar una prolífica producción literaria, de alta literatura unas pocas y doméstica (poesía, teatro y novela) otras, a sabiendas de formar la opinión de lectoras de toda condición. Estas mujeres comprendieron no solo que la escritura femenina era una transgresión, también que estaba en sus manos como instrumento de cambio y de construcción de su identidad, rubricando y vindicando con su esfuerzo la capacidad de la mujer y sus derechos.

Tribunas de papel para ángeles del hogar transgresores

Con razón Isabel Molina califica la alabanza del hogar de «ficción doméstica», compartida por las tres escritoras más populares del 19, Ángela Grassi, Faustina Sáez y Pilar Sinués, y duda, pues sus vidas están más fuera que dentro del hogar, de si su alabanza del hogar fue por convicción o para hacerse el hueco logrado con sus novelas para todos los públicos. De añadir que las tres dicen escribir no tanto por vocación literaria, sino por obligación moral con su sexo, resulta su actuación política como deduce Nancy Armstrong de su presunto apoliticismo: tras sus dos grandes argumentos del amor y del matrimonio, estas escritoras desmenuzan la esfera privada y ordenan la realidad en sus revistas y novelas en una ficción soñada de un nuevo orden, en que las mujeres dirigen su hogar, ocio y vida cotidiana34.

Así se entienden las fisuras en el modelo mayoritario del ángel del hogar según transcurre el siglo 19. María Jesús Matilla y Esperanza Frax detectan el impacto de las estrategias de redes de escritoras y su producción, asociaciones de beneficencia y alguna política35. A estas fisuras que cabría calificar de conquistas en la esfera pública, Gloria Espigado suma el significado cambiante del ángel del hogar, en tensión entre las viejas y nuevas concepciones liberales, pues las mujeres se reivindican en paralelo al Liberalismo y con sus prácticas rompen con su modelo de sumisión. Esta autora acierta al proponer el estudio de la modernidad que acompaña al ángel del hogar y las tensiones en su interpretación, cómo gestionan las mujeres su déficit de libertad e igualdad36. Pero al enfocar al pensamiento e imagen de sí mismas, entramos en la subjetividad femenina. Se ha dicho que esta construye su identidad con sus palabras, vivencias y emociones37.

La identidad se visualiza. A ambos lados del Atlántico, las intelectuales hispanas no cuestionan la domesticidad ni su subordinación al hombre, sino que negocian su participación pública apoyadas en las revistas femeninas, «dispositivos emocionales» para crear su «capital emocional», cifrado en amor, virtud y razón, ejes del progreso de la nación. Este capital es su argumento para convencer del beneficio nacional de que la mujer se instruya para una profesión al tiempo que ser madre38.

Las escritoras del ángel del hogar reclaman su supremacía moral con un discurso de fe y moral39, y su supremacía emocional (de amor y virtud) sobre su público femenino e infantil. Con razón apunta Isabel Molina que, tras su modestia falsa, que no está en convertir sus obras en menores, buscan hacer suyo tal nicho de público femenino e infantil. Para Alda Blanco, la novela doméstica dota a la lectora de un imaginario simbólico en el que se reconoce como mujer y burguesa, que modernizaría al país40.

Compartimos con Isabel Molina que la realidad no limitó su creatividad. Estas escritoras son parte de la sociedad a la que quieren transformar con sus escritos, inspirados por el lenguaje sentimental del corazón41. Jugaron así con la norma que dicta su naturaleza para transgredir el modelo normativo de mujer. De ahí su contradicción entre difundir el ángel del hogar y transgredirlo con sus vidas. Para Alba González, domesticidad y virtudes fueron la máscara para negociar su identidad en la esfera pública; pagan el peaje de la literatura doméstica, que les permite escribir, aunque no tan libremente lo que piensan42. Por eso hay que rastrear sus latidos de libertad, que hallamos en tribunas de papel. Propongo tres: solidarias unas, reservadas otras y entre líneas en sus novelas.

Se ha hallado la «fraternidad literaria», «hermandad literaria femenina» y «hermandad lírica»43 entre las escritoras en sus revistas y al prologar unas a otras sus libros44. También hallamos tribunas solidarias en la prensa general; compartimos que las revistas femeninas no son el único medio de estudiar el papel de la mujer, es frecuente el feminismo de integración que publica en periódicos generales45. Sirva la tribuna solidaria desde el periódico progresista La Iberia. Fijado en este como terreno propio, «Cuchicheos de mujer», Joaquina García Balmaseda, colaboradora y directora de revistas, actora de teatro y escritora, rubrica bajo uno de sus pseudónimos, La Condesa de Valflores, su columna de modas. En agosto de 1875, la abre defendiendo el pensamiento femenino de un intruso:

Hay tres escritoras cuyo estilo es parecidísimo: es la una María de la Peña, pseudónimo que no sabemos si encubre un individuo del sexo fuerte, como se ha dicho, o una dama aristocrática, como asegura El Tiempo y confirma El Lunático de El Imparcial en su número correspondiente al lunes 23 del actual, eso nos importa poco, y nuestro propósito es únicamente demostrar la «homogeneidad» del estilo de esta señora– ya que ha adoptado un pseudónimo femenino –con el de las otras dos escritoras, de las cuales la una se llama María del Pilar Sinués y la otra es la que escribe estas desaliñadas líneas46.

A renglón de esta falsa humildad, Joaquina exige al intruso respetar la autoría femenina, pues este en su artículo «La mujer en el hogar» reproduce ideas de El ángel del hogar y de «La poesía del hogar doméstico» (que localizo capítulo de Un libro para las damas: estudios acerca de la educación de la mujer,1875), ambosde Pilar Sinués, y del artículo de Joaquina en La Iberia de 15 días antes: «me parece que sería de justicia el que cuando se expresa un pensamiento que ya otra persona ha expresado, se advierta sencillamente, lo cual nada perjudicaría al último que lo da al público». Joaquina también defiende la autoridad/utilidad moral del pensamiento femenino: «en aquel libro se ha demostrado la grande y benéfica influencia de la mujer en el hogar, como hija, esposa y madre», refiriéndose a Sinués, y a sí misma en su «acostumbrada revista: en ella hacía discutir a dos maridos acerca de las cualidades morales de sus respectivas esposas, llegados a la capital cuestión de la fidelidad conyugal», ficción con que Joaquina ordena la realidad:

[…] la capital cuestión de la fidelidad conyugal, exclama el uno irritado contra su interlocutor:
–¡Como si solo con ser fiel cumpliera una mujer todos sus deberes!
–Ese es el primero
–Pero no el único.
María de la Peña se expresa en su artículo, en la reciente fecha del día 23, como sigue: Es un error lamentable creer que los deberes de las mujeres se limitan a la fidelidad conyugal, como si el que paga una deuda hiciese más de lo justo (p. 2).

Deberes con que Joaquina haría un guiño a Sinués, reciente su separación matrimonial que delataría su corresponsalía en París de El Correo de la Moda, y a Un libro para las damas, donde Sinués defiende el trabajo remunerado de la esposa abandonada. En sus «Dos palabras de la autora», Sinués cifra el deber de la esposa en más que fidelidad, en «social» de dirigir «la vida interior de su familia», de educadora del hijo a consejera y amiga del marido, para lo que reclama igual «cultura intelectual del hombre»:

Formar el corazón de sus hijos; elevar sus sentimientos por el amor a lo bello y a lo bueno; ser la consejera íntima, la amiga de su marido; poner en todo lo que la rodea el sello de su bondadosa e inteligente dulzura, he aquí, según mi humilde opinión, el deber social de la madre de familia.
[…] la santa armonía del pensamiento es indispensable para una unión feliz; cuando todo lo que le interesa al esposo, es indiferente y desconocido para su mujer, hay un germen de desunión entre ambos, que empieza a producir la frialdad en sus relaciones y a veces termina por una ruptura definitiva y completa del vínculo conyugal.
Es absolutamente necesario que se eduque a la mujer en relación al fin social que está llamada a cumplir; es necesario que el sentimiento inteligente de la mujer alcance, aunque por otro camino, los mismos grados de elevación que la cultura intelectual del hombre.
Si la madre es la que forma y debe formar siempre el corazón de sus hijos, claro aparece que el hombre no puede pasar, en la esfera del sentimiento […] No soy yo de las que abogan por la emancipación de la mujer, ni aun entro en el número de las personas que la creen posible: espíritu débil, creo que toda la fuerza de mi sexo consiste en la bondad, en la virtud, en el amor; creo que la mujer necesita constantemente el amparo de un padre, de un esposo, de un hermano, de un hijo; pero creo que ella puede ser el apoyo moral de los suyos, el consuelo y la alegría de los que ama; creo que la esfera de la mujer es tan extensa como la del hombre, pero en condiciones completamente distintas: el hombre, por medio de la razón, debe realizar todos los hechos de la vida exterior; la mujer, por medio de su bondad inteligente, debe dirigir toda la vida interior de la familia. El hombre está llamado a instruir a sus semejantes por medio de la ciencia, la mujer a educar a sus hijos […] Porque la instrucción es lo externo, es lo que se adquiere por el ejercicio de la inteligencia. La educación es lo interno, es lo que cada uno consigue mediante su íntima reflexión, avivada por el sentimiento […] Este libro no tiene otra pretensión que el de ser de alguna utilidad al corazón de la mujer […]47

Sinués defiende la capacidad intelectual de la mujer desde los sentimientos en un medir sus palabras, que no sucede en su vida, porque instrucción y trabajo le dan la independencia que tiene en París y a su vuelta a España. Para estas escritoras de la domesticidad, viajeras y políglotas, dignificar el papel de su sexo pasa por ejercer su intelecto, que sostienen en juego de palabras, si no instrucción/razón reservada al varón, educación/reflexión y sentimiento inteligente. Joaquina García insiste en la educación que da libertad, independencia para no casarse sin amor y acceso al trabajo si es necesario48, y Concepción Arenal49. Faustina Sáez ve la independencia de la mujer en la educación y en el matrimonio, aunque acaba separada50; si el matrimonio fue oportunidad para su carrera y la de Sinués, sus fracasos les llevan a abanderar la formación intelectual como remedio de frustraciones y medio de vida. Dirá Joaquina García en 1877: «las facultades que Dios nos otorga, no son propias para un solo estado; en todos podemos emplearlas con aprovechamiento propio y ajeno […] No incurras en el error, amiga querida, de creer que el matrimonio es indispensable para la mujer, vulgaridad que ha dado origen a uniones bien desdichadas»51. Actriz y escritora, Joaquina García sostiene que las virtudes femeninas tienen su principal campo en el hogar, que no único, y escribe en 1872: «porque la naturaleza que dio distintas ar­mas para luchar al hombre y a la mujer, no hizo las de esta inferiores por fortuna», e insta a las madres a habituar a sus hijas a la lectura52.

Pilar Sinués practica lo que dice en la tribuna reservada de su correspondencia privada, donde se desenvuelve como amiga y consejera en libertad y lides atrevidas. En carta a su paisano zaragozano, escritor y periodista, D. Eusebio Blasco, en 5 de julio de 1870, se permite aconsejar a este «buen amigo», de quien se despide como «su mejor amiga» evocando «su antigua y buena amistad»: «yo aconsejo a V. que le exija por cada artículo de 300 a 500 reales, su firma de V. los vale, y él según me han informado, tiene bastante dinero», y hasta le pide un favor político:

Haciendo punto en este asunto, permítame que le diga lo mucho que estimo su amable ofrecimiento, y que hoy justamente tengo que hacer uso de él: es el caso que acabo de recibir una carta de mi hermana, en la que me avisa que su marido, D. Basilio Ballester, ha venido propuesto para oficial 1º del Gobierno Político de Castellón de la Plana; él está empleado en la Diputación Provincial de allí, y como el destino para el que le proponen depende de Gobernación, suplico a V. encarecidamente que se interese en que se le conceda ese destino, ya por ser cosa mía, ya por ser una persona buenísima, y completamente adicta a la actual situación53.

Y es intermediaria con su carta de 11 de noviembre de 1878 al compositor de zarzuelas, D. Francisco Asenjo Barbieri, de un periódico de Cádiz que le pide una pieza y no recibe respuesta. Destaca la desenvoltura de Sinués: «me dispense la libertad», «si por alguna razón no le conviniese la cesión de sus piezas, suplico a V. me lo diga con toda franqueza; yo soy tan verdadera admiradora, no solo de su personalidad artística de V. sino también de su personalidad moral, que nada viniendo de V. puede ofenderme, y menos siendo el asunto encargo de otra persona». Como la amistad no es tan estrecha como en la carta anterior, se despide como «amiga ya antigua, a quien V. ha olvidado, pero que se acuerda siempre de V. y que sin dejar de serlo es además de toda consideración», y para fuerza firma, a diferencia, con el apellido de su marido: María del Pilar Sinués de Marco54. Estas cartas, otra de décadas atrás con el destacado dramaturgo romántico Juan Eugenio de Hartzenbusch, prueban la libertad con que se movió en la esfera pública, en buena medida deudora de su obra literaria.

Sinués ya tuvo que enmascarar su libertad en sus escritos de la domesticidad. Cabe así buscarla entre líneas para sintonizar con los problemas de su sexo desde su experiencia, como en La mujer en nuestros días. Obra dedicada a las madres y a las hijas de familia, donde repasa desde pequeñas llagas, la frecuente de esposas que ni pueden corregir a sus criados, afeadas por su marido, a la mayor: «Para el matrimonio no hay término medio: es el cielo o es el infierno; es la dicha completa […] o es la desgracia más honda, la más terrible y la que nadie compadece ni consuela»55. Cabe concluir que la autora justifica esta literatura doméstica con dos razones: por solidaridad con el sufrimiento de su sexo que pretende aliviar, también quizá a sí misma, y por su educación:

Dos palabras a mis lectores. Al leer la primera carta de la colección que publica en Le Moniteur des Dames una ilustre señora francesa, comprendí cuán útil es este método para tratar el importantísimo asunto de la educación de la mujer […] mi pluma ha procurado tratar algunas cuestiones importantes para la sociedad en general, y para la familia en particular, descubriendo llagas que parecen pequeñas a primera vista, pero que son en realidad grandes y dolorosas.
Para mi sexo he escrito siempre desde el principio de mi vida literaria […] Si este libro enseña alguna consoladora verdad a mis lectoras; si las entretiene en sus horas de soledad; si las consuela en sus días de dolor, esa será la más dulce, la más preciosa recompensa que por él pueda alcanzar. La autora. Madrid, 6 de julio de 1875 (sin paginar).

En Un libro para las madres, Sinués enmascara la educación con la moral, presume de que «en España soy la única persona que se ha dedicado a escribir acerca de la educación moral de la mujer; pero ¡con cuánto amor la mujer me lo ha recompensado!», que ella cifra en el inédito éxito de vender en unos meses las dos ediciones de Un libro para las damas, que doblará al menos hasta 1885. También advierte en ese prólogo que ambos libros pertenecen al mismo género, insiste en que «como decía la ilustre Mme Campman, la sociedad mejorará cuando se eduquen las mujeres; el matrimonio será lazo de flores y no yugo de hierro, en cuanto nuestro sexo conozca sus deberes morales […] dos cosas que parecen muy fáciles pero que son tan penosas como precisas: sufrir y esperar»56.

¿Qué significan? Quizá sea ambivalencia medida a rendir pleitesía al mundo burgués de las apariencias, como su dedicatoria a Un libro para las damas conservado en la Biblioteca Nacional: «Al Sr. D. Ventura Ruiz Aguilera (para su señora). Mª del Pilar Sinués». Al menos someramente, cabe rastrear esas y otras palabras entre líneas de esta exitosa obra, donde repiensa la identidad de la mujer en un recorrido de 54 ítems, entrelazados por numerosos sentimientos/emociones en 409 páginas. En su capítulo «¡Libertad!» renuncia a la emancipación porque la mujer, piensa en la burguesa, necesita protección. Su análisis es realista y certero: «Acaso esta necesidad de apoyo en la mujer consiste en su educación atrasada, y en que ningún estudio serio ha venido a endurecer su carácter, y a dar un temple firme a su corazón» (p. 40). Propone la libertad entendida como capacidad e independencia de pensamiento, que pasa por la instrucción:

Puesto que la mujer hace falta en la casa, y no fuera, lo lógico es que se la eduque para la casa y que se la enseñe, no solo lo necesario para dirigirla bien, sino lo preciso para que la embellezca: la música, el dibujo, los idiomas, para que pueda conocer la literatura extranjera con perfección, para que pueda elevar su entendimiento, cultivar su espíritu, e imitar los modelos de las virtudes (p. 42).

En Un libro para las madres mantendrá su rechazo a la emancipación entendida como renuncia al matrimonio, oponiéndola su sabida interpretación moral: como libertad de pensamiento y obra, conducentes a que «nuestro destino está en nuestras manos cuando el cielo ha puesto a nuestro lado un padre, un hermano o un esposo, que tenga corazón y sepa estimar lo que valemos; y si la suerte nos ha negado esta dicha, aún nos queda otra […] la paz de conciencia y la estimación y el respeto que involuntariamente nos dan los que son indignos de nosotras» (p. 344-345). Concluiríamos que Sinués ve en todo caso la victoria moral femenina, y anima a la real, de convertirse en las amigas imprescindibles, consejeras y compañeras del esposo, «si no, seréis sus juguetes o sus amas de gobierno, destino triste de las mujeres que desean ser emancipadas» (p. 345). Concluimos en que prima libertad e igualdad de aprecio o respeto antes que igualdad política: «Estáis emancipadas y sois libres desde el momento en que seáis verdaderamente “compañeras” del hombre; porque si no tenéis voto en los consejos, lo tendréis en su corazón» (p. 346). Quizá a Sinués le pesa el realismo del fracaso matrimonial propio y de su tiempo.

Volviendo a Un libro para las damas, obligado capítulo es «Las armas de la mujer», pues «en esta época guerrera y valerosa no parecerá extraño que yo haga también ostentación de las armas de nuestro sexo, enumerándolas, elogiándolas y recomendando su uso constante, para defensa de nuestros derechos y de nuestro bienestar» (p. 81). Unas armas que son emociones:

La dulzura es el auxiliar más poderoso para conquistar todo cuanto apetecemos […] La resignación es otra de las armas mejores, y a la vez una de las santas coqueterías de la mujer […] No hay hombre de corazón tan duro que al ver sufrir a su esposa silenciosa y notablemente por sus extravíos, no se avergüence de ellos y procure corregirlos […] no hay pena que no dulcifique […] la más bella de nuestras armas: […] la coquetería […] Las lágrimas a tiempo son otro de los auxiliares de la coquetería […] Ellas son las balas de que debemos servirnos para tomar las fortalezas más inexpugnables. La dulzura, la persuasión, la belleza, el llanto y, cuando nada de esto baste, la paciencia: he aquí nuestros medios de conquista y nuestros recursos diplomáticos para alcanzar la felicidad en esta vida (p. 82, 84-87).

En capítulo aparte, la principal arma, «El trabajo», valorado pensando en sí misma, sin hijos: «En medio de todas las amarguras […] Dios nos ha dado un amigo, un consolador, un refugio, amigo fiel que nunca engaña […] hace las veces de la familia de que se carece; del amor que se perdió […] llena no solo el tiempo, sino el pensamiento, y las horas vuelan rápidas cuando el dolor las hacía eternas» (p. 89-90). Se lo aconseja a la mujer abandonada, piensa en la burguesa, en sí misma: «¿Piensas que el coser o el bordar me distraerá? No hablo del trabajo mecánico; ocupa tu pensamiento, traduce para un editor» (p. 92). Insistirá en sus novelas Combates de la vida, que subtitula «Hija del Siglo» (1876), achacando la precariedad femenina «¡Mientras que el trabajo no se mire como el primer elemento de vida […]!», y en La mujer en nuestros días, ejemplifica con escritoras francesas y británicas: que «el trabajo es y ha sido siempre una necesidad de su vida» y que «el talento no impide a la mujer el cumplir ninguno de sus deberes domésticos»57.

Sinués hace del talento el mejor elogio de la mujer, en él cifra su futuro y felicidad. Talento fruto de su educación e instrucción, que reclama con realismo contundente, también en las conclusiones, apelando con Un libro para las madres:

[…] en vista de mi propia debilidad, me inspira la mujer en general, tan aislada y tan débil, muchas veces, como la autora de estas páginas, escritas con toda sinceridad.
¿Qué medios de subsistencia propia tiene la mujer con la educación que hoy recibe? ¿Qué se la enseña? ¿Qué puede hacer? ¿De qué manera podrá evitar los escollos que rodean por todas partes a la juventud y a la belleza desvalidas?
A principios de este siglo se decía en España que la mujer no debía saber ni aun a escribir […] después las exigencias de la época han hecho desear que la mujer fuese agradable, y se la ha sacado algún tanto de la mezquina esfera de los quehaceres domésticos, enseñándola a dibujar una flor, a traducir medianamente el francés, a tocar en el piano […] en cuanto a formar su corazón, a ilustrar su entendimiento, a elevar su inteligencia, nada se ha hecho, y sigue en la más completa ignorancia.
Se la exige, sin embargo, que sea buena esposa y buena madre, como si pudiera enseñar lo que no aprendió […] se la exige que si le faltan los medios de vida material que le daba un padre, un esposo, un hermano, consuma su existencia en una labor mecánica que le produce lo bastante para no morirse de hambre, pero que la sujeta a toda clase de privaciones y de penalidades que van consumiendo su vida, que la van asesinando poco a poco.
Repetiré, pues, lo que ya he dicho, y no os extrañe que insista en ello; creo que para elevar algún tanto la triste, la precaria situación de vuestras hijas, creo que para formar a la mujer son precisas dos cosas: educación e instrucción.
La educación forma el corazón, eleva el alma por medio de la enseñanza de la ley moral […] La instrucción adorna la inteligencia de conocimientos útiles, y da los medios de que una mujer se gane la vida con decoro e independencia […] Es preciso hacerla buena y hacerla apta para alguna ocupación productiva que la liberte de los horrores del hambre y de los peligros de la seducción. ¡Cuántas desdichadas hubieran evitado el primer escollo si hubieran tenido medios de ganarse la vida! […] ¡Acaso hubieran sido excelentes esposas y madres ejemplares! (p. 395-397).

Sinués no pide sabias, sino mujeres capaces de competir con el varón desde las artes al comercio y la industria. Se dirige a las madres burguesas porque la mujer es la pagana de la fragilidad de la clase media: «de un instante a otro vienen al suelo las posiciones que se creían inamovibles, y es una crueldad que se piense solo en el porvenir de los hijos, y se deje a las hijas, por la sola razón de ser más débiles, en el mayor abandono» (p. 401). Apela a las madres: «No es la literatura hoy camino tan cerrado para la mujer como lo era hace algunos años; la que nazca con centella vivificadora que se llama talento, déjesela la libertad de pensamiento, la más sagrada de todas las libertades, y concédasele también el que la dé forma» (p. 401).

Estas reivindicaciones son el denominador común de sus obras, por la mujer y por la nación. Sinués «lo dice con orgullo y en honor de su patria, vive de la literatura, y su pluma es su único patrimonio» (p. 401). Pero advierte de la batalla larga, confiesa que «han surgido obstáculos en su camino; es verdad que trabaja y lucha; pero casi siempre vence, y cuando no, se resigna, que son la resignación y la paciencia los sostenes más pequeños de la dicha y del bienestar de la mujer» (p. 401). Esta es la meta y ese el sentido de aquellas dos palabras; «sufrir» y «esperar» en la lucha por su sexo. Lucha que pagó cara y más por la libertad con que trazó su vida. Pilar Sinués murió sola en 1893 y tarda en llegarle el reconocimiento que no tuvo de sus coetáneos, por alguno atacada de moral laxa58. Ataque que no se atrevió a hacerle en vida, quizá porque Sinués fue un ángel transgresor que hizo del pensamiento escrito femenino su independencia e instrumento de concienciación para muchas mujeres de su tiempo.

A modo de conclusión

Ni las escritoras fourieristas ni las burguesas pudieron alcanzar más que lo que esos tiempos permitían, y es bastante más de lo que parece. Fueron de las primeras en alzar la voz. Diseñan estrategias y armas con las que conforman las identidades femeninas, construidas en labor solidaria de muchas mujeres y desde diversas tribunas de papel para su visibilidad pública y para reivindicar su instrucción, libertad de pensamiento, igualdad de respeto, trabajo y felicidad. Todas reivindicaciones más urgentes que la igualdad política. Sus tribunas de papel fueron escuelas de lectoras, que enseñan a repensar su existencia y a ser un eslabón en la concienciación de que las mujeres tenían otros deberes y derechos por ser hijas, esposas y madres, a trazar sus vidas y a buscar la felicidad.

Cabe reconocer a las burguesas su capacidad para cambiar desde dentro del sistema. Paradójicamente, con su literatura doméstica modulan el ángel del hogar, prototipo femenino burgués de su utilidad social doméstica, dotándole de utilidad discursiva para vindicar el desarrollo del talento femenino y su libre pensamiento, para concienciar y mover a las mujeres a luchar por su dignidad y estima, sin ocultarles su travesía de sufrimiento y espera, al tiempo que descubriéndoles el apoyo de sus virtudes y de su victoria moral. Estas escritoras domésticas tuvieron su mejor aliado en los tiempos de realismo en que vivieron, para mostrar y hablar descarnadamente de su condición femenina. Su brecha, análisis y diagnóstico fueron su legado a las generaciones siguientes, que hallaron un camino más fácil, por ya abierto, que el de sus predecesoras.

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  • 2Ortega Baún, 2013, p. 369.
  • 3Kamen, 1998, p. 281-282.
  • 4Cervantes Cortés, 2012, p. 9, 12 y 14.
  • 5Quiles Faz, 2002, p. 26.
  • 6Romeo, 2014, vol. 2, p. 89-131; López Sánchez, 2010, p. 8.
  • 7Peyrou, 2011, p. 149-174.
  • 8Su origen y evolución en Gloria Espigado Tocino, 2018, p. 195-212; Cantero Rosales, 2007.
  • 9Jiménez Morell, 1992, p. 27, 35 y 37; Crespo Sánchez, 2014, p. 15.
  • 10Jiménez Morell, 1992, p. 35-36; Lledó Patiño, 2012, p. 570.
  • 11Sánchez Llama, 2000, p. 150-209.
  • 12Lo prueba Colette Rabaté (2007).
  • 13Jiménez Morell, 1992, p. 15, 20 y 106.
  • 14Marina, 1857, p. 28.
  • 15Espigado Tocino, 2008, p. 15, 19, 26 y 30-32.
  • 16Ibid., p. 16.
  • 17Ellas, «Cuatro palabras», 01 de set. de 1851, p. 1.
  • 18Jiménez Morell, 1992, p. 82.
  • 19La España, «La Mujer», 02 de set. de 1851, p. 4.
  • 20Diario Constitucional de Mallorca, «Madrid 15 de octubre (De La Esperanza)», 26 de oct. de 1851, p. 1-2.
  • 21Ellas, «Cuatro palabras», 01 de set. de 1851, p. 1.
  • 22Marina, 1857, p. 2, 10 y 11.
  • 23Ellas, «Otra palabrita», 01 de set. de 1851, p. 2.
  • 24Jiménez Morell, 1992, p. 102; Requena Hidalgo, 2014, p. 4 y 7.
  • 25Ibid., p. 7.
  • 26Espigado Tocino, 2008, p. 25.
  • 27Ellas, «Entusiasmo y desaliento», 30 de oct. de 1851, p. 2-3.
  • 28Ellas, «Defectos de la educación de la mujer», 08 de nov. de 1851, p. 1-2. Su nombre en Álbum de Señoritas y Correo de la Moda, "El mes de enero», 08 de en. de 1853, p. 5.
  • 29Thion Soriano-Molla, 2011, p. 388.
  • 30Ellas, «Delirios», 01 de set. de 1851, p. 11. Dorado 2014, p. 2; Molina, 2015, p. 115.
  • 31Palomo Vázquez, 2014, p. 2.
  • 32Jiménez Morell, 1992, p. 105.
  • 33Thion Soriano-Molla, 2011, p. 389; Sánchez Llama, 2000, p. 367.
  • 34Molina, 2015, p. 126, 127 y 129. Es la tesis de Nancy Armstrong (1991).
  • 35Matilla, 1995, p. 57-176.
  • 36Espigado Tocino, 2003, p. 47-64; 2018, p. 205 y 210.
  • 37López Sánchez, 2010, p. 6.
  • 38Ibid., p. 10 y 13; Jagoe, 1998, p. 39; Thion Soriano-Molla, 2011, p. 399.
  • 39Es la tesis de Raúl Mínguez Blasco (2016), y coinciden Gloria Espigado Tocino (2018, p. 205) así como Isabel Molina (2015, p. 122 y 126) y Catherine Jagoe (1998, p. 39).
  • 40Molina, 2015, p. 126; Blanco, 2001, p. 23.
  • 41Molina, 2015, p. 130.
  • 42González Sanz, 2013, p. 92, 93 y 95.
  • 43Dorado, 2014, p. 5-6; Molina, 2015, p. 123; Kirkpatrick, 1991, p. 88.
  • 44Jagoe, 1998, p. 39.
  • 45Blum, 2002, p. 219-220; Lousada, 2012, p. 61.
  • 46La Iberia, «Cuchicheos de señoras», 29 de agt. de 1875, p. 2. Sánchez Llama, 2000, p. 345.
  • 47Sinués, 1876, p. 5-8.
  • 48Thion Soriano-Molla, 2011, p. 381, 393 y 400.
  • 49Cantero Rosales, 2007, p. 47.
  • 50Dorado, 2014, p. 9.
  • 51Thion Soriano-Molla, 2011, p. 400.
  • 52Gómez-Elegido Centeno, 2014, p. 7.
  • 53Biblioteca Nacional de España, MSS/12938/46.
  • 54Ibid., MSS/14013/1/4.
  • 55Sinués, 1878, p. 85.
  • 56Sinués, 1877, p. 6-7.
  • 57Sinués, 1876, p. VI y p. 91.
  • 58Sánchez Llama, 2000, p. 369-371.
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